Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Los fines no justifican los medios


El valor del fracaso digno.
Opinión de José Manuel Sánchez Ron.

Poner los fines por encima de los medios es una perversión que puede destruir una sociedad. El éxito en una empresa no es siempre lo único que se recuerda. Lo que importa son los que se esfuerzan, aunque fracasasen.
Una y otra vez, con machacona insistencia, las encuestas indican que los españoles no se fían, o no valoran, a sus políticos. A pocos pueden extrañar estos resultados. La lealtad acrítica al “líder” se enseñorea en nuestro mundo político, llegando a veces a extremos que ofenden al sentido común (todavía resuenan, imborrables de la memoria, las manifestaciones de Leire Pajín encumbrando a “acontecimiento planetario la coincidencia de Barak Obama como presidente de Estados Unidos y de Rodríguez Zapatero en la presidencia de turno de la Unión Europea”, presidencia, dicho sea de paso, que pasó con más pena que gloria).

Se hacen pronósticos, y si no se cumplen no pasa nada: se transmutan, como si se tratara de prodigiosos alquimistas, en corroboraciones (algo de esto hubo en las manifestaciones que miembros destacados del PSOE hicieron después de los resultados de las primarias de Madrid). ¿Qué valor tiene la palabra de quienes de manera continua violan ese razonable requisito que el filósofo Karl Popper defendió para intentar evitar los errores: “domeñamos cuidadosa y austeramente estas conjeturas o anticipaciones nuestras”, escribió en La lógica de la investigación científica, “por medio de contrastaciones sistemáticas: una vez que se ha propuesto, ni una sola de nuestras anticipaciones se mantiene dogmáticamente; nuestro método de investigación no consiste en defenderlas para demostrar qué razón teníamos”? Aceptamos, parece, que se oiga a través de un micrófono sin cerrar a la presidenta de la Comunidad de Madrid, manifestarse grosera y vengativamente sobre alguien y aceptamos el argumento de que “se trataba de una conversación privada”. Y no se nos revienta el alma cuando vemos a políticos a los que se les hace una pregunta -o que se preguntan entre sí- y que “contestan” algo que no tiene nada que ver con la cuestión planteada y sí con alguna supuesta desvergüenza del partido opuesto. En el camino, la pregunta, que podía ser interesante, queda sin contestar.

Inmersos en semejante mundo, cuando el discurso ciego a cualquier tipo de contrastación es la pauta general, pienso en el legado que vamos a dejar a los que vienen, por edad, detrás de nosotros. ¿Qué ejemplo les estamos dando para convencerles de que deben ser fieles a la argumentación lógica y a la transparencia, a la capacidad de escuchar a “los otros”? ¿Cómo voy a decirle yo a mis alumnos, cosas del estilo de “defender vuestras ideas y actos racional y argumentativamente? No olvidar someter vuestras opiniones al juicio de los hechos. Podéis estar equivocados, y lo estaréis más de una vez”, si me pueden decir, “¿qué me dice usted, es que no ve lo que sucede ahí fuera, en la vida real?”.

Mientras pensaba en estas cosas, me vino a la memoria que este año se cumple el centenario de la publicación del primer volumen (los dos restantes aparecieron en 1912 y 1913) de una obra ejemplar por lo ambiciosa: Principia Mathematica, de Alfred North Whitehead (1861-1947) y Bertrand Russell (1873-1941). El objetivo último de esta obra era reducir toda la matemática -y la aritmética en especial- a los principios de la lógica, una de las más limpias construcciones humanas. El esfuerzo que sus dos autores emplearon en intentar llevar adelante este programa fue extraordinario. Desgraciadamente, fracasaron, como demostró, en particular, Kurt Gödel en su célebre artículo de 1931 (Sobre sentencias formalmente indecidibles en ‘Principia Mathematica’ y sistemas afines), en el que demostró que es imposible formalizar la aritmética en un sistema consistente de axiomas y reglas de inferencia.

