Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Mohamed Yunus: los pobres también cumplen. Reciben menos, pagan antes.


“En nosotros no sólo existe el afán del dinero”.
Entrevista a Mohamed Yunus.
El economista y Nobel de la Paz, el banquero de los pobres, ha sido noticia últimamente por su litigio con el Gobierno de Bangladesh, que lo despidió del banco que creó. Se considera parte de una campaña para minar su proyección y eventual futuro político. Yunus nunca ha callado su visión discrepante de la economía y la política dominantes, como muestra en esta entrevista, hecha antes de que en su país le pusieran en la picota

Considera que su mayor virtud es la persistencia –“si crees en algo, tu obligación es insistir”– y lo que le provoca más rechazo, dice, es la profunda indiferencia contemporánea de la gente hacia sus semejantes. ¿Puede un Nobel confesar defectos? “Muchos, tengo muchos –apunta–Me gustaría, por ejemplo, tener más capacidad de persuasión”.

Más parece imposible en un hombre que consiguió revolucionar el sistema bancario de su país haciendo lo que nadie se había atrevido: prestar dinero a las mujeres y, además, pobres. Ahora, recuerda al mundo que una crisis financiera difícilmente se supera si no se corrige la crisis moral.

Nacido en Bangladesh, tras sus estudios –gracias a una beca Fulbright–, Mohamed Yunus acabó siendo profesor en Tennessee (EE.UU.). En la frontera de sus treinta años, y con todo ese bagaje, el economista volvió a su lugar natal. “No hubiera tenido sentido no aplicar con los míos todo lo que había aprendido”, señala.

A los premios Nobel se les persigue tanto que acaban pareciendo artistas de Hollywood.
Siempre ocurre así: llegas a un sitio y todo se revoluciona. A mí me hace gracia, sabiendo como sé de dónde procedo.
Recuérdelo: ¿cómo era su familia y que valor esencial le inculcó?
Compartir, sin duda. Nací en 1940 en un pueblo de Bangladesh. Mi padre era un pequeño comerciante sin gran preparación escolar, a los doce años dejó la escuela. Y mi madre todavía estuvo menos. Crecí en una familia con muchos hijos; en total, mis padres tuvieron siete hijos y dos hijas. Y en esa multitud de hermanos queriéndose y peleando, en un contexto así, le aseguro que aprendes a colaborar y a competir. La ropa se heredaba, los libros igual…

Filosofía de reciclaje.
Por eso, lo único importante que te da el premio Nobel es la credibilidad que te concede en todos los rincones del mundo. Es curioso: te miran distinto que 24 horas antes del premio. ¡Y tú no has cambiado!
¿Para cuándo el Nobel de Economía?
Buenooo… si consiguiera este ya parecería codicioso. Pero sí, la gente me iba diciendo desde mediados de los noventa que un día me concederían el Nobel, pero no sabían cuál. Cuando llegó, en el 2006, fue el de la Paz, es decir que la decisión la tomaron muy deprisa.

¿Por qué escogió hacerse economista y no otra cosa?
Fue consecuencia de estar inmerso en el movimiento de independencia de mi país. Hubo un periodo muy tenso, la India británica, el poder colonial, toda la gente de mi región detestaba a los ingleses, todos querían que se largaran y nos independizáramos. Con el final de la Segunda Guerra Mundial esto se intensificó.

Entonces, llegó a la economía por el camino de la política…
Exacto, ese entorno de actividad tan intensa en el que crecí me hizo especialmente sensible a algunas cosas. La injusticia, por ejemplo. Cuando iba al instituto quería ser abogado porque muchos de nuestros líderes nacionales lo eran. Pensé: si quieres llegar a ser líder en algo tendrás que hacerte abogado. Pero cuando ya fuimos un país libre, cambié de opinión: “Hazte economista, chico, porque habrá que resolver problemas”.

¿Siendo universitario llegó a pensar que algún día llegaría tan lejos?
¡Que va! No, no, jamás. Yo procedo de una familia muy humilde y mi papel estaba escrito: no sería extraordinario. No tenía ni la más mínima intuición de que llegaría hasta aquí.

¿Para ser un buen banquero de los pobres hay que hacerse amigo de los ricos?
Nunca busqué trabar complicidades con los banqueros, ni cuando fui uno de ellos. Lo que hice fue pelearme mucho con los bancos tradicionales. Yo les reprochaba que rechazaran las peticiones de pobres. “¿Por qué trabajáis sólo para los ricos?”, les instaba. Eso les dolía. Y entonces añadía: “¡Y sólo trabajáis con hombres!” y eso les remataba. No prestaban dinero a las mujeres. Así que mi relación con los bancos era de antagonismo porque yo no paraba de acusarles.

Usted puso el sistema bancario patas arriba…
Eso es: intenté hacer lo mismo que ellos –los bancos de siempre– pero justo al revés: prestaría dinero a las mujeres y, además, a las pobres. Si ellos iban a la derecha yo cogía el camino de la izquierda, si ellos subían yo bajaba, si ellos se ceñían a la ciudad yo volvía al entorno rural… Hice todo lo opuesto, supongo que era mi pequeña revolución.

