Sábado 01 de Octubre del 2016
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¿Esforzarse, para qué?, no podemos reivindicar el esfuerzo sin clarificar qué es lo que merece nuestro esfuerzo


Esforzarse, ¿para qué?
Ultimamente se ha convertido en un tópico reclamar el retorno de la cultura del esfuerzo. Ha alcanzado la categoría de lo políticamente correcto con tal celeridad, que parece que se ha convertido en condición necesaria para resolver muchos problemas que nos acucian. Especialmente en lo referido a la actitud de los jóvenes ante el trabajo y la educación. Hasta el punto de que no hay dirigente político o empresarial que se precie que no lo incorpore a cualquier programa de cambios o de reformas que quiera emprender.

Lamentamos no compartir tanta unanimidad. Entendemos lo que se quiere plantear con la apología nostálgica de la cultura del esfuerzo. Pero nos asaltan muchos interrogantes. El primero, el uso y abuso del término cultura. Imaginamos que con ello se quiere aludir a un problema generalizado. Pero llamar cultura a eso nos parece excesivo y desproporcionado. Puede que nuestra resistencia sea producto de nuestros recuerdos (¿o deberíamos decir de nuestra cultura de la memoria?). En las épocas gloriosas de Mario Conde ya se puso de moda hablar de la cultura del pelotazo (sic).Siempre nos preguntamos por qué le llamaban cultura a aquello, pero se habló de la cultura del pelotazo durante años sin ningún rubor. Ysi aquello era cultura, es obvio que cualquier cosa puede serlo. En la reivindicación de la cultura del esfuerzo se concentran un diagnóstico y una terapia: en la escuela y en el trabajo predomina una actitud acomodaticia, que va a lo fácil y vive instalada en el inmediatismo; incapaz de posponer cualquier gratificación o satisfacción en aras de algo que pueda acontecer en el futuro como consecuencia de nuestros actos o decisiones de hoy. Para gentes acostumbradas a vivir a un google o a un clic de casi todo, que han sustituido el tomar apuntes por la transmisión de mensajes breves a través de sus redes virtuales sobre lo que (les) está ocurriendo, que alguien se escandalice por su déficit de cultura del esfuerzo se parece al escándalo de los misioneros al constatar con pavor que los miembros de las tribus indígenas a las que descubrían iban casi desnudos por la vida.

Que tenemos un problema parece evidente. Que la solución sea reivindicar una supuesta cultura del esfuerzo ya no lo parece tanto. De entrada, el esfuerzo es un valor, y no propiamente una cultura. Es más, si es un valor, lo es en el marco de una determinada cultura, que le da sentido… o no. Por eso tenemos muchas dudas sobre la reivindicación pura y simple del esfuerzo. Y, sobre todo, sobre la reivindicación del esfuerzo por sí mismo. La reivindicación del esfuerzo como tal, y al margen de todo contexto, quizás no sea a menudo más que una exhibición de impotencia y paternalismo por parte de quien lo reclama. Como no consigue que los demás (sean estudiantes o trabajadores) lleven a cabo de manera diligente y efectiva las tareas que les asigna, espera que una inyección de cultura del esfuerzo transformará la molicie en alegre actividad. Ante determinadas reivindicaciones del esfuerzo, cabe preguntarse si lo que se añora es el esfuerzo o la obediencia. Igual que el hecho de esforzarse mucho tampoco es garantía de buen rendimiento escolar o laboral.

No tenemos nada contra la necesidad de valorar el esfuerzo, al contrario. Lo que señalamos es que la simple reivindicación de la supuesta cultura del esfuerzo esconde el auténtico debate: ¿esforzarse, para qué? No podemos reivindicar el esfuerzo sin clarificar qué es lo que merece nuestro esfuerzo. Sin deliberar sobre qué es aquello valioso que merece nuestro esfuerzo. Nos tememos que se usa la reivindicación de la cultura del esfuerzo para escamotear el debate sobre qué es lo que vale la pena, en lo educativo o en lo laboral.

¿Tenemos proyectos empresariales, políticos, educativos, sociales, que merezcan nuestro esfuerzo? ¿Que nos movilicen y nos impliquen desde lo más hondo de nuestro ser? ¿Que nos abran horizontes y nos hagan aspirar a más y a ser mejores? ¿Qué tipo de trayectorias vitales merecen hoy nuestro reconocimiento público y privado? ¿Qué incentivos diseminan nuestras instituciones y organizaciones, y qué valor tiene lo que incentivan? ¿Qué conexión vital establecemos entre lo que hacemos hoy y un escenario de futuro posible o previsible…, caso que resulte creíble que existe dicha conexión? ¿A quién se referiría hoy Antonio Machado si repitiera su tan citado “todo necio confunde valor y precio”? ¿Da igual si el esfuerzo nos hace más necios o más sabios? No tenemos nada en contra del valor del esfuerzo, lo repetimos. Pero ninguna cultura del esfuerzo sustituirá el déficit energético de no saber por qué o para qué vale la pena esforzarse.

Àngel Castiñeira y Josep M. Lozano
Profesores de Esade.
Publicado en La Vanguardia.

1 comentario

  1. Jaime Responder

    Qué bueno. Qué bueno. Qué bueno.
    Vuestro texto, además de hacerme reflexionar, me anima a buscar qué requiere mi esfuerzo. No para dar el 100%, si no para que me apetezca darlo. Gracias y qué bueno.

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