Posiblemente algunos se pregunten si merece la pena celebrar una obra que no logró lo que buscaba. Sí, sin duda. Y por eso quiero recordarla, en esta época en la que tanto se honra a los vencedores (”nadie se acuerda de los que quedan en segundo lugar”, reza una frecuente, e injusta, frase). No consiguió su fin, pero por lo riguroso de sus análisis lógicos y la ambiciosa meta que perseguía se convirtió en una referencia obligada de toda la lógica y la filosofía de la matemática posteriores. Más aún, como refleja su título los Principia Mathematica hicieron posible el artículo de Gödel, que contiene uno de los resultados más profundos de la historia del pensamiento. En este sentido, es oportuno recordar lo que el 2 de julio de 1963 escribió una matemática estadounidense, Alice Mary Hilton, a Russell: “Estoy segura de que Principia Mathematica no será olvidado mientras exista una civilización que conserve los trabajos de las mentes realmente grandes”.

No sabemos mucho de los sentimientos de Whitehead, pero sí de los de Russell. En un libro delicioso, al que tengo especial aprecio, Apología de un matemático (1940), Godfrey Harold Hardy, recordó algo que le contó el propio Russell: “Puedo recordar a Bertrand Russell contándome un terrible sueño. Estaba en el último piso de la biblioteca de la universidad, y corría el año 2100. Un asistente de la biblioteca iba recorriendo los estantes llevando un enorme cubo de basura, iba sacando libro tras libro, les echaba un vistazo y, o bien los devolvía a su sitio o bien los arrojaba al cubo. Finalmente, llegó a los tres grandes volúmenes que Russell pudo reconocer como la última copia existente de los Principia Mathematica. Sacó uno de los volúmenes, pasó unas cuantas páginas, por un momento pareció sorprendido por los curiosos símbolos, cerró el volumen, lo sopesó en su mano, titubeó…”.

Me gusta recordar también el esfuerzo de Whitehead y Russell bajo otra perspectiva, una que presta más atención que a los resultados al método que siguieron. Principia Mathematica buscaba un fin, sí (reducir la matemática a la lógica), pero los medios, el procedimiento que se seguía en él, las técnicas y definiciones lógicas que se empleaban, eran inviolables, más importantes que el fin buscado, que, a la postre, acaso podría no ser cierto (no lo fue). En este sentido, es posible contemplar a los Principia Mathematica como una metáfora relevante para el presente, el presente de la llamada posmodernidad.

La modernidad que los ilustrados del siglo XVII defendieron rechazaba la idea de que el fin justifica los medios, manteniendo firmemente que los medios tienen primacía sobre los fines. Para ellos la obediencia a las leyes (leyes justas), proceder metódicamente de acuerdo a un método adecuado y transparente, era prioritario. Como insistió, por ejemplo, John Rawls en Teoría de la justicia (1971), la justicia es en última instancia seguir fielmente un procedimiento correcto, en, naturalmente, un sistema político y judicial democrático y no viciado. Por esto, la ciencia -en la que los fines se subordinan rigurosamente a los medios, a los procedimientos- fue el modelo más admirado en la modernidad, el ejemplo que debían imitar otras empresas sociales y culturales.

La posmodernidad ha cambiado esto. En ella, los medios se subordinan a los fines. Parece como si la fe en los medios, en el método, en los procedimientos, hubiese desaparecido. Todos esos políticos de los que hablaba al principio, constituyen un buen ejemplo de semejante espíritu. No importa dar la espalda a la racionalidad discursiva, no enfrentarse a las preguntas inconvenientes, dar la vuelta a los argumentos que ayer se utilizaban. Resistir es la norma. Resistir sea como sea, sin necesidad de mantener alguna coherencia interna. Los fines son el bien supremo, los medios un instrumento maleable y dúctil. Hay que vencer. Solo el ganador es valorado y recordado. El fin justifica los medios. Si hay que hacer trampas se hacen, y, naturalmente, se niega que se hacen (me viene aquí a la mente, todos esos futbolistas -y son, por desgracia, un modelo importante para la sociedad- a los que se ve levantar las manos y poner un gesto de inocencia, como si no hubiesen hecho nada malo, que sí lo han hecho, como se ve las más de las veces cuando se repite la jugada a cámara lenta).

No hay que esforzarse mucho en argumentar que poner los fines por encima de los medios constituye una perversión que puede destruir una sociedad. Tal vez sí que haya que detenerse más en señalar que el éxito en una empresa no es siempre lo único que se recuerda. También recordamos, debemos recordar, a los que se esforzaron en empresas exigentes. Aunque fracasasen. Como Whitehead y Russell en Principia Mathematica.

José Manuel Sánchez Ron
Miembro de la Real Academia Española y catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid.

Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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