Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Ya superamos los 6.000 millones de personas y vivimos más tiempo…


“No se aprende del sufrimiento, sino de la lucha para superarlo”
Todavía reciente el impacto de los desastres de Japón, y en un momento de numerosos conflictos internacionales, el prestigiosos psiquiatra español afincado en Estados Unidos reflexiona sobre la capacidad del ser humano de resistir a situaciones dramáticas. Sus últimos estudios se centran en los efectos de internet y el reto de convivir con la memoria imborrable de cuanto colgamos en la red.

El psiquiatra español con mayor prestigio internacional, que vivió los atentados del 11-S cuando era responsable de los Servicios de Salud en Nueva York, reflexiona para el Magazine sobre las reacciones de las personas ante situaciones dramáticas como la que él mismo vivió o como la que ha azotado recientemente a Japón. La solidaridad que se despierta en momentos de sufrimiento colectivo, la curiosidad por las desgracias ajenas o la capacidad humana de recuperarse de las desgracias así como las enseñanzas que se obtienen tras la lucha para salir adelante, son algunas de las cuestiones que se plantea.

Sucesos como el de Japón invitan a reflexionar sobre la capacidad humana de adaptarse y recuperarse después de vivir situaciones dramáticas sobre la que usted ha trabajado a fondo. ¿Todo el mundo tiene esa capacidad?
Todos tenemos esa capacidad aunque naturalmente unos en mayor medida que otros. Si no cómo explicar que la humanidad crece, que ya superamos los 6.000 millones de personas y cada día vivimos más tiempo, casi el doble de lo que se vivía hace cien años. Y esto es así a pesar de catástrofes como la de Japón o como la Segunda Guerra Mundial, en la que murieron 50 millones de personas. No hay otra explicación: se debe a esa mezcla de resistencia y flexibilidad conocida como resiliencia. Somos como una pelota de goma que se adapta al golpe y vuelve a su lugar, como un muelle.

Muchas personas salen adelante después de vivir una tragedia. Pero muchas otras no llegan a recuperarse nunca. Los desastres naturales dejan muchos muertos en vida que quedan en el olvido.
Indudablemente es así. Pero no nos olvidamos en absoluto de ellos sino, al contrario, hablamos de ellos todo el día y de quienes no hablamos es de esa inmensa mayoría que resiste. Eso se debe a que los seres humanos sentimos una fascinación por la tragedia, por la violencia. Hace 2000 años la gente más educada del mundo iba al coliseo a ver verdaderas atrocidades, espectáculos reales como el de los gladiadores. No hace tanto tiempo las familias iban a ver cómo ejecutaban a los reos en Londres, Madrid u otras ciudades de Europa. No los ejecutaban rápidamente, siempre había una tortura antes. Y la gente iba por curiosidad. Siempre ha existido esa fascinación Y eso explica por qué las malas noticias venden más que las buenas.

Ahora ya es posible seguir en directo y minuto a minuto el desarrollo de algo terrible que puede estar sucediendo en el otro extremo del planeta. ¿Por qué esa fascinación de la que usted habla por el horror que viven otros?
En parte nos conmociona, en parte nos despierta curiosidad ver cómo las personas sobreviven o no a esas catástrofes. También pensamos que eso les ha pasado a ellos pero no a nosotros. Todo eso confluye en esa fascinación. El hecho de que salgamos cinco millones vivos de casa y volvamos cinco millones vivos en una gran ciudad no es noticia. La noticia es si dos en el camino fueron atracados. Todo es relativo y hay que situarlo en un contexto: la gran mayoría sobrevive y la gran mayoría supera las situaciones límite. Que se te muera un hijo hoy es una de las grandes tragedias que pueden vivir un padre o una madre, sin embargo no hace tanto tiempo la mujer tenía que tener ocho hijos para que le sobrevivieran cuatro o cinco. Eso se daba por sentado. Hoy no conozco a ninguna madre que piense que puede perder al hijo, más allá de un miedo natural, y hace sólo sesenta años eso era natural.

