Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Vivir para trabajar o trabajar para vivir


Cambio de CHIP.
New Economics Foundation propone un cambio radical del sistema económico y social: trabajar menos para luchar contra el paro, el estrés, las desigualdades, el consumismo excesivo y el deterioro del medio ambiente.
Se imaginan trabajar menos horas a la semana? Eso les permitiría cursar esos estudios que nunca pudieron emprender, hacer más deporte, ver a los amigos, asistir a la reunión con la tutora de sus hijos, ayudarlos a hacer los deberes, jugar con ellos o mantener una conversación con la pareja que vaya más allá de la habitual lista de quehaceres diarios. ¡Un sueño!…

Claro, la parte menos positiva es que el salario se reduciría proporcionalmente, lo que obligaría a gastar menos, sobre todo en aquellos productos no prioritarios, algo complicado en una sociedad en la que no tener un televisor de plasma casi te convierte en un bicho tan raro como aquel que no tiene un móvil de nueva generación. ¿Vale la pena? La respuesta es muy personal, pero hay algunos que creen que sí. Entre ellos los parados, porque la reducción de horas de trabajo obligaría a firmar nuevos contratos; muchas mujeres, que considerarían esa fórmula como la idónea para incorporarse al mundo laboral; los niños, que pasarían más tiempo con sus padres, y, sobre todo, el planeta Tierra vería reducir considerablemente las emisiones de carbono.

Pues esta es la propuesta del laboratorio de ideas (think-tank) New Economics Foundation (NEF), con sede en Londres, que cree que la solución a gran parte de los males que asuelan esta sociedad – desempleo, pobreza, consumismo excesivo, calentamiento global, mala calidad de vida, desigualdad…-pasa por reducir la jornada laboral semanal. No hacerlo, indican, colapsará el sistema.

Los autores del informe 21 horas son conscientes de que esta propuesta supone, en realidad, un cambio radical del sistema económico y social. “Pero ¿por qué no?”, se pregunta Aniol Esteban, uno de los redactores de este trabajo. “El sistema económico actual está basado exclusivamente en el crecimiento económico. De hecho, la crisis ha demostrado que, cuando el crecimiento se estanca, el sistema se colapsa. Hay que buscar nuevas soluciones para afrontar los retos que se avecinan, pero sin embargo, seguimos ofreciendo el mismo tipo de recetas que nos han llevado a donde estamos”.

New Economics Foundation propone una jornada laboral de 21 horas frente a las más de 40 actuales. ¿Por qué esas horas? “Es una cifra que se aproxima a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña dedica al trabajo remunerado, y es un poco más de lo que de media se dedica al trabajo no remunerado. Los experimentos llevados a cabo con un número menor de horas de trabajo indican que, con unas condiciones estables y un salario favorable, esta nueva norma de 21 horas no sólo tendría éxito entre los ciudadanos, sino que además podría resultar coherente con la dinámica de una economía sin carbono”, explica Esteban, quien asegura que los beneficios que esta medida conlleva para el medio ambiente, la sociedad y la economía son sustanciales. Recursos naturales.

Avanzar hacia una semana laboral mucho más corta ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar y ganar para consumir. La gente estaría menos atada al consumo intensivo en carbono y más apegada a las relaciones, al ocio y a lugares que absorban menos dinero y más tiempo.

Bienestar para todos.
Obligaría a distribuir el trabajo remunerado de forma más homogénea entre la población, reduciendo el malestar asociado al desempleo, a las largas horas de trabajo y al escaso control sobre el tiempo. Haría posible que tanto el trabajo remunerado como el no remunerado fueran distribuidos de forma más igualitaria entre hombres y mujeres; que los padres y madres pudieran pasar más tiempo con sus hijos y que ese tiempo lo pasaran de forma diferente; que la gente pudiera retrasar su jubilación si así lo quisiera. En definitiva, tener más tiempo.

