Martes 27 de Septiembre del 2016
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En Costa Rica son felices, positivos y se inspiran con el "buen rollo"


Felices por naturaleza.
Costa Rica hace buena la tesis de que más PIB no equivale a más felicidad o, lo que es lo mismo, que la sensación de éxito o fracaso en la vida no se mide en función de los ingresos, siempre y cuando las necesidades básicas estén cubiertas. Su producto interior bruto (10.870 dólares per cápita) no llega ni a la tercera parte que el de Francia o Gran Bretaña, pero a la hora de medir su satisfacción general con la vida, ellos se colocan en la primera posición. Del uno al diez, los costarricenses se puntúan con un 8,5 en felicidad.

Una del mediodía de un domingo de febrero en el río Barbilla, ya cerca de las playas caribeñas. Acomodada en la orilla, María Ali brinda con sus amigas con ron y naranjada. Junto al animado grupo, familias en bañador cocinan y se sirven gallo pinto, el plato nacional a base de arroz y frijoles. Los niños se zambullen en el agua desde los peñascos más altos, y María ríe a carcajadas, aunque confiesa que su vida no es para tirar cohetes. ¿Ali? “Sí, mi padre es chino, chino cruzado, descendiente de los chinos que llegaron a Costa Rica para construir el ferrocarril”. El mestizaje es seña de identidad de los costarricenses, aunque en el rostro de María no asoman rasgos orientales. Rubia teñida, redondita y dicharachera, cuenta que a sus 50 años tiene diez nietos y cuatro hijos.

“En Costa Rica lo mejor es la libertad y lo peor la pobreza, venga a nuestro pueblo, a Veintiocho Millas, y verá lo que no ven los turistas”, sugiere con una sonrisa en la boca. Al mal tiempo, buena cara. “¿Naranjada? ¿Ron? Vamos a brindar. Hoy toca fiesta, mañana ya veremos”.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Happy Planet Index de la New Economics Foundation londinense catapultan a Costa Rica a la primera posición de la felicidad mundial, a sabiendas de que todavía tiene un puñado de asignaturas por aprobar. Asumiendo que es imposible sostener que existe el reino de la dicha, sí se puede afirmar que, desde mediados del pasado siglo, este país ha ido forjando las bases de un bienestar que no han podido disfrutar sus vecinos de Nicaragua, El Salvador o Guatemala, entre otros países de Centroamérica que han tenido que sobrevivir a décadas de inestabilidad u optar por emigrar.

A esa sensación de satisfacción contribuye saber que gozan de una vida más cómoda que los ciudadanos del otro lado de la frontera, que son una excepción en una región históricamente convulsa, una democracia que en 1948 decidió suprimir el ejército e invertir más recursos en políticas sociales. “Nosotros somos seis hermanos, de una familia humilde, pero todos estudiamos en la universidad. Nuestros padres nos pedían que no dijéramos que éramos pobres, pues ellos entendían que lo importante no era el bolsillo sino la cabeza.

Este es un país de oportunidades, en el que no ha habido grandes diferencias de clase, y en el que la sanidad y la educación son universales y gratuitas, y eso da tranquilidad”, reflexiona Martín Mora, empresario y consultor turístico de La Fortuna, pueblecito cercano al volcán Arenal, una de las joyas naturales de Costa Rica.

Libertad, paz, igualdad, conservación de la naturaleza son logros que esgrimen los ticos, tal como se denominan los costarricenses, al ser preguntados por las claves de su declarada felicidad. “Lo que más valoran es el acceso a la escuela, a la salud, a la diversión, tener un mes de vacaciones; los bonos de la vivienda y escolar… Y, sobre todo, el igualitarismo. La evolución de la sociedad ha permitido que el agricultor peor pagado no se sintiera inferior al patrono; quien entre en un bar verá al médico, al profesor, a la señora de la limpieza tomando juntos una cerveza, se tratan de igual a igual, no hay sentimiento de superioridad ni de inferioridad, y eso evita el resentimiento y la acumulación de rencor.

Por eso los ticos se definen como “igualiticos””, reflexiona Víctor Valle, vicerrector de la Universidad para la Paz de Ciudad Colón, un campus en el que estudiantes de todo el mundo profundizan sobre los derechos humanos. “Mientras aquí, en la década de los 80 del siglo XIX, se establecía la educación primaria obligatoria y gratuita, en El Salvador se abolía la propiedad comunal del café, se quitaban las tierras a los indígenas para entregarlas a los industriales cafeteros”, añade Valle, salvadoreño pero residente en Ciudad Colón desde hace diez años.

