Jueves 29 de Septiembre del 2016
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La circulación de conocimientos en la red


“Hay esperanza de gozar un acceso franco a la cultura”.
El diálogo establecido con varios personajes dedicados a la digitalización de textos aquí y en el mundo revela que, más que una búsqueda de hacer dinero con productos piratas, hay una intención de mantener la circulación de conocimientos.
Para empezar, una hipótesis de trabajo: en un reino de- sigual –tal vez pequeño, tal vez colorido– hay gente que no puede acceder a los libros. Los aldeanos siembran, rezan, se enamoran. Leer, en cambio, es para ellos una rareza. Y lo peor es que esos volúmenes vedados no sólo sirven para entretenerse, sino para vivir mejor. El monarca de aquel feudo, sin embargo, persigue a quienes intentan acabar con la escasez. ¿Cómo modificar esa injusticia? Hay activistas que tienen su propia visión sobre la mejor manera de resolver el problema. Refugiados en las frondosidades de la web, aprovechan para digitalizar y distribuir obras literarias y académicas a granel, sin que les importe demasiado la opinión de las autoridades. Y su perspectiva no es la única, pero sí una de las más interesantes.

A juzgar por lo que cuentan los entrevistados, lo primero que deberían proponerse estos aldeanos imaginarios es poner en circulación los pocos libros que haya. Es, después de todo, lo que hacen muchas personas de carne y hueso en este lado de la realidad. Como E. G., que se refugia en las iniciales para que nadie sepa su verdadero nombre. La timidez se le va cuando expresa su alegría por los diez años de Librosgratis, un grupo de correo electrónico del que fue fundador y por el que sigue yendo y viniendo material digitalizado. “Nosotros distribuimos, no digitalizamos. Pero la verdad es que no sé cómo la Cámara del Libro y sus amigos nos han dejado vivir tanto”, se sorprende. “Cuando arrancamos, los lugares para dejar archivos y descargarlos eran pocos. Hoy tenés una gama de herramientas para compartir (4shared, Rapidshare, Megaupload, etcétera). Eso hace todo más fácil”, detalla el hombre, que también tiene contactos con el Partido Pirata Argentino.

Distribuir, entonces, ¿pero qué? Si bien hay ejemplos de excelencia, como Bibliofyl –un sitio que reparte los apuntes que se usan en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA–, lo cierto es que lo que sucede fuera de la red tiende a repetirse adentro. Por eso hay quienes imploran por la puesta en disponibilidad de los bestsellers más lamentables. “Se digitaliza más lo que se vende masivamente, como pasa con la música. Hubo usuarios que venían y nos decían ‘¡digitalicen El Código Da Vinci!, ¡tengo el derecho de leer a Dan Brown!’. Hasta que decidimos no aceptar pedidos en la lista; y que si era un libro de ficción, se esperaría un año para que circulara. Con eso logramos que se fueran los que te pedían hoy un libro que había salido ayer”, repasa E. G.

–¿Distribuyen todo tipo de textos?

–Tratamos de evitar la mierda que anda dando vueltas, como El holocausto no existió, Cúrese el cáncer bebiendo té o zonceras por el estilo. Algún criterio editorial hay que tener…

Ahora conviene retornar al reino imaginario que se puso a germinar al inicio de esta nota. El experimento marcha bien: los aldeanos ya están repartiéndose a escondidas los escasos libros que han podido reunir. El paso siguiente sería hacer copias. Lo que los pone ante decisiones fundamentales: ¿Quién decidirá el criterio con que se harán esas copias? ¿Quién las guardará y ordenará?

