Lunes 26 de Septiembre del 2016
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"Egoísmo altruista”: en el aprecio que me dan encuentro la mejor satisfacción


Desde nuestro egoísmo a un auténtico amor.
El móvil principal del egoísta es su propia satisfacción personal.
Todos los humanos tenemos un super-instinto que se llama EGOÍSMO. Todo en nuestra vida jira alrededor de él. Los demás instintos, como el de supervivencia, el de conservación de la especie o el impulso sexual están supeditados al instinto egoísta.

Nuestro egoísmo aparece en todas las manifestaciones de la vida. Somos egoístas por esencia. Es nuestro el móvil más poderoso. Sin embargo, no debemos pensar que las manifestaciones egoístas sean siempre un pecado. Muchas veces no lo son aunque hayamos escuchado con frecuencia que debemos luchar contra el egoísmo. El egoísmo en sí no es un pecado. Todos somos egoístas. Es nuestra manera de ser.

El egoísmo se manifiesta desde la infancia
El “egoísmo infantil o primario” se manifiesta en el niño a nada de nacer exigiendo que se le atienda a él para satisfacer sus necesidades, deseos o caprichos que pueden ser: alimentos, juguetes, limpieza, protección, cariño… Si no es atendido en forma inmediata va a expresar su frustración egoísta con llantos y pataleos.

El desarrollo egoísta va creciendo y manifestándose a lo largo de la vida. El adolescente, por ejemplo, se da cuenta que el método infantil de gritos y pataleos ya no resulta y, por lo tanto, debe buscar nuevas formas para satisfacer su egoísmo.

Un descubrimiento muy importante es el afianzamiento del “yo” a través del intercambio o trueque: “Te doy esto si tu me das aquello”. Te doy mi amistad si tú me apoyas”…. Al aceptar este intercambio, ambos se sienten satisfechos. Es la base del intercambio comercial que ha de tener tanta importancia en relación al valor del dinero como medio práctico del intercambio. Se superan las exigencias individualistas de la niñez

El deseo de ser estimados
Ya entrando en la madurez, la persona empieza a comprobar que la mejor manera de afianzar su “yo” y satisfacer su egoísmo es desarrollar el deseo de ser estimada, de ser querida. Nos reconforta hacer el bien, el ser generosos, el ayudar a quienes nos necesitan. Es lo que se llama “egoísmo altruista”. En el aprecio que me dan encuentro la mejor satisfacción.

Descubrimos entonces que nuestro yo egoísta se expresa en actitudes y actos de generosidad, de solidaridad, de servicio, de perdón y de amor al prójimo. Es la mejor recompensa para nuestro “yo”.

Si en ese amor abarcamos a todos los seres humanos estaríamos acercándonos al gran ideal cristiano que se expresa en “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Es un amor que va desde el amor a Dios, al amor a nosotros mismos para llegar a todos, al amor universal.

Distorsiones de nuestro egoísmo
Este es el camino adecuado y sano para desarrollar nuestras fuerzas interiores, sin embargo, podemos observar que se dan también otras formas distorsionas y enfermizas que se desvían del verdadero objetivo y anulan el crecimiento de las personas. Esas graves distorsiones se expresan en cuatro actitudes profundamente negativas.

1.- El egoísmo avaro que no quiere compartir nada con los demás y bloquea el paso hacia cualquier forma de colaboración.

2.- El egoísmo posesivo o ladrón que anula o restringe el crecimiento normal de otras personas.

3.- El egoísmo perezoso que se expresa en una permanente apatía, encerrándose sobre sí mismo. Generalmente va acompañado de muy baja autoestima.

4.- El egoísmo manipulador que se disfraza de una fingida generosidad pero solo busca el propio provecho. Este es el peor.

Estas cuatro distorsiones no nos llevan a ningún crecimiento personal sino que lo bloquean totalmente.

El egoísmo es una pasión no es un pecado

Si nuestro “yo egoísta” no cae en ninguna de estas cuatro actitudes negativas podemos convencernos de que nuestro egoísmo no es un pecado, sino una pasión.

Muchas veces hemos escuchado: “No seas egoísta. Eso es un pecado”. Ahora sabemos que el egoísmo es pecado solo cuando nos encerramos en nosotros mimos y no estamos abiertos al amor y al perdón hacia el prójimo.

Debemos esforzarnos siempre por llegar a ese “egoísmo altruista” que nos exige amar al prójimo como a nosotros mismos. Hay que salir del “egoísmo infantil” (todo par mi), del “egoísmo evolucionado” (te doy para que me des) y del “egoísmo avaro, así como del “egoísmo posesivo” y del “egoísmo manipulador y engañoso.”

Hacia una evolución positiva de nuestro egoísmo
¿Cómo podremos alcanzar que nuestro egoísmo se exprese en bien nuestro y en bien de todos nuestros hermanos….?

Existe un camino de crecimiento a nuestro alcance: Debemos superar las expresiones del egoísmo infantil ( todo para mí), del egoísmo evolucionado (yo te doy para que tú me des) y pasar al de ahí egoísmo generoso (quiero que tú también triunfes) para llegar al verdadero amor: (todo lo mío es tuyo) y de ahí al amor universal

En contra de la opinión de muchos que consideran a ser humano como perverso, si reparamos en el fondo de las personas vemos que hay un núcleo admirable de bondad. Es de desear que eso fondo positivo se manifieste y que crezca, en lugar de reprimirlo u ocultarlo

El egoísmo no es maldad como tantas veces nos han dicho. El ser humano no es malo, es egoísta. No hay que confundir egoísmo con maldad.

Muchas veces hemos considerado a algunos de nuestros actos como “malos”, tanto para nosotros como para los demás. Debemos discernir si en realidad fueron “maldad” o, más bien, expresión de egoísmo o de ignorancia. No se trata de que nos acusemos y nos culpabilicemos. Debemos llegar a analizarnos y así lograr una plena aceptación de nosotros mismos. Hay en cada uno de nosotros expresiones de egoísmo, pero hay, sobre todo, una gran dosis de bondad en potencia.

Debemos avanzar hacia unas actitudes que se expresen en generosidad hacia el prójimo y lograremos con ello nuestro propio crecimiento humano y espiritual.

P. Gregorio Iriarte o.m.i.
Teólogo, analista social.
Fuente: Adital

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