Tal como advierte María Ali, para los turistas Costa Rica es el paraíso, regresan a casa contando que se han deslizado por tirolinas de vértigo entre quetzales y paisajes de película. Esa espléndida naturaleza es un elemento que contabilizar como activo que contribuye a la felicidad. Pero el día a día de muchos ticos no es perfecto.

El Gobierno que encabeza Laura Chinchilla debe encarar las señales de alerta sobre el agotamiento del modelo Costa Rica, al menos para ese 21% de personas consideradas pobres. Esa compacta clase media que ha garantizado la estabilidad del país se está encogiendo, aunque todavía es mayoría en un país con 4,5 millones de habitantes, de los cuales 250.000 son inmigrantes llegados de Nicaragua, Panamá y Colombia, según las cifras oficiales; las extraoficiales apuntan a un mínimo de 500.000 extranjeros.

Recurriendo a las reflexiones de María Ali, hay que ser positivos y apoyarse en lo que inspira “buen rollo”. La naturaleza actúa como un bálsamo; el apego a la tierra y una robusta red de apoyo familiar, también. “Mi bienestar depende de mi relación con el medio ambiente, si lo que se midiera fuera el disfrute del aire puro, de los bosques, de las playas, seríamos el país más desarrollado del mundo. Sí, aquí tenemos techos de paja pero los preferimos a los de cemento, esa es nuestra cultura, y nos gusta”, susurra Juan Carlos Barrantes, tumbado en una hamaca en Punta Uva, en el Caribe.

Este técnico agrónomo asesora a comunidades indígenas y a cooperativas del cantón de Talamanca en el cultivo ecológico y en turismo rural, a través de proyectos de desarrollo impulsados por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Juan Carlos es amante de la tranquilidad, le gusta conversar, degustar el gallo pinto, la yuca, el pescado, al ritmo caribeño. En eso coincide con Ricky Bartahley, cuyo lema y el de su concurrido restaurante, el Maxi’s, es “Estrés 0”. Este afrocaribeño estudió comercio internacional en San José, pero nada más graduarse huyó de la capital para regresar a su Caribe natal, a Manzanillo, donde levantó un modesto chiringuito que ha ido ampliando hasta convertirlo en un negocio boyante. Ricky, fiel a su máxima, no se estresa, cada mañana acude al trabajo en bermudas y camiseta después de recorrer la playa en bici o corriendo y de comprar el pescado que luego servirá a sus clientes.

“Si llego media hora tarde, no pasa nada. Nunca llevo reloj. La gente vive al día, hoy tengo dinero, perfecto, pero no planificamos a 15 años vista”, cuenta en su local, decorado con banderas y camisetas de diferentes clubs de fútbol, como el Barça y la Real Sociedad. “Aquí, en Manzanillo, el 90% de la población es azulgrana, se lo debemos a mi gran amigo Pedro, un catalán que llegó hace 18 años y que ya pasó a mejor vida”.

Marlon, de 12 años, pasa buena parte de su tiempo libre en el río Esquí, que discurre muy cerca de casa. Debajo, Ricky Bartahley en su restaurante Maxi’s, en Manzanillo, donde siguen la Liga española
El Maxi’s se ha convertido en punto de reunión de la comunidad española afincada en esta zona del Caribe. Sonia Casado y Pepo Montsant abrieron hace año y medio, en Playa Chiquita, un hotel, La Kúkula, nombre con el que los indígenas del sur del Caribe llaman al perezoso. “Apostamos por un cambio radical; en Barcelona, nos dedicábamos al comercio, pero había pocas perspectivas, estaba a punto de estallar la burbuja inmobiliaria, y decidimos venir a Costa Rica porque es el país más seguro de Centroamérica, aunque aquí no todo es perfecto”, confiesa Pepo.

Las obras del hotel se prolongaron mucho más de lo previsto, poniendo a prueba la paciencia de la pareja. Rodeados de jungla, con perezosos, tucanes, iguanas o monos aulladores campando a sus anchas; con sol, con lluvia; con hamacas; con carreteras a medio terminar; con fútbol en el Maxi’s…, Sonia y Pepo se han ido aclimatando, saboreando la aventura americana.

Seducidos por el “pura vida”, el saludo cotidiano que define la filosofía de vida en este país, y la naturaleza, Costa Rica ha atraído a otros muchos europeos y a americanos. Los pioneros se hicieron con terrenos a precio de ganga donde levantaron hotelitos y restaurantes que les dan para vivir cómodamente. El holandés Edsart Besier es uno de ellos.

