Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Ideas positivas, para tiempos complicados


Buenas ideas para malos tiempos.
¿Ha habido este año alguna noticia que no fuera mala para los pobres? Las catástrofes naturales han parecido cebarse, de forma casi deliberada, con los más desposeídos del mundo, desde el terremoto en Haití hasta las inundaciones en Pakistán. Varios países, de los que menos pueden permitirse fracasos tienen sus esperanzas depositadas en los recursos minerales. Algo que, según la sabiduría popular, perjudica más que ayuda.

Otros acuden al favor exterior o a las remesas enviadas por los emigrantes, pero éstas son cosas que escasean en un momento en el que nos enfrentamos a otro año más de pesimismo en las finanzas mundiales. Los recortes presupuestarios en los países ricos y unas reglas de inmigración cada vez más estrictas. Los pobres necesitan más ayuda de los gobiernos mundiales y de los grandes donantes justo cuando la austeridad está volviendo a ponerse de moda.

Sin embargo, todas las malas noticias han ido acompañadas de otras sorprendentemente buenas. Impulsados por la necesidad de lograr más resultados con menos elementos, los innovadores más audaces del año han encontrados formas mejores y más sencillas de utilizar unos recursos cada vez más pequeños, para aumentar la calidad de vida en el mundo. Ideas como crear una demanda de desarrollo para que los pobres puedan ayudarse mejor a sí mismos y dar dinero directamente a quienes lo necesitan. Además de nuevas estrategias de medición y planificación que ofrecen información de mayor calidad y rapidez sobre qué ayuda necesita ir a cada sitio. Asimismo, este periodo de inseguridad global ha puesto en tela de juicio algunas viejas consignas, como que las fronteras nacionales que conocemos son buenas y que la riqueza obtenida de los recursos es mala.

Aunque a veces parezca que estamos viviendo los peores tiempos, lo cierto es que han sido los mejores para las ideas, y éstas influirán en la recuperación del mundo durante los próximos años.

Invertir la maldición de los recursos:
Es posible que la teoría de que los países con abundantes recursos naturales acaban sufriendo una plaga de golpes de Estado y corrupción, como por ejemplo en Chad, haya encontrado su final después de una trayectoria que comenzó cuando Richard Auty acuñó la expresión maldición de los recursos a principios de los 90. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) elaboró un informe este año en el que indica que los Estados con muchos recursos naturales van mejor que los que tienen pocos en los índices de desarrollo humano, sobre todo en los aspectos de educación y salud.
El informe de la ONU coincide con conclusiones anteriores que mostraban un modesto aumento del crecimiento entre 1970 y 2000 para los países con grandes depósitos minerales, tierra cultivable y bosques. Los estudios que fomentaron la idea de la maldición de los recursos, llevados a cabo por analistas como Jeffrey Sachs, examinaban el nivel de las exportaciones de bienes naturales y llegaban a la conclusión de que había una relación entre un gran volumen de exportaciones y unos resultados desastrosos en materia de desarrollo. Las nuevas investigaciones indican que el hecho de que un Estado dependa de la exportación de recursos naturales (en vez de la banca o la informática) suele querer decir que ese país ya era pobre e incapaz de competir desde el principio. Por lo tanto, el descubrimiento reciente de reservas de crudo en Ghana y los depósitos minerales en Mongolia no significa necesariamente que ninguno de ellos esté a punto de precipitarse al abismo.

Dar publicidad a la buena vida:
Durante los últimos veinte años, se ha extendido entre quienes trabajan para resolver los problemas mundiales la hipótesis de que la gente sabe lo que quiere, pero los Gobiernos son un obstáculo para conseguirlo. Sin embargo, ahora, esa idea parece cada vez más anticuada. La demanda importa, incluso cuando se está hablando de la calidad de vida: a veces hay que convencer a la gente de que quiera lo que necesita. Puede que esto no signifique más que una constatación, como ocurre con la solución modesta pero brillante del empresario social Kamal Kar para el problema de las defecaciones en el campo, la costumbre de que las personas hagan sus necesidades entre los cultivos, que desemboca en la propagación de enfermedades como la fiebre tifoidea y el cólera.

Kar descubrió que, si decía a la gente que iba a acabar comiéndose sus propias heces, aumentaba de forma espectacular la construcción y el uso de letrinas en las aldeas. Otras estrategias, en cambio, se inspiran en campañas comerciales tradicionales. La serie radiofónica de la BBC Naway Kor, Naway Jwand (Nuevo Hogar, Nueva Vida), que se emite en Afganistán, es un culebrón lleno de tramas y subtramas sobre las minas antipersona y el cuidado que hay que tener con ellas. Los sondeos indican que quienes oyen el programa tienen muchas menos probabilidades de resultar heridos o muertos por estos artefactos que quienes no lo oyen. Por último, cuando fallan las palabras, siempre queda el dinero. En México, un programa que ofrecía dinero a los padres a cambio de que sus hijos acudieran a la escuela consiguió que aumentara la matriculación de niñas en secundaria en un 15% y la de los niños en un 7%.

