Sábado 01 de Octubre del 2016
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Hacer el amor, transforma el mundo en un sitio más feliz


Hacer el amor y no la guerra.
Esta columna hablará esta semana de sexo y de violencia. No porque ambas cosas suelen ser las que más hacen vender una publicación, sino por una razón científica que podría tener grandes implicaciones políticas.
Comencemos por recordar que el sexo y la violencia son las dos caras del mismo deseo que atrae a un animal hacia otro: a veces como pulsión sexual, otras en forma de agresividad. Pese a lo que suelen creer los enamorados, en el comportamiento sexual es el cerebro el que dirige, no el corazón.

La violencia contra un congénere también nace en el cerebro. En ciertos casos, la agresividad del macho es previa al acto sexual, como en los ciervos, entre los cuales sólo el combate exitoso permite el acceso a la hembra.

En el hombre, ambos instintos son diferentes, naturalmente con excepción de la sexualidad criminal o los accesos de violencia en la pareja.
Entre los humanos, el instinto animal se transforma en amor por la gracia del lenguaje y de los sentimientos complejos que éste expresa. Por el contrario, el instinto agresivo se manifiesta en el odio al otro, desencadenando conductas perversas, violentas y con frecuencia asesinas. Los científicos saben que ambos sentimientos se originan en la parte profunda del cerebro, en una región en forma de embudo llamada hipotálamo, que reúne el centro de comando de las grandes funciones del cuerpo. Pero aún ignoran la localización precisa del centro de la sexualidad y de la agresividad, así como sus eventuales interacciones.

No lo saben por la simple razón de que, hasta ahora, resulta imposible que una pareja haga el amor en el estrecho túnel de un aparato de resonancia magnética nuclear (RMN). El individuo estudiado debe conformarse con mirar una foto del ser amado, que activa las zonas del cerebro relacionadas con el deseo. También está excluido grabar la actividad eléctrica de las neuronas humanas durante un acto sexual, y la única solución que queda es la experimentación con roedores, cuyo comportamiento sexual o agresivo se parece mucho al del hombre, en un plano puramente mecánico.

En un trabajo publicado recientemente en la revista Nature, especialistas californianos demostraron que los circuitos neuronales implicados en el acto sexual de la rata macho y los que intervienen en la violencia están conectados de manera funcional en la misma zona del hipotálamo inferior.

Hecho notable, el estudio muestra que las estimulaciones optogenéticas (con luz) o farmacológicas de la red copulatoria bloquean el comportamiento violento y su red neuronal. Si esto es verdad, lo siguiente es evocar la célebre frase que sirvió de eslogan a la rebelión estudiantil de Mayo de 1968: “Hagamos el amor y no la guerra”. Divisa que -el lector coincidirá- transformaría a este mundo en un sitio mucho más feliz y agradable para vivir.

Menos tentadora es la idea de llegar a controlar selectivamente en el hombre las neuronas del amor y la agresividad. Tiranos, dictadores, populistas y charlatanes de toda laya se encargaron muy bien de eso, gracias a viejas técnicas de manipulación popular.
Entre paréntesis, esto parecería estar en buen camino para cambiar.

Luisa Corradini.
Publicado en: La Nación

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