Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Amnistía Internacional: 50 años vigilando los derechos humanos


El azote de los gobiernos.
Cartas, protestas, informes independientes… Hablar de derechos humanos es hablar de Amnistía Internacional. “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”, dijo un hombre en 1961, llamando a la acción. Y hoy, tres millones de activistas actúan de barómetro del estado de la justicia en el mundo. En su 50º cumpleaños le ponemos rostro a su historia a través de 14 de sus protagonistas de 12 países.

Ni Facebook ni Wikileaks
Las redes sociales y la exhibición pública de asuntos que a los Gobiernos no les gusta airear son prácticas de Amnistía Internacional (AI) desde su nacimiento. Y justo ahora cumple medio siglo. Dado el aniversario, pongamos cara a aquellos que están detrás de sus acciones. Esa era la idea para este reportaje. Dicho y hecho. Y al extender ahora nuestro mapa de ruta resulta que no cabe aquí lo mucho que esta organización representa en la democratización del mundo. A día de hoy, que Amnistía se fije en uno no es cuestión banal. Y más sabiendo lo que ahora sabemos: “Un investigador de AI nunca abandona un caso hasta que no está resuelto”. Y debe ser: miren, si no, sus casos de presos, casi 50.000, la mayoría cerrados; sus informes, 17.093. Completos, insistentes, en bucle, como esas concertinas (alambradas) que se colocan en las prisiones para acotar… Azote de Gobiernos, dicen unos. Mosca cojonera, otros. Por ello, esta ONG independiente (no solicita ni admite financiación de Gobiernos o partidos; ingresó 202 millones de euros en 2009; en España, en 2010, siete, el 96% de cuotas y donaciones; el resto, ventas) recibió en 1977 el Premio Nobel de la Paz: por preparar el terreno para la libertad, para la justicia y la paz en el mundo”.

La paz
Pensábamos en ella justo (ya que los investigadores de AI andan por Libia) cuando saltó la noticia: la Corte Suprema de EE UU rechaza la apelación de Troy Davis, de 42 años, condenado a muerte desde hace dos décadas. Él es uno de los casos emblema de AI, parte de una de sus batallas: la que libra contra la pena capital. Y el desaliento se extiende cual tsunami en este día de marzo por la sede del Secretariado Internacional en Londres. “¿Qué es lo primero que harás al salir?”, le habíamos preguntado por teléfono a Troy en diciembre en una visita a su casa familiar en Savannah (Georgia): “Lo pasaré con los míos… sentado en un baño caliente”. “¿Qué es lo primero que hará cuando Troy salga?”, le preguntamos a su madre Victoria Davis. “Irme para siempre de este Estado malvado”. Entonces aún había esperanza. Su fuerza y la de su hija mayor, Martina Correia, que ha hecho de la lucha por su hermano (condenado sin móvil ni arma, con la mayoría de los testigos retractados) su razón de ser, parecía inundar Londres entero mientras los de AI leían el comunicado decepcionado de la directora de la campaña por la abolición en EE UU: “Da la impresión de que al sistema de justicia no le incomoda que una persona sea ejecutada aunque no se hayan despejado todas las dudas sobre su culpabilidad en el caso…”. “Rezo por que se ordene mi inmediata liberación. Y si no, que se me garantice un nuevo juicio. Quiero salir como hombre libre este 2011.Y después de recuperar mi vida seguiré luchando por la abolición de la pena de muerte”, decía Troy. Pero no. Y Troy está a punto de doblar en esta carrera de encierros injustos al español Marcos Ana, el hombre que más tiempo pasó en una cárcel franquista, 23 años, quien, dice, se salvó con la literatura como Troy, dice, se salva ahora con la fe en Dios y en los suyos. Mi vida / os la puedo contar en dos palabras: / Un patio / y un trocito de cielo donde a veces pasan / una nube perdida y algún pájaro / huyendo de sus alas. Así decía Mi corazón es patio, el poema que hizo famoso a Marcos Ana, que él nos mostrará luego en su casa madrileña.