Dinero gratis:
Este año despegó también otra idea todavía menos complicada: la de dar dinero sin ninguna condición a cambio. Alaska lo hizo por primera vez en los años 80, para impedir que los ingresos del petróleo fueran a parar a las arcas del Estado, considerado poco fiable. Se repartieron cantidades que iban de 330 dólares (unos 250 euros) a más de 3.000 dólares al año a cada residente, dependiendo de cómo fuera el negocio del petróleo. Ahora, otras partes del mundo están proponiendo ideas similares.

Mongolia ha instaurado un programa que canaliza los ingresos de la minería hacia los niños. Parte de los beneficios por las exportaciones de gas natural de Bolivia contribuye a financiar el sistema de pensiones del país. Igual que en los programas de transferencia de dinero condicional, los pagos van asociados a una mayor inversión en nutrición, sanidad, educación e incluso microempresas. Por ejemplo, la pensión rural de Brasil, que es incondicional, ha logrado que la asistencia a la escuela creciera un 20% en las niñas procedentes de los hogares que la reciben. La pensión incondicional en Suráfrica ha reducido el absentismo escolar de los niños de seis años a la mitad. Haití está poniendo a prueba un programa que emplea los teléfonos móviles para transferir dinero directamente a las víctimas del terremoto. De ahí la estupenda franqueza del título de un libro sobre desarrollo, publicado este año, que se ha convertido en lectura obligatoria: Demos dinero a los pobres, sin más.

Ve al norte, joven:
El terremoto de Haití propició la creación de un laboratorio para innovaciones en el ámbito de la ayuda, entre ellas un plan para controlar las remesas que esbozó Michael Clemens, investigador titular del Centro para el Desarrollo Global. Clemens dice que la gran mayoría de los haitianos que han escapado a la pobreza lo han conseguido gracias a huir del país. Ocho de cada diez haitianos que ganan más de 10 dólares al día viven en Estados Unidos. Los haitianos que residen en el extranjero envían a casa más de 1.500 millones de dólares al año, más de la quinta parte del PIB del país y más de lo que recibe en ayuda exterior. Por tanto, si queremos lograr una mejora sostenible para la vida en Haití -o en otros Estados de una pobreza absoluta-, ¿por qué no favorecer que haya más remesas, a base de otorgar más visados a inmigrantes de los lugares más necesitados? Un mínimo ajuste de las políticas de inmigración puede suponer una enorme diferencia en la calidad de vida de los más pobres.

Utilizar los mapas:
Este año han aumentado, de forma increíble, los nuevos usos de Internet que permiten externalizar la búsqueda de información muy necesaria sobre la situación de los lugares más pobres del mundo; un geoetiquetado que ha servido para trazar el mapa de todo tipo de factores, desde la producción de plátanos hasta los baches, desde las campañas de vacunación hasta el fraude electoral. En Puerto Príncipe, los organismos donantes utilizaron un programa llamado OpenStreetMap para recoger datos sobre los daños del terremoto, laboriosamente reunidos a partir de imágenes de satélite por miles de voluntarios de todo el mundo.

Los organismos utilizaron la información para reducir los tiempos de transporte, seleccionar las tareas de búsqueda y rescate y recopilar valoraciones sobre daños y necesidades. Los trabajadores asistenciales en Haití utilizaron también Ushahidi.com de Ory Okolloh -basado en Google Maps y creado inicialmente para trazar el mapa de la violencia en Kenia tras las elecciones de diciembre de 2007- con el fin de localizar los edificios derrumbados, incendios, falta de agua, carreteras obstruidas y cortes de electricidad. Además de la posición de los equipos de ayuda. En El Cairo, HarassMap va a usar OpenStreetMap y mensajes de texto de las víctimas para crear un panorama de dónde hay más acoso sexual. La compañía local de electricidad de Lagos ha empezado este año a usar una tecnología similar para destacar los problemas de suministro de luz. No hay duda de que será un mapa con una gran cantidad de alfileres.

