Sábado 01 de Octubre del 2016
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La batalla por el control de internet y de la información


Prohibido prohibir.
Opinión de Francisco G. Basterra.

Acaba la primera década del siglo XXI, que comenzó con el pánico milenario de la cuenta atrás al apocalipsis que provocaría el hecho de que Internet no fuera capaz de reconocer el inicio de la centuria, colapsando infraestructuras, aeropuertos, bancos y centrales nucleares. Fuese la Nochevieja de 1999, amaneció el nuevo año y no hubo nada. De nuevo Internet domina el debate a través del sitio Wikileaks con la diseminación instantánea de enormes cantidades de datos, los cables del Departamento de Estado de EE UU, que ha provocado reacciones contradictorias.

Estupor y malestar en Gobiernos de todo el mundo, en los poderes establecidos en general, y satisfacción entre muchos ciudadanos, sobre todo en la inmensa comunidad que vive ya en red, que presenta el caso como el triunfo, sin matices, de la transparencia como principal contrapeso democrático. “La primera infoguerra ha comenzado. El campo de batalla es Wikileaks. Vosotros sois las tropas”. Con este llamamiento han sido llamados al combate digital los activistas de Internet; para algunos, piratas a los que habría que aplicar la máxima dureza legal, o simplemente “una conciencia viva online”, como los define Anonymous, su brazo ejecutor en la revancha contra el establishment.

Asistimos a una apasionante batalla por el control de Internet, por el dominio de la información, de la que se consideran propietarios los Gobiernos, por la libertad total en la Red, y a una redefinición de la diplomacia, del concepto de secreto y de la privacidad. Las comunicaciones del Gobierno norteamericano son un queso de Gruyere. En el último número de Foreign Affairs, el vicesecretario de Defensa, William Lynn, cuenta que cada día las redes civiles y militares de EE UU son probadas miles de veces y escaneadas millones de veces para detectar fugas. A pesar de ello, la diplomacia estadounidense sufrió una insólita penetración aún no explicada.

Las filtraciones de Wikileaks demuestran cómo está cambiando el mundo. Con el nacimiento de organizaciones universales, como el sitio web subversivo de Assange, “capaz de trastornar, de revolver, de destruir, más en sentido moral” (DRAE), replicado en varios continentes por cientos de espejos clones, impidiendo así su control por Estados nacionales, sin dirección centralizada, blindado para asegurar la confidencialidad a los filtradores que depositan en él información reservada de Gobiernos, bancos, empresas y organizaciones de todo tipo. Esta batalla de tintes libertarios la están dando, sobre todo, los jóvenes y se desarrolla en la red. La prensa escrita de referencia mundial, con EL PAÍS en primera línea, actúa como dique de desagüe y puesta en contexto y explicación del tsunami de los datos en bruto obtenidos, de manera alegal, por Wikileaks.

Es fascinante asomarse a la Red y a las redes sociales para seguir al instante esta lucha emprendida por miembros de una generación enganchada al ciberespacio. Los mismos jóvenes que se manifiestan en Londres contra la subida de las tasas universitarias, organizados y convocados con rapidez y extrema eficacia a través de la Red. Nuevos tipos de protesta acordes con la nueva época, que hacen viejas las huelgas generales de los sindicatos tradicionales, sus silbatos, megáfonos y pancartas. Puede que estos movimientos sean una respuesta de las nuevas generaciones a la crisis económica. Coldblood, uno de los instigadores del castigo digital a los que tratan de asfixiar a Wikileaks, describe a los activistas como “una fuerza por el bien caótico”.

Es de nuevo el “prohibido prohibir” del revolucionario Mayo francés del 68. Bandadas de pájaros individuales, sin conexiones políticas convencionales, que solo se pueden identificar por lo que hacen juntos.

Nos sorprende el nacimiento de una esfera pública global, a la que EE UU, por motivos de seguridad nacional, quiere controlar. La biblioteca del Congreso de EE UU bloquea el acceso a Wikileaks. Hillary Clinton, en un discurso el pasado enero, alababa la libertad de Internet, pero precisaba que “algunos Gobiernos están identificando como blancos a pensadores independientes que usan estas herramientas”. Pensaba en Irán y China, regímenes represores que ahora pueden devolver por pasiva a Occidente la frase de la secretaria de Estado. Julian Assange, el fundador de Wikileaks, es para Washington el enemigo público número uno. Lo que no impide, grandeza democrática de un país libre, que la revista Time le sitúe como el segundo mejor colocado para ser la persona del año, detrás del primer ministro turco, Erdogan, y por delante de Steve Jobs, Obama o el fundador de Facebook. No sabemos aún cómo acabará esta guerra.

De momento, Wikileaks ha evitado el cierre. El diario The Guardian cuestiona en un editorial si la detención de Assange en Londres es el principio o el final, y recuerda que esta fue la pregunta que se hizo Oscar Wilde al ser detenido en 1895, acusado de homosexualidad.

Francisco G. Basterra.
Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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