La sede de AI
dos edificios de ladrillo unidos por un corredor, en Easton Street, es un río caudaloso de información pública sobre derechos humanos. Todo fluye. Vas de un piso a otro dividido por colores, y pisas secciones (cuentas, prensa…) y continentes: acá, América; allí, Asia… Países, ciudades, pueblos, víctimas, ampliados con una suerte de microscopio made in AI, de enfoque lento, pero seguro, que permite ver bien el virus causante del daño. Así son los informes de AI: cocidos a fuego lento. Precisos. “No podemos permitirnos errores”. Te tropiezas por estos pasillos con alguno del centenar de investigadores que se encargan de Estados concretos y puedes demorarte un día entero hablando. Y hasta con alguno de los séniors de AI (son cinco): Javier Zúñiga (especialista en América Latina, enciclopédico, la memoria de los abusos del continente, ni un año bastaría con él: “Ay, Brasil”, dice, “nuestra China en América Latina”), Claudio Cordone (especialista en el Medio Oriente), Whitney Brown (experta en asuntos legales), Donatella Rovera (una máquina de alta cilindrada que se encuentra en el norte de África deshilando el hilo de esa rueca y mandando informes sobre represión y daños) y Anne Fitzgerald, que destapó los vuelos secretos de la CIA; uno de los grandes éxitos de AI (ver informes EE UU/Yemen, Reclusión secreta en los ‘lugares negros’ de la CIA, 2005; Below ther radar. Secret flights to torture and ‘disappearance’, 2006, y Open secret, sobre la complicidad europea en estos hechos, 2010, además de otros sobre los aún 39 desaparecidos).

Fitzgerald no puede disimular su amargura con lo de Troy. “¿Cuál es su mayor éxito en AI?”, le preguntamos en el comedor de su casa british, con jardín y perro y cocina de madera, llena de catálogos para comprar flores, libros y recuerdos. “Yemen”, responderá (los desaparecidos yemeníes de 2003, víctimas de la red estadounidense de detenciones ilegales). “¿Y su frustración?” “Estados Unidos, siempre”. Un muro, dice, contra el que darse cabezazos (como demuestran una vez más los Wikileaks sobre Guantánamo y otras cosas de actualidad). La mayor democracia y el mayor obstáculo. “Se desvelan abusos, pero nunca se responsabilizan”. Y no solo eso. En derechos sucede como en el clima o las armas… Si un país poderoso no firma un protocolo, otros se excusan. Una espina, pues. En Savannah, Martina Correia no cesa, contesta al revés sufrido: “No abandonaremos nuestra causa bajo ningún concepto”. Puro espíritu AI.

Medio millar de personas (2.000 en todo el mundo) trabajan en el cuartel general de AI; de 66 países distintos. Gente común, 40 años de media, la gran mayoría mujeres. ¿Método de trabajo de la ONG? Recabar información a diario a través de denuncias, de medios, de redes, de visitas, de colaboración con ONG locales, de contacto constante con el lugar y sus gentes, de hacer lobby con otras… Número de informes de investigación que AI ha editado desde 1961: 17.093, producto de 3.341 visitas; numero de acciones urgentes desde 1985: 20.544 (aunque este método de movilización rápida, si se determina que una persona corre peligro o se está produciendo una crisis, se empezó a usar en 1973). Este año han emitido 267.

Multiplicando aquí y allá: ¡un millón de horas anuales han calculado que invierte este equipo en salvaguardar los derechos humanos del planeta!, dicen sonriendo hoy a duras penas. Gente de gran entereza. Porque aquí las malas noticias abundan como se ve, aunque hay también sección para las buenas (muy activa, en realidad). Hoy mismo anuncian: “El activista indio de derechos humanos Binayak Sen será puesto en libertad bajo fianza”. Levantas cualquier papel y ahí están escritos objetivos: presos de conciencia, pena de muerte, juicios justos, impunidad, tortura, desaparecidos, guerra contra el terror tras el 11-S…

Personas que trabajan por personas
que trabajan por personas… y que cambian legislaciones. Así se presentan en AI al ser preguntados. Voluntarios o no, de toda condición, juntos, en pro del cumplimiento de la Declaración Universal en la ONU en 1948.