¿Nos afecta más un tipo de tragedias que otras?
Por supuesto. Voy a poner un ejemplo que me ocurrió recientemente y que a mí me ayuda mucho ver la situación en perspectiva. En la portada de The New York Times venía la noticia de Japón y el peligro nuclear, al lado la noticia de un autobús accidentado. Murieron quince personas y era algo dantesco, con gente decapitada. Es algo que yo tenía muy próximo porque ocurrió muy cerca de mi casa. En la misma página empezaba un artículo de fondo al que dentro se dedicaba mucho espacio: periodistas del diario se han pasado dos años investigando los abusos a 2.000 niños y adultos deficientes por parte de empleados de las residencias en las que vivían. Le pregunté a mi hija, que acababa de llegar de la universidad, qué le conmovía más. Me respondió que los abusos. Porque se trata de la violencia perpetrada por otro ser humano y eso siempre resulta más difícil de entender que cualquier otra situación de desastre.

Tras el desastre de Japón era sorprendente la calma y la contención con la que reaccionaba la población. ¿Las personas actúan de una manera u otra según el tipo de sociedad en la que viven?
Absolutamente. Hay un factor individual y unos ingredientes del individuo que intervienen en su forma de reaccionar. Luego hay un factor social y cultural. Lo que hemos visto en Japón es algo a lo que no estamos acostumbrados. En EE.UU. ocurre una cosa así y es triste pero lo más probable es que haya saqueos y robos. Yo he vivido dos apagones en Nueva York y siempre se da esta característica del ser humano de aprovecharse de una situación de caos. Depende mucho de la cultura. Cuando ocurrió algo parecido en Nueva Orleans fue terrible la cantidad de saqueos. Japón es una sociedad disciplinada que sigue las pautas y las reglas y consejos de los líderes sociales que tienen un papel muy importante en todo esto. Pero hay un componente importantísimo cultural, que en el caso de Japón ha ayudado porque una cosa es estar todos luchando contra un tsunami o el terremoto y otra, además, tener que digerir que tus compañeros de vida se están aprovechando y robándote. Pero en términos generales, yo que he vivido siempre en hospitales puedo decir que es sorprendente la capacidad de resistencia y las ganas de salir adelante de las personas ante situaciones en las que yo hubiera tirado la toalla.

¿Siempre se saca algo positivo de las situaciones muy difíciles, lo que usted llama crecimiento postraumático?
No siempre. Eso está todavía por aclararse. Sin embargo hemos podido ver la empatía en casos como el Prestige o los atentados del 11 de septiembre, colas de gente en los hospitales que no se ofrecían para ayudar sino que exigían ayudar. Desde entonces no hay ningún plan de emergencia de un país que no incluya el capítulo de los voluntarios. Fue una vergüenza en el 11-S, porque no sabíamos qué hacer con tanto voluntario. En el otro extremo de la solidaridad está lo que se da en algunas situaciones, como ocurre a veces con la mujer violada. Qué horror llegar a casa y que te digan “algo has tenido que hacer”… O las situaciones que se dieron en la guerra de los Balcanes, en que el marido rechazaba a la mujer violada. Una persona que tiene un trauma de este tipo en que no validan tu sufrimiento o llegan incluso a culpar a la propia víctima va a tener mucha mayor dificultad a la hora de superarlo que en otra desgracia en que creen en tu sentimiento e intentan ayudarte.

¿Hasta qué punto es positivo hablar tras vivir una situación traumática?
Es fundamental hablar. Cuando alguien está en estado de shock llega a producirse una situación de parálisis total que en psiquiatría se conoce como catatonia. En esos casos es fundamental intentar que la persona hable. Antes les inyectábamos un barbitúrico con el que la persona se desinhibía y te contaban todo. Hablar es bueno porque al hacer el trabajo mental de poner palabras a tus sentimientos disminuye la intensidad emocional. Si tienes miedo a algo y lo pones en palabras la narrativa es muy terapéutica porque sirve para crear un argumento de tu propia historia y darle un significado.