A los 18 años compró un solar en Manzanillo y a los 21, al acabar Económicas, ya abrió allí su primer establecimiento. Las cosas le fueron bien, y hace nueve años construyó cuatro lodges en la playa que alquila a los turistas. “Para mí esto sí es el paraíso”, afirma Edsart, despreocupado de las incomodidades que conlleva vivir en una zona con carreteras muy precarias y escasos servicios. Edsart se ha implicado en proyectos conservacionistas y ha abierto un centro de recuperación y cría de iguanas, una iniciativa para contribuir a proteger la rica biodiversidad del país.

“Chissssssssssss. Oyen ese ruido, eso es un tucán”, murmura Delroy Campbell, guía especializado en ornitología, a un grupo de turistas en el parque nacional del Volcán Arenal, lejos de su Caribe natal. La naturaleza es fuente de empleo en Costa Rica, donde funcionan 178 áreas de conservación natural: el 26% de la superficie del país está bajo alguna figura de protección. El medio ambiente, el paisaje, ha sido el catalizador de la industria turística que el año pasado contabilizó dos millones de visitantes. Sale a cuenta proteger la biodiversidad. Por eso y por su apego a la tierra, los ticos se rebelaron y consiguieron que el Gobierno rechazara el proyecto de una mina de oro a cielo abierto en Las Crucitas, en una reacción ciudadana sin precedentes.

“Cuidado, una serpiente bocaracá”, advierte Delroy señalando al reptil camuflado en una rama. La bocaracá en cuestión, según dice Delroy muy venenosa, es un ejemplo del inmenso patrimonio biológico de este diminuto país: sólo cuenta con el 0,03% de la superficie mundial (51.100 kilómetros cuadrados), pero esconde más de medio millón de especies, de las cuales 90.000 están descritas, el 4,5% del total del planeta.

Quienes tienen más conciencia sobre la necesidad de preservar el capital natural son los jóvenes, como Óscar Villalobos, de 20 años, nacido en Tortuguero. “Mi abuelo me contaba que antes todos iban a la playa a coger los huevos de las tortugas, ¡a mí nunca se me pasaría por la cabeza hacerlo!”, exclama en el bar del Rancho Margot, una suerte de complejo vacacional cerca del volcán Arenal que pretende ser 100% autosuficiente. Ya lo es en la generación de electricidad gracias a sus dos minicentrales hidroeléctricas y al compost que sirve para calentar el agua de las duchas.

También produce una parte de los alimentos que se sirven a los huéspedes: verduras del huerto ecológico; queso, leche y yogur de sus vacas y ovejas, carne de los cerdos, huevos… Y la totalidad de los muebles de sus bungalows y del restaurante se fabrican artesanalmente en su taller de ebanistería. Óscar, graduado en Actividades Ecoturísticas, hace un poco de todo en el rancho, pero sobre todo aprende: “Quiero agarrar experiencia antes de regresar a la universidad para estudiar Ciencias Ambientales, en un futuro me dedicaré a la gestión ambiental de establecimientos turísticos”.

A sus 74 años, Miguel Ángel Campos ya no es un chaval, pero igual que Óscar está convencido de que el medio ambiente es la gran baza de su país. Él y su esposa, María Lina, dedican buena parte de su tiempo libre a reforestar sus dos hectáreas y media de bosque en Heredia, cerca de la capital. “Vamos plantando árboles de especies autóctonas, robles de Talamanca, cedros, magnolias, aguatillos de quetzal, ratoncillos, damas, espinos blancos…”.

Los Campos se han acogido a la fórmula de Pagos por Servicios Ambientales (PSA), un invento de Costa Rica extendido a otros países para incentivar a los propietarios forestales a que conserven la naturaleza. La Empresa de Servicios Públicos de Heredia, un consorcio que gestiona el servicio eléctrico, el agua potable, el alcantarillado y el alumbrado de los cantones de San Rafael, Heredia y San Isidro, y a la vez es responsable de la conservación de los recursos naturales de esta área, paga 500 dólares al año a los Campos para que cuiden de su bosque y eviten la deforestación. El PSA es una pequeña ayuda, y el paso siguiente es conseguir que la Administración reduzca el impuesto de bienes inmuebles a las personas que se comprometan a no talar.