Buceamos por AI a través de 14 personas de 12 países (en las imágenes), elegidas entre miles posibles. Algunas de ellas son activistas puros o investigadores; otras, ex presos o víctimas. Y las hay, y en gran cantidad, tal como sueña ser Troy, de un tercer grupo: las que pelean ahora para conseguir para otros lo que ayer se consiguió para ellas. Una red. Un círculo. Como nuestra travesía misma. Que comenzó un buen día de noviembre de 2010 en una plaza de Madrid, en la Mayor, junto a dos de las madres de Soacha (Colombia), poniendo despacio sobre la mesa, una a una, fotos de sus hijos asesinados en 2008 por el Ejército colombiano, ante la mirada atenta de Nancy Sánchez, defensora de derechos humanos, y los camareros de las terrazas sableándonos, creyéndonos turistas. Jaime, de 16 años, en el campo, en la casa, haciendo arrumacos… Y se hizo el silencio, como si el mismo Jaime cruzara a nuestro lado, y ellas: “De mi chico dijeron que era guerrillero, que tenía un arma en la mano, y cómo podría ser eso, si era discapacitado de ese brazo”. Y termina este viaje en otra plaza, en la de Tahrir en El Cairo (Egipto), con el bloguero Diaa el Din Gad y sus amigos, dando vueltas revolucionarias un día tras otro, con los tanques del ejército parapetados bien cerca. Diaa fue detenido en 2009 por demasiado propalestino y por hablar contra Mubarak, estuvo desaparecido, sometido a torturas. Su madre puso a AI en guardia, que impulsó una de sus acciones urgentes. “Envíen llamamientos al ministro de Interior, al fiscal, a la Embajada de Egipto… instando a las autoridades a que revelen de inmediato su paradero… “. “Tú, que eres hijo de familia bien, ¿para qué te metes en esto?”, le decían los carceleros. “Precisamente por eso”, contestaba él.

Libertad de expresión
La mecha. El espacio por el que lucha AI desde que el abogado católico y judío Peter Benenson pusiera las palabras-cimientos de la organización un 28 de mayo de 1961 en un artículo en prensa en defensa de ocho presos portugueses y aludiera luego a un proverbio chino de valor eterno: “Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad”. Menos quejarse y más actuar, vino a decir. Y sus palabras fueron cual levadura de este pan inmenso que ahora amasan tres millones de socios en 150 países en 68 oficinas locales (los más: Holanda, con 300.000 socios. En España, 63.602; 1.500 activistas). Desde entonces, en paredes, cuadernos y fachadas aparece el logo: una vela rodeada de alambre de espino.

Amarillo luz. Llevar a la escena pública el lado oscuro de la acción política. “No puede ser voluntario respetar los derechos humanos, debe ser obligatorio, no son artículos de lujo según que época”, dice Esteban Beltrán, director de AI España. Pocas empresas con tal dimensión. Y dedicadas a objetivos tan altruistas, cuyo foco se ha ido ampliando: primero eran solo presos (con el debate añadido de si defender a alguien violento o no, y la conclusión: defender siempre un juicio justo y un trato humanitario, cualquiera que sea el delito), luego, armas, tortura, justicia internacional… y ahora, impulsar el pacto internacional de derechos económicos, sociales y culturales. “Aceptamos la pobreza como inevitable, con la misma actitud que tratábamos la esclavitud en el siglo XIX”, advierte Beltrán. “Exige dignidad” se llama su última campaña. “Tenemos que buscar a los Pinochet de la pobreza”, apuntan. “Hemos dejado de ser hace mucho una organización de presos para serlo de derechos humanos”, comentarán en AI de Lugo, uno de los equipos más implicados de España (celebran ahora sus 25 años). Lugo simboliza bien lo que es el trabajo de grupo: han adoptado presos diversos (desde Puigane, del asalto al cuartel de La Tablada, hasta el guineano Weja Chicampo, pasando por desaparecidos saharauis, un sacerdote vietnamita…) y organizar: “Todo lo que podemos hacer lo hacemos: escribir, subirnos a un globo por Lugo, hacer el Camino de Santiago con petos con sus imágenes”. Y los presos muchas veces ni siquiera se enteran de quiénes son las personas que contribuyeron a su liberación.