Si por ahí anduviera un gigante llamado Google, ya se sabe lo que ocurriría. Porque Google es –casi con seguridad– el mayor digitalizador de letras que pueda concebirse. Tanto, que ha hecho explícita su intención de escanear los más de ciento veintinueve millones de títulos de los que –según sus propias estimaciones– dispone la humanidad. No es una promesa vacía. Desde 2004, Google Books ha llevado al plano digital a más de quince millones de libros ubicados en más de cien países y escritos en más de cuatrocientos lenguajes. Y a pesar de que los curiosos pueden revisar sólo parcialmente las obras que no están en dominio público, la iniciativa ha despertado el terror de los que defienden las leyes de propiedad intelectual vigentes. La frutilla del postre es que la megacompañía abrió una tienda online con la que pretende transformar su esfuerzo en dividendos. No es una proyección inverosímil, si se tiene en cuenta que en los Estados Unidos las ventas de dispositivos electrónicos de lectura –Kindle, Nook, Sony Reader, iPad– se cuadruplicaron en los últimos doce meses.

La incógnita, llegado este punto, tiene que ver con los efectos de que una corporación estadounidense maneje semejante cantidad de información. Si, por el contrario, se le encarga la responsabilidad a una institución, ¿cuál debería ser? A lo mejor varias. O ninguna. Como sea, fuera de los centros de poder hay células que se dedican al escaneo y la corrección de textos digitales desde la mística de lo independiente. Es un camino.

Es simple. Cuando se escanea un libro se produce un archivo de imagen; la imagen que se “extrajo” de las páginas. Sobre esos datos se aplica un programa que reconoce los caracteres y los traslada a un documento editable en un procesador de textos. Ese paso, que parece menor, es clave: si la obra no está guardada así, los ciegos no pueden utilizar el software que sintetiza voces y les “lee”. A continuación viene la etapa de las correcciones. Hay que cotejar el original con la copia y verificar que no se hayan perdido detalles importantes. Ese nivel de puntillismo, no obstante, se está volviendo cada vez menos frecuente.

Algunos entrevistados afirman que un escaneador ducho puede capturar quinientas páginas en una hora. Un tal Filobiblion –que además de ser fan del monje benedictino Ricart de Bury (1287-1345) ha sabido irse convirtiendo en especialista en este tema– detalla que “la demora está en función de la pericia del escaneador y del corrector involucrados, que no siempre coinciden en un solo individuo, porque en los grupos se divide el trabajo entre los que corrigen y los que escanean”. El informante cree que la tarea completa puede tomar de una semana a un par de meses, dependiendo de la complejidad del texto (notas a pie, ilustraciones, otros idiomas).

Por último, hay que repartir. Labor que adquiere especial valor en Argentina, un país que de acuerdo con datos difundidos por la Secretaría de Cultura de la Nación concentra el 31 por ciento de sus librerías, el 63,2 por ciento de sus editoriales y el 84,2 por ciento de sus ejemplares impresos en la Capital, donde habita sólo el 7,7 por ciento de la población. Filobiblion relaciona las estadísticas con vivencias concretas. “Tiempo atrás me dediqué a conseguir Fondo negro. Los Lugones, Leopoldo, Polo y Piri, de Eduardo Muslip, para una chica de Rosario que investigaba sobre el tema de los desaparecidos a raíz de tener un hermano en esa condición. Se lo escaneé y se lo mandé. La copia no está en la red: sólo la tenemos ella y yo”, ilustra. ¿Más? “Hace poco solicité La inteligencia fracasada: teoría y práctica de la estupidez, de José Antonio Marina; inhallable en Buenos Aires. A la semana un digitalizador anónimo me lo envió a mi correo, diciéndome que ‘lo había conmovido mi pedido’. Ahí tenés muestras de solidaridad entre lectores.”

Jimena Méndez estudia antropología. Vive en el extranjero pero participa en Bibliotheka.org, donde los argentinos son patota. “Las bibliotecas en todas partes ‘prestan’ obras. Nuestra biblioteca digital hace lo mismo. El hecho de que no ‘devolvés’ ese material es una derivación del tipo de tecnología que se usa, pero la naturaleza del proyecto es la misma. No hay negocio detrás”, resume a través de la distancia.