Los árboles que van plantando los Campos contribuirán a acercar a Costa Rica a su objetivo de convertirse en el primer país neutral en carbono, en el año 2021, intensificando esa imagen verde que tanto vende. “Estamos haciendo un enorme esfuerzo por conservar los bosques para mitigar las emisiones de CO2, ahora el reto es que el 100% de la energía sea renovable, todavía dependemos de la importación de hidrocarburos y de las centrales hidroeléctricas”, explica Lorena Guevara, viceministra de Medio Ambiente.

Guevara recuerda que la apuesta económica del Gobierno, el turismo, ha salido redonda; este sector ocupa el segundo lugar como fuente de divisas, por detrás de la exportación de alta tecnología y por delante de la agricultura, principalmente café, cacao, plátano y piñas. La multinacional Intel abrió en 1997 un gran complejo donde 2.800 personas se dedican a investigar, a ensamblar microprocesadores y a diseñar circuitos electrónicos. Este centro tecnológico está ubicado en el Valle Central, un área que concentra más de la mitad de la población del país. Los últimos datos sitúan el paro en Costa Rica en el 7,5%.

Para Marlon Aguirre es algo innato respetar la jungla, donde ha nacido y de donde su familia saca casi todo lo que necesita para vivir. Marlon, de 12 años, apura los últimos días de vacaciones antes de regresar a las aulas. Vive en Yorkín, pueblo de etnia bribri de apenas 200 habitantes conocido por su iniciativa de turismo rural comunitario gestionada por las mujeres. Los 70 visitantes que reciben al mes complementan la economía de estas familias que siguen viviendo del cacao y del banano, además del cultivo para uso propio de arroz, frijoles, maíz, tubérculos, café, frutales… Marlon desciende por el río Esquí “a bordo” de un pedazo de tronco: sube y baja y disfruta exhibiéndose ante los turistas. Es hábil, pero sus evoluciones en el río le han dado algún susto, una considerable cicatriz en la cabeza le recuerda el golpe que se propinó al intentar lucirse dando una voltereta.

“Cuando cumpla los 18 estudiaré inglés en la universidad”. Anfitrión de tantos norteamericanos y europeos que le ríen las gracias, sabe que dominar otros idiomas será una herramienta importante si quiere dedicarse al turismo; su padre, Hilario, es botero y transporta a los visitantes, y su madre, Fidelia, es una de encargadas de gestionar el alojamiento rural. “Tenemos más calidad de vida porque los hombres ya no tienen que ir a buscar un empleo fuera. Cuando tenemos clientes nos vamos turnando, uno hace de guía, otro cocina, otro limpia…, pero por la tarde descansamos, estamos con la familia”, cuenta Daysi Peterson.

Julio Morales es el encargado de mostrar a los visitantes los recursos que les da el bosque, tanto alimentos como hierbas y frutos medicinales. “Mire esto, la solda, sirve para las fracturas de los huesos; el noni es un gran revitalizante; el anisillo, para el dolor de cabeza y el resfriado; el indio desnudo, es un depurador de la sangre…”. Julio cuenta que cada planta tiene su utilidad mientras va llenando el cesto con yuca, manzanas de agua, una suerte de pomelos…

Marlon repite a todo el mundo que irá a la universidad. Si cumple su promesa, formará parte del 40% de los alumnos que tras graduarse en primaria acaban la secundaria. Todos los pueblos tienen escuela, pero la facilidad de acceso no garantiza que los jóvenes sigan escolarizados tras finalizar la primaria; la elevada tasa de deserción en secundaria (60%) es uno de los escollos para progresar. El otro, la delincuencia, agravada por el narcotráfico. “La percepción de inseguridad es muy alta; tenemos las casas con vallas, pero si nos comparamos con otros países de Centroamérica, somos los que estamos mejor”, reflexiona Lara Blanco, responsable del Índice de Desarrollo Humano de Costa Rica. “Aquí se vive muy bien, la pena es que haya tanta criminalidad”, se queja Eduardo Aragonés, un taxista que suma 27 años trabajando en San José.

–¿Le han atacado muchas veces?
–Bueno, sólo una.
–¿Y se ensañaron con usted?
–No, sólo se llevaron el dinero.

La inseguridad a veces es “más psicológica que real”, precisa Blanco. De un lado, Costa Rica tiene el índice de criminalidad más bajo de Centroamérica: 11,4 crímenes por cada 100.000 habitantes por los más de 50 de El Salvador o Honduras o los 19 de Panamá, pero comparado con hace cinco años esta tasa se ha duplicado. Ha aumentado demasiado en muy poco tiempo en un país acostumbrado a vivir relajado, sin temores y con las puertas abiertas.

Rosa m. Bosch
Publicado en: La Vanguardia
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