Jueves 29 de Septiembre del 2016
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El secreto de vivir más y mejor


La nonagenaria volante.
El caso de Olga Kotelko, una canadiense de 91 años con 25 récords mundiales que empezó a entrenars
e a los 77 años, puede encerrar el secreto de como vivir más y mejor. En la tercera planta del Instituto Chest de Montreal, en la Universidad McGill, Olga Kotelko estaba de pie delante de una cinta de correr en el centro de una sala llena de gente que había acudido únicamente por ella. Estaban allí para someterla a pruebas físicas, o extraerle sangre del lóbulo de la oreja, o simplemente para observarla y tomar notas.

Tanja Taivassalo, una experta en fisiología muscular de 40 años, ajustó el chaleco elástico de Kotelko. Estaba conectado a unos cables con electrodos para medir los cambios del rendimiento cardiaco (un indicador de la potencia de su corazón). Taivassalo conoció a Kotelko el año pasado en Lahti (Finlandia), en el campeonato de atletismo para mayores en pista al aire libre, que ponía el colofón a la temporada de competición para los atletas más mayores. Taivassalo había ido para ver a su padre competir. Pero le fue difícil no fijarse en una menuda y delicada canadiense de 91 años vestida de spandex que estaba batiendo un récord del mundo tras otro.

Las competiciones de mayores suelen empezar a los 35 años y participan en ellas muchos sexagenarios, septuagenarios y octogenarios (y unos pocos nonagenarios, como Kotelko, y uno o dos centenarios). De los miles que invadieron Lahti, cientos eran mayores de 75 años. Y la que atraía toda la atención era Kotelko. Está considerada como una de las mejores atletas del mundo y posee 25 récords mundiales, 17 de ellos en la categoría de edad de 90 a 95.

En el campeonato del pasado otoño, Kotelko lanzó una jabalina 6 metros más lejos que su rival más cercana del mismo grupo de edad. En los Juegos Mundiales de Mayores en Sidney, el tiempo de Kotelko en los 100 metros (23,95 segundos) fue más rápido que el de algunos finalistas de la categoría de 80 a 84 años, que está dos grupos de edad por debajo. En Lahti, mientras veía a Kotelko correr, Taivassalo se sentía impresionada desde un punto de vista personal -ella es corredora- y atraída desde el punto de vista profesional. Esperaba crear una base de datos de atletas mayores de 85 años midiendo diversos parámetros fisiológicos.

Desde el punto de vista científico, esto es casi totalmente territorio virgen. La cohorte de personas mayores de 85 años -casualmente, el segmento de la población que más deprisa crece- está siendo cada vez más estudiada en busca de claves sobre la longevidad. Los datos sobre los efectos a largo plazo del ejercicio no han hecho más que empezar a llegar.

Uno no tiene que ser atleta para darse cuenta de lo despiadadamente que nos castiga la edad y de lo programado que parece estar el peaje que se cobra. Empezamos a perder el aliento a los 40 y el tono muscular a los 50. Todo va para abajo lentamente hasta alrededor de los 75 años, cuando suele suceder algo alarmante.

“Hay una diapositiva que muestro en mi clase sobre actividad física y envejecimiento”, cuenta Taivassalo. “Se ve a un tipo sin camiseta levantando pesas, pero le tapo la cara. Les pregunto a los estudiantes qué edad creen que tiene. Vamos, que podría tener 25 años. Tiene unos músculos muy bien definidos. Resulta que tiene 67 años. Y luego, en la siguiente diapositiva, aparece el mismo hombre en la misma postura con 78 años. Está muy claro que ha perdido casi la mitad de su masa muscular, aun cuando ha seguido ejercitándose. Así que algo pasa”. Pero nadie sabe exactamente lo que es. En teoría, las fibras musculares deberían seguir respondiendo al entrenamiento. Pero no lo hacen. Algo las está frenando.

Y luego está Olga Kotelko, que complica aún más el panorama, pero de un modo científicamente productivo. Parece no estar envejeciendo con tanta rapidez. “Dada su más bien impresionante retención de masa muscular”, comenta Russ Hepple, un fisiólogo de la Universidad de Calgary y experto en envejecimiento muscular, “uno pensaría que tiene algún tipo de resistencia”. Al investigar esa resistencia, los científicos esperan comprender mejor el modo de detener el proceso natural del envejecimiento.