¿Se identifican estos escaneadores y distribuidores con los primeros imprenteros? La mayoría no. “Si me lo preguntás en el sentido de que estamos haciendo un trabajo pionero del que aún no sabemos sus verdaderas consecuencias, puede ser”, sopesa Jimena. Y ajusta: “La circulación en la red es más compleja que con las imprentas. Es incontrolable e imparable. Vos subiste un libro de Sartre y al mes está en miles de discos rígidos alrededor del planeta”. El dinamismo es tal que sus frutos no están claros. “El gran problema es que, si se logra pensar en la ‘libertad digital’ para los bienes culturales, esa discusión podría permear otras esferas y, sobre todo, cuestionar el mercado y sus reglas. Y no creo que estemos preparados para esa discusión todavía”, provoca la muchacha.

Pulsar esa tecla es interesante. Desde una lectura trasnochada de El Capital, cabría vaticinar que el capitalismo cognitivo será marco para el desarrollo de algo así como una “lucha de clases informacional”. Quedó más que claro durante la campaña por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Hay quien hace dinero con el retaceo de datos socialmente importantes y hay quien lucha –con diversos intereses– por socializar una determinada cantidad de esos datos. Frente a un contexto así, la repartija gratuita de libros destaca como un acto de profundo carácter político.

Desde Europa, un español célebre en el ambiente –alias Mr. Williams– recapitula su ingreso en estas lides. “Como lector con medios económicos limitados –rememora– comencé a conseguir todo lo que iba apareciendo en la red. Un día pensé en montar una ‘biblioteca’ tomando como modelo las bibliotecas físicas.” Así nació La Biblioteca Oculta de Mr. Williams, que luego mutó a la bitácora Mr. Williams in Blog. “Como ya lo hacía para mí, poco me costaba compartirlo. Pronto me llegó el agradecimiento de muchísimos cibernautas que no disponían de ningún tipo de biblioteca. Ahí comenzó el compromiso”, revela.

–¿Qué lo impulsa a seguir?

–Sigo por los que no pueden comprarse un libro porque les cuesta el equivalente al salario de un día o más. Por aquellos que padecen la censura de estados que prohíben a determinados autores y hacen lo imposible por imprimir esas obras y leerlas en comunidad. Por aquellos que, aun teniendo capacidad de compra, no tienen esa chance al vivir lejos. Y, por supuesto, por aquellos que no tienen ni tendrán una biblioteca física para tomar prestado un libro. Yo –que se supone que vivo en el Primer Mundo– hasta los catorce años no tuve una biblioteca en mi pueblo. Por lo tanto me impulsa la esperanza de que podamos gozar de un acceso más franco a la cultura. Porque nos van a seguir engañando, pero les va a costar el doble.

Ultimo regreso al laboratorio ficcional, donde el rey está perdiendo los estribos. A esta altura, la nación de criaturitas que no pueden leer vive días tenebrosos. Se ha declarado que los que copien libros o los distribuyan sin permiso deben ser sancionados. Así, se ha expulsado fuera de la legalidad a una enorme masa de hombres y mujeres. “A los que persistan se los tratará como ladrones”, brama el soberano. Y el mundito imaginario se marchita lentamente.

¿Una exageración? Aquí las cosas no son tan distintas. Aunque copiar no es lo mismo que robar, los abogados que defienden a los actuales sistemas de propiedad intelectual insisten en la analogía. Por encima del malentendido, las cuestiones fundamentales quedan fuera del debate. Dejando de lado el innegable derecho de los autores a percibir una remuneración, ¿deberían tener precio los libros digitales? Los consultados insisten en que las quejas de las editoriales no son comparables a las de las discográficas, porque un CD se puede copiar manteniendo la calidad, en tanto que el archivo digitalizado de un libro ofrece una experiencia de lectura muy distinta a la de su edición impresa. “No sé cuánto demanda fabricar una copia de un libro físico. Pero sí sé lo que me cuesta a mí copiar uno digital: un mega, un segundo. La versión electrónica no lleva aparejados gastos de distribución o impresión; y sin embargo nos la venden al mismo precio que si los tuviera. Si un libro nuevo en digital costase 5 euros, estoy seguro de que nadie se tomaría el trabajo ni de escanearlo”, cierra Mr. Williams.

Facundo García
Publicado en:Página 12.

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