Beltrán construye un autorretrato de AI en la sede de Madrid. “Imparcialidad, no importa el régimen, también investigamos en democracias; no cometer errores por la precipitación… “. Y dice que este trabajo no se acaba nunca, pero que ya hay tres asuntos “a término”: pena de muerte (150 países en contra; “habrá un mundo sin ejecuciones legales”); justicia internacional, que hace que los criminales no se vayan de rositas (“no se puede pasar página en la historia sin leerla”, dice en relación a los 100.000 desaparecidos aún en España), y tortura. “Las actuaciones son importantes, sí, pero cambiar las políticas es lo fundamental, y eso es muy lento”, decía Anne. “Por eso, ahora, los países emergentes (BRICS) son prioritarios para nosotros”. Por el efecto dominó: “Si por ejemplo Brasil mejorara sus condiciones carcelarias… “. “La división entre lo político y lo económico no existe. Muchos defensores trabajan con indígenas, con sindicalistas, con lo ecológico…”. Uf, suspiran en Madrid, en Londres…: “No tenemos más recursos para cubrir más temas; no podemos recortar la realidad como nos gustaría. Pero la gente lo reclama: y esto requiere otro modo de acción. Con Gobiernos se firman compromisos y luego la presión internacional funciona; no quieren vergüenza pública… Pero con empresas privadas es todo más complicado, están preparadas para responder a las críticas. El de los indígenas es uno de los temas más graves hoy, a nadie le importan, hay intereses económicos de por medio, muchas manos… y lo peor es que no están en la agenda…”.

Paciencia
Una larga lista de éxitos tienen ya tras de sí; basta atender al número elevado de premios Nobel que fueron antaño casos de los que se ocupó AI: Andréi Sajarov, Adolfo Pérez Esquivel, Wole Soyinka; Aung San Suu Kyi; Rigoberta Menchú; Nelson Mandela, Orhan Pamuk, Liu Xiaobo… “Sin Amnistía, Pinochet nunca se habría sentado en el banquillo; sin AI, la pena de muerte aún existiría en el Código Penal militar en España…”. “No sé si hacemos mucho o poco, pero cuando empecé, hace dos décadas, nadie hablaba de derechos humanos, y ahora es parte de todo”, nos dice más animada Fitgerald, quejándose, sin embargo, de lo difícil que sigue siendo -ella, que ha sido cocinera/periodista antes que fraile-, que estas historias aparezcan en los medios… cuando el interés del público sigue intacto. Por ejemplo, en España: “Ni el crecimiento económico ni la crisis hacen subir o bajar el número de socios, la implicación o participación”.

El fundador, Benenson, tras su artículo de gran repercusión, se puso en contacto con varios amigos, y estos agregaron a otros y a otros y a otros. Crearon red y decidieron ponerse a escribir juntos y masivamente a los poderosos. Mensajes personales. Sobre los condenados. Y cartas a los propios presos. Una suerte de correos empeñados en llevar cartas al zar. Con el paso del tiempo, los métodos de envío han mutado “de la pluma al ratón”; los retos son otros (gestionar y ordenar la información: “El margen de error crece”), pero el zar sigue siendo el zar, poderoso. Lo que significan las cartas para una persona aislada 23 de cada 24 horas, como está Troy Davis, lo cuenta él mismo: “Recibir cientos de ellas de todo el mundo es un consuelo para mi corazón”. O el científico ruso Ígor Sutyagin, 11 años prisionero, al que vemos en Oxford (bajito, gorra de paño, eslavo; mirarle es mirar una película): “Recibir postales, para mí, era una ventana a un mundo colorista. ¡Una imagen de España o del Caribe en ese mundo gris y negro! Es la ilusión de estar conectado con el gran mundo y un control invisible de los carceleros. Hey, pensarán, este tipo recibe montones de cartas, debe de ser importante, mejor ser precavido… Las cartas son felicidad para muchos… Los presos las reutilizan, las pintan, las cuelgan, las regalan y envían a sus seres queridos… Una postal sirve no solo a una persona, sino a muchas alrededor”.