Dicen que la mujer suele hablar más que el hombre. ¿Eso le da más recursos para superar las adversidades?
Sí, la prueba más básica es que nacen más hombres que mujeres. Pero a partir de los 30 o 40 años hay más mujeres que hombres. ¿Qué les pasa a los hombres que por el camino se van? No sólo mueren más en el camino sino que, como media, viven unos siete años menos que la mujer. Hay más niños que mueren en el parto que niñas. Hay más niños que mueren de enfermedades genéticas. E incluso es más frecuente que los padres maten a los niños que a las niñas con excepción de China y Corea, donde ocurre al contrario por motivos sociales, pero en EE.UU. y Europa hay más víctimas de infanticidio niños que niñas.

¿Por qué?
Quizás porque los niños son más impulsivos, caen peor y como acostumbra a ser el padre o el amigo de la madre el que mata, suele tener menos compasión. Mata más el hombre porque es más impulsivo y muere más en accidente por esa misma razón, arriesga más y es más violento.

¿Verdaderamente se aprende, de una desgracia, o enseguida se olvida la lección?
Muchas personas aprenden. Hay autores que dicen que el crecimiento postraumático o el aprendizaje tras la tragedia es una justificación, que no es real. Habría que ver si después del trance esa persona es más feliz o más productiva y medirlo. Eso se está empezando a hacer pero aún no está resuelto. Mucha gente te dice que después de superar una tragedia se sienten mejores personas. Que sus relaciones con los demás son más favorables, que están más tranquilas, valoran más el sufrimiento de los demás o que han descubierto fuerzas que no sabían que tenían. Es frecuente que digan que valoran pequeñas cosas que antes pasaban por alto. Pero si tú le pides a una madre que elija entre todo el aprendizaje conseguido a raíz de la pérdida o recuperar a su hijo siempre dirá que preferiría no haber aprendido nada y volver a tener a su hijo. Aprendemos de la lucha y descubrimos cosas. No es el sufrimiento en sí lo que hace crecer, sino descubrir que tienes esa fuerza y la capacidad de salir adelante y cambiar las prioridades. Dicen que en la vida nos tocan dos tragedias por cabeza como media, tampoco son tantas… y uno aprende.

¿Habría que prepararse o preparar a los hijos para el sufrimiento que pueda venir?
La prevención es útil mientras no se convierta en hipocondria. Después del 11-S, al abrir un día un armario de mi casa encontré que estaba lleno de máscaras de gas. Y mi mujer, que es médico y no es precisamente una persona ansiosa, me dijo que había comprado todos aquellos artilugios por si acaso. ¿Eso es bueno? Saber qué hacer, por ejemplo que los japoneses supieran lidiar con un terremoto resulta útil y seguro que muchos de ellos se han salvado gracias a eso. Se puede aprender ciertas cosas, pero en la vida has de tener sorpresas que no son predecibles. La mejor forma de protegerse es desarrollando los ingredientes de la resiliencia, desde las relaciones con los demás a la autoestima, el pensar que puedo hacer algo por salir de eso, el tener motivos para vivir. Y leernos la cartulina del avión: aunque no suelen caerse, si un día ocurre, es mejor saber qué hay que hacer.

¿Cuál fue su aprendizaje del 11-S?
Aprendí mucho. Aquello fue tan sorprendente y tan inesperado. Yo estaba en una reunión cuando me llamaron para que fuera al centro de control y me fui para allí con el jefe de bomberos. Aprendí muchas cosas positivas. Me sorprendió la generosidad de la gente, ayudando a otros arriesgando a veces. Yo salvé la vida de milagro porque no me funcionaba el móvil, y salí de un lugar para llamar donde todos murieron. No lo supe hasta horas más tarde. Aprendí que en situaciones así nos unimos y la gente es muy altruista. Y aprendí que era importante, para mí lo fue, saber buscar ayuda cuando ves que no duermes, que las imágenes se repiten, saber que el estrés es algo que pasa y se puede tratar. La información ayuda. Si eres diabético y sabes que puedes tener coma por demasiada insulina o demasiada glucosa, vas a estar mejor preparada para saber qué hacer cuando no te sientes bien. La información es muy útil.

