Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Con más años, más felices


La felicidad llega con los años.
En 2006, Richard Layard, economista de la London School of Economics, afirmó que la melancolía era un problema social más preocupante que la desocupación. En su libro Depression Report , ese consejero de Tony Blair demostraba que quenes reclamaban indemnizaciones por problemas psicológicos era mas que los que cobraban seguro de desempleo. La crisis económica modificó ese panorama, pero los economistas continúan ocupándose de la felicidad de los ciudadanos.

Después de haber anunciado el plan de austeridad más severo de la posguerra, el primer ministro británico, David Cameron, acaba de solicitar al Instituto de Estadísticas de su país (ONS) que establezca un “índice del bienestar general”. Otros países lo habían precedido: Francia, Canadá y sobre todo Bután, donde lo que se ha dado en llamar Felicidad Nacional Bruta (FNB) rige los planes de desarrollo.

¿El lector sonríe? Pues no debería. Sobre todo si ya pasó los 45 años y comienza a mirar el futuro con aprensión. Desde hace unos años, para el hombre moderno la vida ha dejado de ser una lenta e inexorable decadencia entre los picos soleados de la juventud y el tenebroso valle de la muerte. Por el contrario, nuestra existencia en términos de felicidad ha adoptado la forma de una “U”.

Si bien los comienzos de la adultez están acompañados de optimismo y júbilo, las cosas se complican paulatinamente hasta parecerse bastante al infortunio cuando llega la crisis de los 40. Pero lo sorprendente llega después, con los primeros síntomas psicológicos de la vejez. Cuando la vitalidad decae, la memoria falla y las primeras arrugas aparecen, el ser humano comienza a sentir cada vez más lo que persiguió toda su vida: felicidad.

Según estudios de los institutos más serios del mundo, como el America’s General Social Survey, Eurobarometer o Gallup, mientras la gente más infeliz se sitúa entre los 40 y los 50 años, los más dichosos son los de 70. Y esto no tiene mucho que ver con los ingresos. Layard había demostrado que superado un ingreso anual de 15.000 dólares por habitante (o su equivalente en poder adquisitivo), el aumento del PBI de un país deja de tener impacto sobre el nivel de bienestar. Los estadounidenses -decía- son más ricos que los daneses, pero no son más felices.

Puede haber, es verdad, infinitas explicaciones coyunturales a esas cifras. En Europa, la generación de “los felices” tuvo la suerte de vivir en una época de pleno empleo, protegida por la generosidad del Estado de bienestar. Sin embargo, los estudios indican que el fenómeno existe en todas partes. David Blanchflower, profesor de Economía en el Dartmouth College, analizó 72 países: “Con leves variaciones, la regla se confirma”, precisa.

Basados en esos insólitos resultados, los conservadores británicos, pero también Barack Obama, planean resolver el spleen de sus jóvenes administrados aplicando un paternalismo soft , inspirado de economistas comportamentalistas como Richard Thaler o Cass Sunstein.
Y usted, ¿qué piensa? ¿No es maravillosa la vejez? “Sí -decía el escritor francés François Mauriac-, lástima que termine tan mal.”

Luisa Corradini
Publicado en: La Nación

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