Economía próspera.
Un número menor de horas de trabajo ayudaría a que la economía se adaptara a las necesidades de la sociedad y el medio ambiente, en vez de que estos estén bienestar subyugados a las necesidades de la economía. El mundo empresarial se beneficiaría de que cada vez más mujeres pudieran entrar en el mundo laboral; de que los hombres tuvieran una vida más completa y equilibrada, y de que hubiera un menor estrés asociado con los juegos malabares que supone compaginar el trabajo remunerado y las responsabilidades domésticas. También podría ayudar a poner fin a un modelo de crecimiento económico basado en el crédito, señala Aniol Esteban.

Grandes peros. Los autores del informe reconocen que esta propuesta no se puede poner en marcha de un día para otro. Su aplicación precisaría de un tiempo de transición, tiempo necesario para debatir sobre los problemas que surgirán, como el riesgo de que la pobreza aumente al reducir el poder adquisitivo de aquellos con salarios bajos; pocos puestos de trabajo nuevos ya que la gente que tiene trabajo acepta hacer horas extras; la resistencia del empresariado por el aumento de costes; la resistencia de los trabajadores y sindicatos debido al impacto sobre los ingresos en todos los niveles…

Proceso gradual.
Entre las condiciones necesarias para reducir de forma exitosa las horas de trabajo remunerado se incluye una reducción gradual de las horas a lo largo de una serie de años en consonancia con los incrementos salariales anuales; un cambio en la forma en que se gestiona el trabajo para desincentivar las horas extras, o eliminar la penalización a las empresas con grandes plantillas. Y entre las opciones para resolver el impacto que una semana laboral más corta pueda tener sobre los salarios se incluye un salario mínimo más elevado.

Celeste López

Trabajar menos: aciertos y falacias

Opinión de Andy Robinson
La reducción de las horas de trabajo suele proponerse en dos contextos distintos. En primer lugar, el centroizquierda en Europa – y sobre todo Francia-en los años noventa defendía una semana laboral reducida con el objeto de repartir el empleo.

Hay bastantes motivos para pensar que esta idea abanderada por Martine Aubry y plasmada en la semana de 35 horas en Francia estuvo fundamentada en una concepción errónea del funcionamiento de la economía, al menos, en su modelo actual. Aubry y socialistas españoles como Ramón Jáuregui se dejaron llevar por un determinismo tecnológico que popularizó la obra de Jeremy Rifkin (El fin del trabajo).Según esta tesis, la automatización y la robotización habían creado límites insuperables para el crecimiento de empleo.

Hacía falta repartirlo. Economistas de la izquierda keynesiana advertían que ese pesimismo tecnológico se basaba en un conservadurismo macroeconómico típico de la filosofía de la Europa post-Maastricht. El fracaso de la semana laboral de 35 horas en Francia y el éxito de medidas expansivas en EE. UU. dejaron la idea en un callejón sin salida.

Una década después, la nueva izquierda medioambientalista – que inspira el trabajo de ecologistas keynesianos como Andrew Simms de la NEF, autor del primer croquis del llamado new deal verde-vuelve a defender la reducción de las horas de trabajo con argumentos más sólidos. Primero, que es deseable para la calidad de vida. Segundo, que es imprescindible para bajar las emisiones de CO . Según Simms, si se 2 adopta una cultura del ocio menos dependiente del consumo, menos horas de trabajo sería un componente clave de una economía más sostenible.

Pero conviene resaltar el enorme reto que se afronta. La reducción de la semana laboral supondría una gran reducción de la renta. Según el economista Peter Víctor, con Canadá como ejemplo, una economía en “estado estacionario” compatible con la reducción necesaria de CO dejaría la renta media 2 en una cuarta parte de la actual.

Objetivo: trabajar más y mejor
Opinión de Enric Llarch
El impacto de la crisis económica en los países occidentales ha dado nuevas alas a las denominadas teorías del decrecimiento. Una nueva forma de reivindicar el hedonismo en el que hace décadas se han instalado nuestras acomodadas sociedades, aliñado con unos toques de ecologismo y de happy flower.Si la crisis anterior condujo a las 35 horas semanales en Francia, ahora con 21 ya tendremos bastante.