¿Un Nobel puede tener enemigos?
Para considerarlo enemigo tengo que conocerlo. Pero en mi caso, a mis digamos enemigos yo no los contemplaba como una relación personal. Cuando sales con una idea nueva, normalmente, mucha gente se pone en contra. Y a esos les llaman enemigos. Pero yo vivía eso como un proceso natural, no con amargura, me daba igual que me repitieran: “Tío, te equivocas”.

Al principio tuvo una oposición fortísima.
Porque yo trabajaba para las mujeres. Los hombres se sintieron muy insultados.
Esas mujeres siguen siendo el 95% de las receptoras de sus microcréditos. ¿Ha cambiado la mentalidad de sus hombres o siguen sin aceptarlo?
Se siguen sintiendo mal. Antes no confiaban en que sus mujeres pudieran hacer nada en la vida, que lograran salvar la economía familiar, pero si el dinero se les daba a ellos se lo pulían en dos días. Se sentían atrapados en una contradicción, culpables, y no querían que ellas fueran a nuestras reuniones.

¿Y por qué dice que los hombres se sentían amenazados?
Creían que si la mujer tenía dinero dejaría de acatar las órdenes de su marido. Pensaban: al final ellas nos van a desafiar. Entonces ellos pegaban a sus mujeres para quedarse con el dinero. Creían, además, que ellas no sabrían utilizarlo, repartirlo, manejarse –para ellos las mujeres no tienen idea de nada– y se dieron de bruces con su ego. ¡Se equivocaron tanto! Ellas supieron generar riqueza.
Al principio, cuando vieron que las mujeres con microcréditos eran excluidas de sus casas y que recibían palizas ustedes dejaron de actuar.

Sí, nos quedamos en estado de choque. No podíamos permitir que les siguieran pegando. Dijimos stop para pensar. Trazamos una estrategia para que las relaciones marido-mujer no se tensaran y volvimos con un nuevo sistema.

Un sistema de interpretación teatral, casi. Reunían a 50 mujeres y escenificaban.
Ellas escogían a una mujer para que hiciera el papel de marido. Y las otras se ponían en situación: “Imagina que vuelves a casa con el dinero del crédito, y él te desprecia, ¿qué haces?”. Ellas mismas iban dándose las respuestas: “No, esto no lo digas”, “sí, esto sí”… Luego reuníamos a hombres solos, hacíamos lo mismo “Si ella llega con dinero debes estar contento ¿no? Y permitirle que tu pequeño negocio crezca, que tus hijos estén bien alimentados”. Finalmente, reuníamos hombres y mujeres juntos y volvíamos al teatro. A sacar los fantasmas. Un trabajo minucioso, agotador, una verdadera filigrana que tejer… horas para enseñarles a proteger el dinero y el matrimonio. Fue una especie de juego de rol.

¿Alguno de esos hombres le pidió perdón después y aceptó que la economía familiar se había salvado gracias al trabajo de su esposa?
Sí. Pero nunca durante el primer año. Esos 12 meses son los más difíciles porque el marido no acaba de creer que su mujer sea capaz de manejar el dinero y devolverlo. Piensa que al final tendrá que pedirle ayuda a él. Pero siempre ocurre igual: pasa el año y la mujer devuelve el dinero sin pedir nada al marido. Cuando ocurre, la idea que el marido tiene de su mujer cambia: empieza a contemplarla con respeto.

Usted ha manifestado que la crisis financiera actual es más preocupante como crisis moral.
Por supuesto. ¿Quiere un ejemplo? Fíjense en la sociedad india: de entrada, el valor de un hombre está por los cielos, el de la mujer por los suelos. Nuestros microcréditos han logrado equilibrar esa balanza. Las parejas se respetan y tienen ingresos. Bueno… no hablan del tema, es cierto, aún no lo verbalizan, pero lo aceptan.

¿Y en su familia, quién gestiona la economía?
Mi mujer es catedrática de física en la universidad y tengo dos hijas. La mayor es cantante de ópera en EE.UU., actúa en el Metropolitan, y la pequeña está estudiando en una escuela de negocios. De modo que no hay ningún problema en repartir responsabilidades y derechos.

¿Su único Dios es la justicia?
Nunca he contemplado mi trabajo como un reflejo de la espiritualidad o la religión. Y realmente vivo al dictado de mi sentido de la justicia, por sí mismo. Intento dar respuesta al tema de la pobreza desde mi condición de ser humano. Considero que mi existencia tiene como razón de ser la de mi vecino. Sin el otro, uno no es nadie.

¿Qué deberían cambiar gobiernos fuertes como el de EE.UU. respecto a su concepto de la pobreza?
Aunque los gobiernos sean sumamente importantes, sigo creyendo que lo que mueve al mundo es el individuo. Las políticas de gobiernos como el estadounidense pueden irritar, molestar, profundamente al resto. Los ocho años de administración de Bush nos dejaron perplejos a muchos. Atónitos. Pensabas: “¡Pero cómo este hombre puede decidir estas cosas!”. Que un hombre de la calaña de Bush pudiera llegar al cargo de presidente de EE.UU. era incomprensible. Eso significa que no nos dejamos impresionar por el poder a secas, sabemos distinguir entre quienes mandan. La persona, su filosofía, su actitud… eso es lo que arrastra a una población.