La ayuda secreta es perjudicial:
El geoetiquetado está utilizándose también para trazar el mapa de la inversión en ayuda, lo cual hace que sea más fácil supervisarla. La International Aid Transparency Initiative, una coalición de Gobiernos y ONG de todo el mundo, está convenciendo a grandes donantes de que se comprometan a incluir un código de origen y de destino en sus registros, en los que se vea quién ha financiado cada donación y quién o qué es el beneficiario designado. Después, los datos se publicarán por medios electrónicos en un formato fácil de rastrear. De esa forma, cualquiera -beneficiario, organismo o contribuyente- podrá seguir la pista de los fondos donados del mismo modo que pueden localizar los paquetes enviados por mensajería.

El Banco Mundial se ha sumado a la campaña de transparencia de la ayuda con una nueva política de “acceso a la información”, basada en las leyes de libertad de información de Estados Unidos e India, y ha puesto los archivos del banco a disposición del público.

Tratar las políticas como píldoras:
Con demasiada frecuencia, el éxito de los programas pilotos y las iniciativas políticas se mide en evaluaciones hechas a posteriori. Incluso cuando las evaluaciones son más minuciosas -con pruebas y comparaciones entre el antes y el después-, muchas veces no logran dar una opinión objetiva y definitiva sobre una nueva estrategia. Sin embargo, la experta economista, Esther Duflo, y sus colegas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) han empezado a hacer experimentos controlados aleatorios -el mismo modelo que se utiliza en las pruebas de fármacos- para examinar una serie de ideas. Por ejemplo, en el caso de las evaluaciones de transferencias condicionadas, unos sujetos escogidos al azar tienen la oportunidad de recibir una transferencia de dinero o (en un caso) un pequeño paquete de lentejas si envían a su hijo a la escuela o a vacunarse. Mientras que el grupo de control no recibe nada.

Las pruebas indican que los programas de este tipo obtienen resultados de participación espectaculares, pese a que el pago sea poca cosa. Existen ciertos límites, por supuesto. No es posible escoger al azar ni controlar muchas de las cosas que los economistas consideran importantes para el éxito o el fracaso de los planes de desarrollo: la estructura judicial de un país, su acceso a puertos, su historia colonial, entre otros factores. La selección aleatoria sólo demuestra que la política funciona en el lugar en el que se ha probado; tal vez no tendría el mismo efecto en otro sitio. Ahora bien, cuando puede aplicarse, el modelo de Duflo está convirtiéndose en el patrón oro.

Asignar un número a la pobreza:
Hace tiempo que sabemos que no se puede emplear la renta per cápita como único criterio para medir el desarrollo. No obstante, era difícil encontrar otros sistemas. Este año ha surgido un serio candidato, el Índice Multidimensional de Pobreza. Elaborado por Sabina Alkire, Maria Emma Santos y James Foster para el PNUD, ya se ha decidido adoptarlo para sustituir el viejo Índice de Desarrollo Humano, que hasta ahora era el único competidor importante de la renta per cápita como criterio para medir el progreso.

El nuevo criterio valora las carencias de los hogares en diez campos entre los que están la salud, la educación, el acceso a servicios como agua potable y alcantarillado y factores como los suelos de cemento. Los resultados en función del índice nuevo son a menudo muy distintos de los que se basan en las rentas. En Etiopía, el 90% de la población es pobre, frente al 39% si se mide por la renta; en Tanzania, el 89% es pobre con arreglo a la renta, frente al 65% según el índice multidimensional. Es decir, esta nueva vara de medir demuestra que a algunos países se les da mucho mejor aprovechar lo poco que tienen para lograr una buena calidad de vida, una prueba empírica del viejo tópico de que lo importante no es lo que se tiene sino cómo se aprovecha.

Cruzar las fronteras rectas:
En Libia, el coronel Muammar el Gaddafi ha propuesto que Nigeria se divida en dos países para evitar que continúe el derramamiento de sangre entre su población musulmana y cristiana. El presidente del Senado nigeriano dijo que Gaddafi estaba “loco”. Las palabras del coronel tuvieron eco sin duda en Somaliland, el sur de Sudán y ciertas zonas de la República Democrática del Congo, tal vez con motivo. Los economistas William Easterly, Alberto Alesina y Janina Matuszeski han examinado casos en los que existe un mismo grupo étnico en dos países fronterizos y en los que las fronteras de un Estado consisten sobre todo en líneas rectas, normalmente establecidas en un viejo tratado imperial.

Partiendo de una tradición intelectual que pasa por el estudioso Jeffrey Herbst y se remonta al siglo XIX, dicen que esos países son “Estados artificiales” y consideran que son mucho más pobres y políticamente más inestables que los que tienen fronteras naturales. Si queremos que África tenga buenas perspectivas a largo plazo, quizá ha llegado la hora de que no consideremos tan sagradas las líneas trazadas sobre el mapa por unos colonialistas de barba blanca en el Berlín decimonónico.

Charles Kenny
Publicado en: FP en español

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