Como opción individual puede ser viable y algunos ya viven bajo semejantes parámetros. Es la opción, por ejemplo, de determinados jóvenes que se resisten a entrar en el mundo del esfuerzo y de las responsabilidades de los adultos, pero siempre que cuenten con la red de protección tejida por sus padres. Y también es la opción de algunos adultos, donde es el papá Estado, financiado por todos los que trabajan todas las horas que pueden y más, quien les proporciona los servicios básicos gratuitos y en quien confían que les garantizará un subsidio o una pensión.

Naturalmente, en los países emergentes un debate de tal índole es impensable. Pero son ellos los que con su esfuerzo y sacrificio, similar al de nuestros abuelos, están pidiendo paso y reivindican esas horas de trabajo poco cualificado que aquí están desapareciendo rápidamente. De manera que, quizás, sí que la media de horas trabajadas disminuya, pero será por el aumento del paro.

Nuestro objetivo colectivo debe ser trabajar más – sobre todo porque trabajemos todos-y mejor. Y mejor quiere decir con horarios más flexibles, en organizaciones menos jerarquizadas y en tareas más creativas. Pero este tipo de trabajo sólo es posible con mayor calificación, con mayor innovación y asumiendo más riesgos. Y también es la única fórmula para ganar en productividad, en retribución – inmediata o diferida en la pensión-y para asegurar que los millones y millones de personas que en el resto del mundo luchan por poder ofrecer a sus hijos un mayor bienestar no nos dejen sin las horas de trabajo que aún nos quedan.

Cruzadas para repensar el tiempo
Trabajo remunerado, descanso y ocupaciones personales. Los males que acarrea la desequilibrada distribución de la jornada diaria para atender estas tres áreas de la vida de las personas están diagnosticados desde hace tiempo. Y también las recetas para combatir esas nefastas consecuencias y tener una vida más satisfactoria. En esta cruzada para repensar la organización del tiempo tienen un papel destacado la comisión para la racionalización de los horario españoles (Arhoe), presidida por Ignacio Buqueras. Junto a otras iniciativas, Arhoe lleva desde desde principios de este siglo haciendo proselitismo de las indudables ventajas de evitar que se alarguen innecesariamente las horas dedicadas al trabajo.

Porque, sin duda, el meollo del problema está en cómo organizar la jornada laboral. Por ello, Arhoe insiste en el derroche económico y personal que supone, por ejemplo, que en España el descanso en el trabajo para comer supere en ocasiones las dos horas.

La preocupación social por la desorganización de los horarios llegó al Parlamento, al cristalizar a finales del 2005 en la creación de una subcomisión para la “ordenación y adecuación del tiempo de trabajo, la flexibilidad horaria y de la jornada, así como las posibilidades de adecuación del horario laboral a la conciliación de la vida laboral, familiar y personal”. El informe se aprobó en el 2007.

Aunque sólo esté dirigido a los funcionarios, y deja fuera por tanto a todos los trabajadores del sector privado, el ministro Jordi Sevilla marcó un hito en el 2005 con la creación del plan Concilia. Sin embargo, hace apenas unos meses Buqueras criticó en el Congreso de los Diputados que este paquete que supone, entre otras medidas, la ampliación de permisos de paternidad y maternidad, excedencias y flexibilidad en la jornada para el cuidado de hijos o familiares enfermos se había quedado en papel mojado.

En la empresa privada, la aplicación de políticas de racionalización de la jornada de trabajo sigue siendo muy reducida. Sin embargo, algunas empresas van incorporando medidas recomendadas por los expertos, como la extensión de la jornada continua – como Iberdrola-o la política de luces apagadas a partir de una hora determinada. Y han visto mejorar su productividad.

Desde los noventa, se ha desarrollando además el movimiento slow,que comenzó como una corriente gastronómica y que extendió a otros aspectos de la vida cotidiana. Sus seguidores proponen “revalorizar los afectos, realizar actividades placenteras y comer saludablemente”. Un cambio de actitud ante la vida, vinculado a una necesaria desaceleración en la forma de comer, de trabajar, de disfrutar del ocio, las aficiones y las relaciones personales.

Alicia R. Paz

Publicado en: La Vanguardia

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