Domingo 23 de Noviembre del 2014
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Países que tienen reyes vs. países que tienen presidentes políticos


¿Un rey Guillermo y una reina Catalina?
Opinión de Timothy Garton Ash.
La monarquía constitucional es difícil de justificar en la teoría democrática, pero ¿les va mucho mejor a las repúblicas con presidentes políticos? Hace 30 años Juan Carlos de España salió en defensa de la democracia.

Si las cosas continúan en Reino Unido como hasta ahora y el príncipe Carlos sucede a su madre para reinar hasta su muerte, a edad muy avanzada, entonces, hacia 2040, la joven pareja que se casa hoy en la abadía de Westminster serán el rey Guillermo V y la reina Catalina. Por el mero hecho de haber nacido en la familia en la que ha nacido, Guillermo será jefe de Estado de lo que quede de Reino Unido actual. ¿Me parece bien? Mi respuesta es: en teoría, no, pero en la práctica, seguramente, sí.

Si Guillermo y Catalina se portan bien, a diferencia de otros miembros más revoltosos de la familia real, y contribuyen al desarrollo de una monarquía constitucional modernizada y reconvertida, la situación será tal vez mejor que las alternativas más probables. Al echar un vistazo a Europa, no me parece que países como Suecia, Holanda, Dinamarca y España, que tienen reyes, estén peor que otros que cuentan con presidentes elegidos entre los políticos de partido. ¿O preferirían que el palacio de Buckingham lo ocupase, por ejemplo, el presidente Blair?

Salvo por un breve interludio en el siglo XVII, durante el que los revolucionarios experimentaron con la decapitación de un monarca, existen reyes y reinas de Inglaterra desde hace más de 1.000 años. Es una historia asombrosa, de la que han surgido poemas. Imaginemos a Shakespeare sin todas las referencias a la monarquía. Antes de abandonar 1.000 años de poesía, hay que estar muy seguros de que nos va a ir mejor con la prosa.

Como podemos ver ahora otra vez, con la invasión de Londres por parte de los medios de comunicación de todo el mundo para seguir la boda real, esa historia, esa leyenda y esa mística contribuyen enormemente al poder blando (la capacidad de atracción) de Reino Unido y a sus ingresos por turismo. No creo que nadie vaya a Berlín a ver el cambio de la guardia en el palacio de Bellevue, ni a vislumbrar al presidente Wulff, su mujer y sus hijos. “¿El presidente qué?”, sería la pregunta de casi todo el mundo, si se hace una referencia al jefe de Estado actual del país más poderoso de Europa. No importa, cuando uno fabrica un montón de BMW, Mercedes y fresadoras y exporta todas esas cosas a China. Pero no es el caso de Reino Unido. A cambio, tiene a la reina, Guillermo y Catalina.

No obstante, estos argumentos sobre la historia, la poesía y el poder blando no servirían de nada si la existencia de una monarquía constitucional distorsionara gravemente el proceso democrático, hiciera imposible una sociedad abierta en la que todos tengan oportunidades y mantuviera el país anclado en un rígido pasado de jerarquías y privilegios. En teoría, hace todo eso. Esas son algunas de las razones por las que el periódico The Guardian se ha declarado partidario de una república y por las que muchos lectores del diario -aunque no la mayoría de los británicos, según revela una reciente encuesta hecha por el propio Guardian- estarían a favor de la abolición de la monarquía.

Sin embargo, en la práctica, creo que ese efecto negativo que ejerce es marginal, y mucho menor que hace 30 años, cuando Carlos y Diana celebraron su boda de cuento de hadas. En el sistema político británico existen elementos antidemocráticos y nocivos -el principal, la Cámara de los Lores, que no se forma por elección-, pero la monarquía no es uno de los peores. Puestos a hablar del poder de un individuo a quien nadie ha elegido, el magnate de la comunicación Rupert Murdoch es una amenaza mucho más grave para la democracia británica que nuestro jefe de Estado hereditario.

Según el experto constitucional Vernon Bogdanor, ningún monarca británico se ha negado a aprobar una ley desde 1707. Todavía existe cierto oscurantismo antidemocrático derivado de la “prerrogativa de la corona” y la doctrina constitucional de que la soberanía reside “en la corona dentro del Parlamento”, pero el abogado Richard Gordon ha dejado claro que Reino Unido podría tener una Constitución escrita, totalmente moderna y firmemente asentada en la soberanía popular, y seguir teniendo a un monarca hereditario como jefe de Estado.