Seis libretas de apuntes se han llenado en este tiempo. Medio año de citas, idas y venidas para encontrarse con unos y otros. Desde las favelas y los juzgados que visita sin pausa la defensora de derechos humanos Valdenia Paulino en João Pessoa (Brasil) hasta el lugar exacto en Savannah en el que la vida de Troy Davis cambió: el parking de la terminal Greyhound, junto al Burger King de la avenida Oglethorpe. Desde el Puerto Rico de Miami donde Camilo Mejía habló sobre su abandono del Ejército estadounidense, del que era sargento, hasta convertirse en el primer desertor de la guerra de Irak, hasta la Oficina de la Sección Española en Madrid, incansables todos, o las de los grupos de Albacete o Lugo.

Cuadernos repletos de vida cotidiana de los activistas. De detalles. A saber, cómo Valdenia, que ha tenido siempre la muerte en los talones (¿de qué pasta están hechos los defensores?), vive como si el instante último ya llegara. Con qué angustia de ser se plantea el día día una víctima de violencia de género como Ascensión Anguita. Qué ha sido de la vida de Shao Jiang, que fue uno de los miles de estudiantes que protestaron en Tiananmen en 1989 y ahora es profesor en Londres: “Yo tuve suerte. Muchos amigos murieron en la cárcel. Me encarcelaron hasta 40 veces. Salí por Hong Kong hacia Suecia en 1997 como refugiado junto a otros de la ONU, allí comenzó mi relación con AI, hice informes…”. “¿Ahora China está mejor?”. “Peor. Con grandísimas diferencias sociales, económicas, Internet, todo está controlado, pero la gente es ahora más consciente, defiende sus derechos desde dentro”.

Si el currículo de Amnistía
da para un libro; cada historia personal, para otro. El primero, de hecho, ya se ha escrito: buenísimo, Como agua en la piedra, de Jonathan Power, se publicó en el 40º aniversario. En él se relatan éxitos y fracasos: los casos de prisioneros políticos como Obasanjo en Nigeria, o la labor de AI en países complicados como Guatemala, apoyando a los que se enfrentaban a los escuadrones de la muerte, o la República Centroafricana, donde sacaron a la luz la masacre de niños; la guerra sucia de Gran Bretaña en Irlanda del Norte, o uno de los puntos negros de AI en los setenta, el apoyo a la banda terrorista alemana Baader-Meinhof. La obra concluye: “Quizá Amnistía no ha cambiado el mundo todavía, pero tampoco lo ha dejado tal como lo encontró”.

Del segundo, sin duda, el más conmovedor sería el de los Davis. En noviembre le preguntamos a Troy por sus peores momentos. “Ver el dolor en los ojos de mi familia las tres veces que pisé el corredor de la muerte. Me rompió el alma”, contestó. Por sus nostalgias. “Echo de menos las peleas de almohadas con mis sobrinos, sus sonrisas, la deliciosa comida de mi madre”. Ya no la probará, porque mientras escribimos este texto, Victoria ha muerto en Savannah. De repente. Sin estar enferma. Su corazón se paró al poco de saber que su hijo no será liberado, que podría ser ejecutado. Quizá no ha querido vivir para verlo.

Lola Huete Machado.
Publicado en: El País.
Reportaje y fotos completo

Más información: www.amnistiainternacional.es

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