Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Deberíamos sentirnos jubilosos de ser 7.000 millones


Más gente, por favor.
Los acólitos de Thomas Malthus –el remilgado párroco del siglo XVIII cuya influencia ha durado muchísimo más que el acierto de sus predicciones– suelen tener tendencia al pesimismo, pero su nerviosismo ha sido especialmente intenso en las últimas semanas. Con sus últimas predicciones sobre población, que prevén que es posible que superemos los 10.000 millones de personas a finales de siglo, Naciones Unidas ha alimentado los viejos temores a que el planeta no pueda sostener a todos los seres humanos que tratan de vivir en él. A medida que crezca el número de personas en el mundo, se lamentan los malthusianos, la miseria florecerá.

Sin embargo, deberíamos estar encantados de que haya más gente que nunca en el planeta y de que vaya a haber muchos miles de millones más, tanto por motivos egoístas como altruistas. Por supuesto que hay problemas que remediar a medida que sigue aumentando la población mundial: entre otros, que muchas mujeres todavía no tienen libertad para decidir cuántos hijos quieren y que el modo de vida de los ricos que viven en lugares como Estados Unidos, Europa y Japón pone en peligro la sostenibilidad global. Sin embargo, este año en el que nos acercamos al nacimiento del habitante número 7.000 millones, deberíamos sentirnos jubilosos, no pesimistas.

¿Por qué es positivo el aumento de la población? Para empezar, la mayoría de la gente parece bastante contenta de estar viva. La tragedia del suicidio sigue siendo una causa relativamente infrecuente de muerte en todo el mundo, por fortuna. Y no hay más que unos pocos países en los que la mayoría de los que responden a las encuestas insinúan que son infelices: en Bangladesh, a pesar del bajo nivel de rentas y las malas condiciones de salud, el 85% de la población indica que son muy felices, y en Nigeria y China esa proporción es de casi tres cuartas partes. En pocas palabras, tener la oportunidad de estar vivos es bueno, y, cuantas más oportunidades se tienen, mejor. (Otro aspecto positivo en las proyecciones de la ONU: la esperanza media de vida en el mundo ascenderá de los 68 años actuales a 81 en 2100, así que dispondremos de un poco más de tiempo para disfrutar).

¿Por qué, entonces, tanta inquietud por el aumento de la población? A todos nos gusta tener amigos y familiares y, en general, cuantos más, mejor: pero nuestra simpatía hacia la humanidad puede ser local y egoísta; cuando se trata de gente a la que no conocemos, algunos dicen que, cuantos menos, mejor. Unas masas menos abundantes en África (cuya población, según la ONU, se triplicará de aquí a 2100) serían un factor positivo para nuestro frágil planeta, según algunos estadounidenses y europeos. Que haya más gente hoy significa tener una vida peor mañana, y que haya más gente mañana significa una catástrofe para el día después.

Esta forma de pensar persiste a pesar de que está completamente equivocada. Malthus despertó la inquietud hace 200 años cuando la población global andaba en torno a los 1.000 millones, y, francamente, es fácil comprender por qué la situación le pareció deprimente; en aquella época, el aumento de la población solía ir verdaderamente asociado al empeoramiento de la salud y las rentas. Ahora bien, en los siglos transcurridos desde entonces se han producido la abolición de la esclavitud, unos avances en las comunicaciones que hacen que la inmensa mayoría del planeta esté conectado de forma instantánea, unas mejoras asombrosas en la salud mundial, una expansión sin precedentes de la educación y los derechos políticos y civiles… y todo ello, con el aumento más espectacular de la historia de la población global. Incluso en el ámbito familiar, las pruebas de que “se sacrifica la calidad por la cantidad” –es decir, que más hijos significa peor vida para cada uno de ellos– son débiles.

Desde luego que las amenazas a la sostenibilidad del planeta son muy visibles e inminentes. Pero el hecho de que la producción de aluminio se haya multiplicado por 10.760, según el ecologista Clive Ponting, o que la producción de petróleo se haya multiplicado por 380, o incluso que el PIB mundial haya aumentado 24 veces durante el último siglo son hechos que no se deben al aumento de población. El problema es el aumento del consumo per cápita. Y eso, sin duda, no es culpa de los africanos. Es culpa de los países ricos, que son los que consumen casi todo. Los 650 millones de personas más pobres del planeta viven aproximadamente con el 1% de la renta de los 650 millones más ricos. Cada año, añadimos un 1% o más a la renta de esos ricos; los índices de crecimiento del PIB per cápita en los Estados ricos tienen como mínimo ese nivel. Y ese crecimiento del 1% tiene la misma repercusión sobre el consumo global que tendría duplicar el número de personas que vivieran con la renta de los 659 millones más pobres. De modo que esas personas que pontifican desde los países ricos sobre poblaciones mundiales insostenibles quizá tendrían que empezar por el fragmento de población que ven en el espejo cada mañana.

Por supuesto, aunque las personas, en general, son un añadido positivo para el mundo, las mujeres deberían poder decidir cuántos hijos quieren. Cada año, alrededor de 80 millones de ellas se enfrentan a embarazos no deseados, 20 millones se arriesgan a someterse a abortos no seguros para no llevar a término su embarazo y 68.000 mueren como consecuencia de ellos, dentro del medio millón de muertes anuales relacionadas con la maternidad. El acceso seguro y confidencial a los métodos anticonceptivos modernos puede y debe ser un derecho, y es una intervención lo suficientemente barata como para que pueda implantarse en todo el mundo.

En cuanto a los misántropos recalcitrantes, si de verdad desean tener menos gente alrededor, siempre hay formas de reducir el aumento de población al tiempo que se mejora la calidad de vida de todos. Por ejemplo, los índices elevados de mortalidad y fertilidad están relacionados. Los padres tienen más hijos cuando existe un riesgo más elevado de que mueran, así que una de las vías más directas para reducir la fertilidad es avanzar en la salud infantil. Y la escolarización de las niñas está relacionada con las mejoras en los dos campos. Por consiguiente, conviene apoyar los programas de ayuda, el aumento de la inmigración o las políticas de comercio justo que proporcionan a los desfavorecidos los recursos necesarios para mantener a sus hijos con vida y educarlos.

No obstante, para quienes aseguran que actúan en interés de las generaciones futuras, “empequeñecerlas” no es la respuesta. Que salgan a protestar contra la expansión urbana, los dueños de los Humvees, las plantas alimentadas con carbón y la caza de ballenas; pero que dejen a la gente en paz.

Charles Kenny.
Economista del desarrollo, es autor del libro The Success of Development: Innovation, Ideas and the Global Standard of Living.
Publicado en: FP en español

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