La reina puede tener cierta influencia política, limitada, pero no parece que haya hecho peor uso de ella que los presidentes de otros países. Los presidentes, a veces, son capaces de mantenerse por encima de las disputas entre partidos, como hizo Richard von Weizsäcker en Alemania, pero siempre están relacionados, aunque sea de forma mínima, con un partido concreto. En algún momento de su pasado han tenido que hacer lo que hacen todos los políticos para ascender hasta la cima.

Como consecuencia, algunos incluso acaban ante los tribunales, acusados de corrupción, como el expresidente francés Jacques Chirac. Por supuesto, también los reyes y sus consortes pueden meterse en líos, como demostró el príncipe Bernardo de Holanda -padre de la reina actual- cuando se vio envuelto en el escándalo de los sobornos de Lockheed. Sin embargo, existen menos posibilidades de problemas de este tipo con los monarcas, precisamente porque no necesitan abrirse camino para subir hasta arriba.

Seguro que los países que sufren conflictos de “cohabitación” entre presidentes de un partido y primeros ministros de otro piensan con frecuencia que preferirían tener un jefe de Estado auténticamente neutral, que estuviera por encima de las disputas y encarnara la unidad nacional. (En el caso de Bélgica, tan dividida entre la población francófona y la de habla neerlandesa que no consigue ni siquiera formar un nuevo Gobierno, el ingenio popular dice que Alberto II, cuyo título es rey de los belgas, es el único belga de verdad).

Desde luego, eso significa que nunca tendremos a un Nelson Mandela o un Václav Havel como jefe de Estado. Pero figuras así solo aparecen en momentos excepcionales. Parafraseando a Bertolt Brecht: “¿Desgraciada la tierra que no tiene un Mandela? Desgraciada la tierra que necesita un Mandela”. Y tenemos por lo menos un gran ejemplo de monarca europeo que salió en defensa de la democracia. Hace 30 años exactos, el rey Juan Carlos de España contribuyó de manera decisiva a desbaratar un intento de golpe del Ejército contra la democracia, aún joven y frágil, de su país.

En cuanto a la afirmación de que la monarquía británica consolida el vértice de una pirámide opresiva de clases y privilegios, creo que eso es mucho menos cierto ahora que hace 30 años. En Reino Unido, hoy, los banqueros -a los que nadie ha elegido- son más poderosos que cualquier aristócrata hereditario, y las estrellas de fútbol, tan famosas como cualquier miembro de la familia real. En esta cultura popular de la celebridad, existen jerarquías múltiples y confusas; no hay más que pensar en las efusiones de Hollie White, una chica de 12 años, después de conocer al príncipe Enrique: “Me emocionó muchísimo verlo. Ahora quiero conocer a la reina y a Simon Cowell”. (Cowell es un empresario musical y showman que aparece en programas de televisión tremendamente populares, como Pop Idol y The X Factor).

El mismo hecho de que Kate Middleton se convierta en princesa muestra que las barreras entre la clase media alta -ese 7% de británicos, más o menos, que estudia en escuelas privadas, como fue su caso- y la clase alta prácticamente han desaparecido. El problema serio, y cada vez más, no está ahí, en la franja superior, sino en las pésimas perspectivas de movilidad social para la mayoría que estudia en malos colegios públicos. Eso es lo que establece una diferencia más dolorosa entre Gran Bretaña, sobre todo Inglaterra, y otras monarquías europeas actuales, como Suecia, que coexisten sin problemas con unas sociedades abiertas e igualitarias. Ese es el verdadero mal inglés.

Pero esos otros ejemplos europeos -Suecia, Dinamarca, España, Países Bajos- demuestran que estas no son características necesarias de una monarquía constitucional. Si Guillermo y Catalina reciben buenos consejos, se esforzarán por convertirse en el modelo de una monarquía europea moderna. Si no, o si Carlos y Camilla no les dejan, es posible que en 2040 no tengan ya -ni siquiera en la conservadora Inglaterra- ningún puesto que heredar.

Timothy Garton Ash.
Catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.
Publicado en: El País.

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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