¿Si usted se hubiera dejado convencer para aceptar un cargo político, cree que también hubiera acabado en lo que denomina “la ciénaga del poder”? ¿Se hubiera contaminado de corrupción?
Efectivamente, es muy posible. Si me hubiera metido más en política hubiera acabado tan poco escrupuloso como ellos y me sentiría tentado a usar los mismos métodos. ¡Tengo mucho más fuerza siendo distinto! Sé que si intento ser distinto nunca podré ascender por esa escalera pero… no es la única escalera del mundo. Por eso mejor no subo por ella.

Critica que los economistas contemporáneos hayan escogido sólo una de las dimensiones de un negocio: “El negocio es para ganar dinero”. ¿Qué propone?
Que abran un poco más su mentalidad y no se ciñan al egoísmo. Se han equivocado en el planteamiento. Los economistas han interpretado mal al ser humano. En su mundo empresarial, han creado humanos-máquina que sólo se dedican a crear dinero, como abejitas en la colmena. Esa es una interpretación muy plana, muy simple, muy estrecha, del ser humano.
La mayor parte de la humanidad ha aceptado esa teoría.
Y así nos va. Nos han diseñado como robots, pero en nosotros no sólo existe el afán del dinero. También existe la generosidad. ¿De verdad creen que el ser humano tiene una única dimensión? Todos, todos, nacemos con capacidad de egoísmo y de generosidad. ¿Por qué sólo trabajamos con uno de esos valores? En un negocio uno debe ver la posibilidad de generar riqueza, no sólo de ganar para sí. Su mente está capacitada para eso. ¿Por qué dormirla?

A las suyas usted les llama “empresa sociales”.
En el mundo hay dos tipos de empresa: una que aspira a conseguir beneficios y otra que aspira a cambiar el mundo.

¿Cuál les parece más atractiva? Es decir, para resolver el mundo deberíamos volver a cambiar la teoría original de los negocios; una vez tengamos resuelta la arquitectura inicial el mundo volverá a su sitio.

Va a necesitar el paso de varias generaciones y muchos seguidores y discípulos para eso.
No. Sólo uno, usted.
¿?
¿Lo ve? No tienen confianza en el individuo. Y, sin embargo, es todo origen y final de las cosas, de lo que nos ocurre en la vida. Así es como funciona la cosa. Para empezar cualquier proyecto, con una persona te vale. Si convences a ese llegará el segundo, el tercero, el cuarto… nos equivocamos cuando pensamos en plural: “Vamos a cambiar a una nación”, decimos. ¡No señor, eso nunca llega así, en bloque! “Voy a cambiar a una persona”, eso es lo que debo pensar.

También cree que los jóvenes deberían cambiar su mentalidad: “No deben creer que son personas que buscan empleo, sino personas que lo facilitan”, escribió.
Yo les digo a los jóvenes de mi banco, a los de familias pobres, que deben cambiar de forma de pensar. Son gente que ha pasado por la universidad y se han convertido en profesionales. Están preocupados por su futuro porque no existen suficientes puestos de trabajo para todos. Les digo: “No vayas en busca de trabajo sólo para ti, conviértete en creador de puestos de trabajo para otros. Eres un donante de trabajo”. Ese es el planteamiento correcto.

En Occidente, se les dice que consigan un título universitario para obtener un trabajo.
Esa es una manera muy estrecha de definir la vida. La vida pasa por muchas otras cosas y cada joven debe escoger por dónde quiere ir.

Otra de sus luchas ha sido convencer al mundo de que la pobreza no está reñida con la ética o el compromiso. La mayoría de los receptores de sus microcréditos devuelve el dinero.
Claro. Debo de ser el banco del mundo con más personas que pagan sus créditos. Efectivamente, los pobres también cumplen. Reciben menos, pagan antes. Así que ahora los bancos ya no tienen argumentos. Ha surgido una nueva situación: los grandes bancos se están desmoronando, sus clientes no devuelven los macrocréditos, están colapsados… en cambio, los pequeños microcréditos funcionan.

¿Algo que le dé miedo?
No hay nada que me inspire miedo. Sé que como todo ser humano no soy más que un superviviente. Cometemos errores, estupideces, pero en última instancia siempre encontramos la solución a nuestros problemas.

¿Qué se aprende a los setenta años que no se haya aprendido antes?
Bueno, para empezar la tecnología. Aunque no sé si me sirve de mucho: cuando aprendo un artilugio nuevo, al segundo sale otro. Avanzamos en cuatro años lo que antes se avanzaba en un siglo. En ese sentido, cada vez que me despierto, cada mañana, sé que el mundo ya ha cambiado respecto a ayer… la edad me recuerda eso: me obliga a pensar que tengo que reaccionar.°

Núria Escur.
Foto: Roser Vilallonga
Publicado en: Magazine-La Vanguardia

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