Mientras que la mayoría de los atletas mayores más jóvenes eran deportistas en la universidad o incluso antes, muchos competidores de las categorías superiores -por ejemplo, los mayores de 70 años- han llegado tarde al mundo del deporte.

Esa es también la historia de Kotelko. Se crió en una granja en Vonda, en Saskatchewan (Canadá), la séptima de 11 hijos en una familia de origen ucranio. Por la mañana, después de dar de comer a las gallinas, echar agua a los cerdos y ordeñar las vacas, la prole recorría tres kilómetros para ir al colegio, rellenaba una vieja pelota blanda rota con arena o trapos y jugaba al softball. De adulta daba clases de primaria y secundaria en la única aula de la escuela de Vonda, se casó con el hombre equivocado y, tras darse cuenta de su error, huyó a la Columbia Británica en 1957 con dos hijas y las crió sola, mientras se sacaba el título de profesora.

Retomó el softball tras jubilarse en 1984; era lenta al lanzar, pero bastante competitiva. Y luego, un día, cuando tenía 77 años, una compañera de equipo le dijo que el atletismo en pista podría gustarle.

Contactó con un instructor local que le enseñó lo más básico. Encontró una entrenadora: una mujer húngara muy estricta que parecía tener tantas ganas de apretarle las clavijas a Kotelko como esta tenía de que se las apretasen. Llena de entusiasmo, Kotelko trabajaba duro en el gimnasio, tres días a la semana. Durante tres horas de un tirón realizaba entrenamientos agotadores como flexiones y abdominales, y sentadillas y ejercicios en el banco con y sin pesas, hasta que le temblaban los músculos y se quedaba sin fuerza.

Aunque todavía hace algunas de esas cosas, ya no se esfuerza de la misma forma. Aparte de las clases de aquafitness tres veces a la semana, se toma libre la mayor parte del lóbrego invierno de Vancouver. Luego, cuando llega la primavera, unas cuatro semanas antes de la primera competición de la temporada (suele participar en cinco o seis encuentros cada años), empieza su rutina. Acarrea su equipo hasta la pista del instituto. Se pone las zapatillas de correr, coge una pala y convierte los estercoleros que dejan los adolescentes cuando se divierten en fosos de salto de longitud. Y luego se pone a ello, sola. Hace ejercicios de respiración profunda y reflexología.

Se ha demostrado que el ejercicio alarga la vida entre seis y siete años. Cualquier médico que no recomendara hacer ejercicio resultaría sospechoso. Pero a la mayoría de las personas mayores lo que se les suele prescribir es algo como caminar a diario o aquagym, no intervalos cronometrados de 400 metros ni ejercicios aeróbicos y anaeróbicos que hacen que te estallen los pulmones. Y la diferencia está en algo más que un poco de sufrimiento.

No obstante, esta es la propuesta radical que está ganando adeptos entre los investigadores que estudian a los deportistas mayores: ¿y si el entrenamiento intenso hiciera algo que permite que el cuerpo se regenere a sí mismo? Dos estudios recientes de atletas de mediana edad dan a entender que la ingente cantidad de kilómetros que llevaban recorridos a lo largo de años y más años los había protegido a nivel cromosómico. Por lo visto, el ejercicio puede estimular la producción de telomerasa, una enzima que mantiene y repara los pequeños cabezales de los extremos de los cromosomas que mantienen intacta la información genética cuando las células se dividen. Puede que esto explique por qué los deportistas mayores no solo están mejor que sus homólogos sedentarios a nivel cardiovascular, sino que, en general, tienen menos enfermedades relacionadas con el envejecimiento.

Es complicado saber la manera exacta en que el ejercicio afecta a la gente mayor. En cierto sentido, el ejercicio es una afrenta flagrante al cuerpo. Correr cuesta abajo desgarra los cuádriceps con la misma fiabilidad que una inyección de veneno de serpiente. Se liberan todo tipo de radicales libres y otras toxinas. Pero ese daño también desencadena la producción de antioxidantes que mejoran la salud del cuerpo en general.