Los canales de información y las formas de relación con los demás han cambiado. Está reciente el estallido de las revoluciones en el mundo árabe y el papel crucial que internet ha tenido en ellas.
Sufrimos o disfrutamos de cosas a las que antes no podíamos acceder. Internet está ahí para lo bueno y para lo no tan bueno. Formamos parte de este mundo que se ha ampliado muchísimo a través de la red. Sufrimos lo que sufren otros y nos alegramos de lo que otros se alegran. Eso es bueno y tenemos que adaptarnos. Últimamente estoy trabajando sobre la memoria en internet, que no perdona. Hace poco en Nueva York un chico que llevaba en secreto su homosexualidad se suicidó a raíz de que su amigo colgara un vídeo indiscreto en la red. Otra señora de 45 años, profesora de instituto, se encontró con que alguien había divulgado unas imágenes suyas de cuando tenía 20 años en las que se mostraba que había bebido demasiado. El director de la escuela la echó porque le parecía que era un mal ejemplo. Empezamos a entender lo que es la memoria imborrable. Los seres humanos olvidamos y por eso damos una segunda oportunidad a los demás. Si tú dices que cuando tenía 15 años me emborraché y pegué a alguien, eso es algo que se olvida y se perdona, quizás porque no tenemos la imagen. El ser humano está acostumbrado a perdonar y a olvidar. Y ahora que aparece una memoria externa artificial que no perdona y no matiza la realidad, esa memoria imborrable, tenemos un reto: aprender a perdonar a pesar de que está ahí y lo estás viendo.

¿En tantos años de experiencia profesional, ha encontrado más personas optimistas o pesimistas?
Yo ahora hago preguntas que antes no hacía. El optimismo es tener esperanza de lo positivo en el pasado y vivir el presente de una forma que nos sintamos bien. Si yo pido que alguien valore del 0 al 10 su grado de satisfacción en la vida, la mayoría es optimista. Antes, mi profesión era tratar con gente deprimida. En España ser optimistas siempre ha parecido algo de ingenuos, contrariamente a la percepción de Estados Unidos. Desde que hace muchos años empecé a estudiar estos temas, veo que la gran mayoría somos bastante optimistas. Incluso las personas que creen que a nivel global la situación del mundo no hay por dónde salvarla, valoran mucho más generosamente su propio nivel de satisfacción en la vida.

¿El pesimismo es más determinante genéticamente que el optimismo?
A una persona pesimista no es fácil convertirla en optimista. Es posible, pero la persona ha de querer cambiar. Y en casos en que alguien está tan deprimido que cree que la vida no merece la pena y está al borde del suicidio, la fórmula es tirar de un hilo. Encontrar algo que te guste hacer, me gusta el Barça… qué te gusta de ir al Barça, el ambiente… tirar un poco de ese hilo que casi todos tenemos, y también las creencias, pero eso no se hace en un día o dos.

¿Qué papel tiene el optimismo en la educación de los hijos? ¿Habría que educar más en positivo de lo que se hace en general?
Educar requiere sentido común. La mayoría de los padres son buenos padres y la mayoría de los jóvenes son buena gente, pero siempre que una minoría hace una barbaridad trasciende. No hay que perder de vista la perspectiva global y la mayoría lo está haciendo bien. Es importante que los hijos se pongan metas que pueden conseguir. Darles ánimo y elogiarlos cuando han hecho algo bien, no por cualquier tontería. Hay que enseñarles a tener el control de su vida y apreciar lo que tienen pero de una forma realista, porque los puedes engañar un par de veces pero no más. Alguien me preguntaba qué podemos hacer para tener una sociedad aún mejor. Yo digo invertir en los niños, asegurar que no haya niños maltratados, asegurar que crezcan con seguridad, afecto y estímulos apropiados para su edad. Eso es lo que necesitan en sus dos o tres años. Hay que invertir ahí porque a partir de cierta edad es muy difícil cambiar tu personalidad y tu carácter solidificado.
Usted fue un niño hiperactivo.
Entonces no se diagnosticaba. A mí me veían como un niño travieso, malo, nervioso.

