Viernes 30 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1; 2

Los jóvenes despiertan al llamado de "Indignaos"


Los indignados son los novatos.
Fabio Cortese, mochila al hombro, llega tarde a la cita porque el profesor ha alargado a última hora la clase. Las paredes de la Complutense están estos días llenas de carteles de los aspirantes a rector, unos sonrientes, otros como si caminaran casualmente por el campus. Cortese, de 19 años y padre italiano, es una de las cabezas visibles de la primera protesta, llevada a cabo esta semana, de una generación que intenta sacudirse el sobrenombre de ni-ni: ni estudia, ni trabaja. La mayoría de los organizadores de la marcha española rondan la veintena. Acaban de salir prácticamente del instituto. “Es el momento. Hay un descontento general en la juventud. Nosotros canalizamos ese sentimiento”, reflexiona este estudiante de derecho.

Cocinada en el campus, apoyada por decenas de profesores e intelectuales, la indignación que sienten los estudiantes por la crisis les hizo echarse a la calle, como ya habían hecho en otros países millares de jóvenes desencantados. La marcha la han encabezado principalmente estudiantes de los primeros cursos de la carrera, los que viven en primera persona la implantación del plan Bolonia, el proyecto para unificar estudios universitarios en toda Europa. Consideran que es hora de hacerse oír, de acallar a los que les acusan de inmovilismo, pese a contar con una tasa de paro que supera el 40%. El director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, les califica como la “generación perdida”. Ellos se resisten.

“Es cierto que podemos llegar tarde, que en otros países se han movilizado antes que nosotros, pero ahora es nuestro momento”, intercede Cortese, que se mueve por la facultad con la hechura de los de último curso. Se cruza y comenta la iniciativa con estudiantes barbudos, algunos de pelo cano, pero son los de su generación, los de los primeros cursos, los que han tomado el mando esta vez.

El referente de estos jóvenes tiene 93 años y se llama Stéphane Hessel. Perteneció a la Resistencia francesa y sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald (Alemania). En esa época el enemigo era claro; ahora él arenga a los jóvenes para que luchen contra la apatía existente y que lo hagan de forma pacífica. “La peor actitud es la indiferencia”, escribe en su libro Indignaos.

Hessel resalta la interconectividad de un mundo complejo en el que es difícil encontrar culpables de la situación. Los estudiantes han aprovechado esta corriente para propagar un mensaje que ha tenido más eco en las redes sociales (su página de Facebook cuenta con 11.000 seguidores) que a pie de calle. La policía cifró en un millar los asistentes, mientras que los organizadores lo elevaron a 5.000. Sea una u otra cifra, quedaron por debajo de las de sus vecinos europeos.

Sin embargo, Luis Alegre, profesor de filosofía de la Complutense, considera que este pequeño grupo de estudiantes sin influencia ha dado en el clavo. A diferencia de otras iniciativas con menos éxito a nivel de comunicación, esta pandilla ha sabido “conectar con un malestar muy profundo, soterrado, que indudablemente existe”. “Son los de 18 y 19 años los que están tirando del carro, los que han sabido canalizar la indignación y ve esta primera movilización, llamativa sí, pero con poca afluencia, como el punto de partida de una generación “olvidada” que quiere hacerse notar. “Tengo la sensación de que se han anticipado a algo que está por venir”.

El movimiento lleva tiempo alojado en Internet. Ahora toca sacarlo a la tierra. Silvia Chicón, una malagueña de 25 años, y Carlota Fernández, asturiana de 26, han dirigido una serie de cortometrajes (Asqueadas.com) sobre los problemas juveniles, contados a través de la vida de tres compañeras de piso. “Parece que por fin demostramos que no estamos ni tan dormidos como dicen, ni tan perdidos”, resalta Chicón.

Los estudiantes han recibido el respaldo de gente del mundo de la cultura. El poeta Luis García Montero tiene una hija adolescente en el instituto, que fue quien le pidió que firmase el manifiesto, en el que resaltaba una frase: “La juventud más preparada de nuestra historia vivirá peor que sus padres”. “Y tienen razón”, agrega el escritor. “Están viendo cómo pierden derechos, no saben si van a poder encontrar trabajo o si van a cotizar los años suficientes para tener una pensión. Su futuro es muy incierto”.

Isabel Casanova es otro de los muchos rostros que ha encabezado la protesta. Tiene 19 años, estudia lenguas modernas. Apenas lleva medio año en la facultad pero igualmente ha tomado las riendas. Destaca que han contado y mucho con la experiencia de los alumnos de los últimos cursos (“su experiencia ha sido vital”). “El acceso a un trabajo digno es una quimera”, lamenta. En la marcha se le vio con un pañuelo azul recogiéndole el pelo. Fue una de las que durante la marcha dirigió, subida a un camión, las consignas a gritar. Se desgañitaba.

Los jóvenes, aglutinados en la plataforma Juventud sin futuro, clamaron contra los banqueros, el presidente, el líder de la oposición, la reforma de las pensiones o la reforma laboral. ¿Riesgo de que el mensaje se diluyera? “No, la idea de la indignación contra el sistema resalta sobre todas las demás”. La plataforma baraja el 15 de mayo, en común con otras asociaciones y organizaciones, como fecha para la siguiente protesta.

Si la protesta española se ha incubado en la universidad, la indignación portuguesa surgió en un cafetín. Paula Gil, de 26 años, becaria en una ONG, es una de los cuatro jóvenes que estuvieron tras la manifestación masiva convocada en Lisboa el 12 de marzo. La idea surgió cuando empezaron a discutir sobre la inestabilidad que afecta a su grupo de amigos. “Había que hacer algo, era el momento. Sabíamos que la precariedad era una situación transversal, que en realidad no solo perjudica a los jóvenes”, añade. La generaçao à rasca (generación en apuros) portuguesa consiguió movilizar a 300.000 personas. “No protestamos contra otras generaciones, pedimos una solución y queremos ser parte de ella”, decía uno de los fragmentos de su manifiesto. Paula Gil apoya el movimiento en España: “La precariedad es un problema que afecta a toda la UE y hay que echarse a la calle”. De seguir así, está convencida de que su generación está condenada a sobrevivir más que a disfrutar de la vida.

El primer paso, concienciar e intentar movilizar a una generación asociada al botellón y la inmadurez, creen los estudiantes españoles que ya está dado.

Juan Diego Quesada y Marta Garijo.
publicado en: El País

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>