El ejercicio contribuye a evitar que la fuerza y la resistencia de los músculos se debiliten. Pero también parece hacer algo más, según Mark Tarnopolsky, catedrático de Pediatría y Medicina de la Universidad McMaster de Hamilton (Ontario). Los ejercicios de resistencia en concreto parecen activar una célula madre de los músculos llamada célula satélite. Cuando estas células limpias como la patena se inyectan en el sistema, parece que las mitocondrias rejuvenecen (el fenómeno se conoce como “desplazamiento de los genes”). Si Tarnopolsky está en lo cierto, el ejercicio podría hacer que retroceda el cuentarrevoluciones de las personas mayores. Ha demostrado que después de seis meses de entrenamiento con ejercicios de fuerza dos veces por semana, las características bioquímicas, psicológicas y genéticas del músculo de más edad han “retrocedido en el tiempo” hasta 15 o 20 años.

Si realmente les estamos haciendo o no un favor a las personas mayores al prescribirles un entrenamiento propio de los comandos “es la pregunta del millón”, afirma Hepple. “Está claro que Olga puede aguantarlo. Pero la mayoría de la gente no es como Olga”. En general, a los riñones y a otros órganos les suele costar procesar las enzimas y los subproductos que se generan cuando el músculo se desgarra. La inflamación, que produce ese dolor que es bueno y al que los luchadores de fin de semana están más que acostumbrados, “también daña mucho tejido sano alrededor”, señala Li Li Ji, fisióloga del ejercicio de la Universidad de Wisconsin (Madison). “Por eso les digo a las personas mayores que no sean demasiado ambiciosas”.

Pero si hay una tendencia común en la investigación del ejercicio y la gerontología es que hemos subestimado lo que los mayores son capaces de hacer, desde lo mucho que pueden incrementar su frecuencia cardiaca sin que resulte peligroso hasta lo adentrados que pueden estar en la tercera edad sin que el ejercicio suponga un importante riesgo para su salud.

El dilema para los deportistas mayores es el siguiente: el ejercicio te puede brindar grandes beneficios fisiológicos. Lo único es que tienes que seguir haciendo ejercicio. Pero no puedes hacer ejercicio si el cuerpo se desmorona. Para evitar lesiones, a los atletas entrados en años se les suele aconsejar que mantengan sus rutinas, pero que reduzcan la intensidad.

Kotelko está consiguiendo algunos de los mejores resultados de su vida desde que entrena con más moderación. Es difícil saber qué conclusión sacar de eso, excepto quizá que la teoría del desplazamiento de los genes es cierta y que Kotelko sigue disfrutando del interés compuesto del capital de sudor invertido previamente. A Kotelko, la idea de que pueda haber en algún lugar una estrella del atletismo todavía más veterana, una verdadera rival, le resulta tentadora. “Me encantaría”, dice.

Puede que su deseo se cumpla. Mitsu Morita, una anciana japonesa de 88 años, es más rápida de lo que lo era Kotelko a su edad y está batiendo todos los récords de Kotelko en esa franja de edad. A Morita no le gusta mucho viajar. Si la convencen de que vaya a Estados Unidos para participar en los campeonatos del mundo al aire libre del próximo verano, Kotelko tendrá que echar el bofe.

A medida que se reúnen más datos sobre Kotelko, es difícil no llegar a una conclusión. “Olga no ha entrenado más que muchos otros atletas y, sin embargo, es la única que queda”, afirma Hepple. “¿Por qué? En mi opinión, todo está relacionado con su perfil psicológico innato”.

Esto parece una noticia desalentadora: no es como nosotros. Pero el hecho de entender la singularidad de Kotelko puede proporcionar ventajas a los demás. Por ejemplo, podríamos aprender muchas cosas sobre la razón por la que mueren las células nerviosas estudiando a alguien en quien, por alguna razón, parece que viven. Presumiblemente, algo de lo que se consiga, aunque no ayude a la gente corriente que alcanza la vejez a reproducir exactamente los resultados de Kotelko en la pista, como mínimo les dará algo que se acerque a su calidad de vida.

Bruce Grierson
Fuente: The New York Times-El País

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