Ahora se detectan numerosos trastornos de aprendizaje. ¿Se está yendo al otro extremo?
No, en este tema el niño que no aprende, hiperactivo, sufre mucho porque se siente diferente, incomprendido. Es impulsivo y los amigos no quieren estar con él y ni la madre lo soporta. Pero ellos no saben cómo controlarse, no pueden. Si la familia sabe de qué va el tema, el colegio también y la sociedad le ayuda todo mejora. Un porcentaje muy elevado de las personas que están en la cárcel han tenido de niños hiperactividad e igual que podían haberse ido por el camino de la depresión, lo han hecho por el de la delincuencia. Es muy fácil que siendo excesivamente impulsivo veas un bolso y te dejes llevar por ese impulso y te lo lleves. Hay culturas más comprensivas que te dan otra oportunidad y las hay, como la de EE.UU., en las que un chaval de 15 años hace algo malo y ya está sentenciado y tiene muy difícil la rehabilitación. Hay ocasiones en que la medicación se lleva a un extremo, se dan pastillas para cualquier cosa, pero el balance yo creo que es positivo. Darle un antidepresivo a alguien que tiene una tristeza normal porque se le ha muerto un ser querido o ha perdido el trabajo es una pérdida de dinero y de tiempo. En cambio, sirven mucho para alguien que no le ve sentido a la vida.
Las escuelas no suelen estar preparadas para detectar o ayudar en los trastornos del aprendizaje causados por la hiperactividad, el déficit de atención o la dislexia.

Aprender a ser profesor de matemáticas no te enseña a detectar que un niño es hiperactivo o disléxico. En Estados Unidos tenemos un sistema que no es perfecto, pero al menos hay una legislación. Han de ser psicólogos especializados en el tema del aprendizaje quienes examinen a los niños y hagan un informe y el colegio está obligado a tomar una serie de medidas como sentar a esos alumnos en las primeras filas, o a darles mucho más tiempo para los exámenes. Cuando quieres entrar a la universidad, el hecho de que hayas pasado el examen de selectividad estando solo en una habitación, te hayan dado diez horas en lugar de dos para prepararlo o no te hayan tenido en cuenta la ortografía no aparece en tu currículum. Estoy seguro de que en España se irá regulando todos estos asuntos porque ninguna sociedad está interesada en tener jóvenes frustrados que no prosperen.

Luis Rojas Marcos.
Es profesor de Psiquiatría en la Universidad de Nueva York, miembro de la Academia de Medicina de Nueva York y de la Asociación Americana de Salud Pública.
Entrevista de Cristina Jolonch.
Publicado en Magazine-La Vanguardia

1 comentario

  1. Fernando Garrido Schuster Responder

    *No hace tanto tiempo las familias iban a ver cómo ejecutaban a los reos..

    *No los ejecutaban rápidamente, siempre había una tortura antes*

    *Eso se debe a que los seres humanos sentimos una fascinación por la tragedia, por la violencia*

    *Siempre ha existido esa fascinación. Y eso explica por qué las malas noticias venden más que las buenas*

    Well, well! Lo que describes aquí es una conducta de una persona enferma, ya sea, enferma de pobreza y miseria material o psicológica. Ahora, tomar esto como premisa para afirmar que a todas las personas les fascina la violencia y la tragedia, es simplemente no enterarse de nada. Existen, sí, tú deves ser una de ella?… personas que sienten un fascnación por toda clase de miserias, por la tortura, por la violación, por los maltrato, por la explotación, etc. Per no podemos tomar a una persona enferma para definir a una persona sana, así como no podemos tomar como base a la dictadura para definir la democracia, o, tomar como premisa el dolor para vivir el amor. Y no será a la inversa, que a las personas les atraen las degracias, porque la desgracia y la miseria se han convertido en una mercancía más, en la mentalidad de personas definitvamente enfermas, y todos los días se venden como algo natural y cotidiano? Porque la violencia se ha hecho natural y común, casi como el arie! Qué persona sana emocional e intelectualmente quiere ver como ejecutan a otra? Un desquisiado, nadie más. Seguramente tú siente una fascinación por la violencia y la desgracia y quieres generalizar y naturalizar tu miseria, como los mercaderes de noticias, para sentirte normal y sano! Think about!
    Saludos desde desde el país del frío, Suecia

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