Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Crece el movimiento para medir la felicidad


Midan mi felicidad interior bruta.
Bruselas, Londres y París quieren contabilizar la calidad de vida y la satisfacción de los ciudadanos.
La frase celebrada de la cantante francesa Mistinguette es que el dinero no da la felicidad pero aplaca los nervios. Para Rafael Sánchez Ferlosio, el dicho parece más oportuno en su reverso: el dinero sí da la felicidad, pero destroza los nervios. Este aforismo (pecio, en el idioma ferlosiano) está recogido en uno de los libros del escritor, a quien la reflexión le viene a la cabeza cuando hojea las revistas de peluquería.

El pecio es también un resumen de algo que la ciencia económica y algunos de sus Nobel han tratado de explicar al mundo en decenas de estudios, entraña uno de los grandes motivos por los que el crecimiento económico de un país a secas no tiene a veces una traducción proporcional en el bienestar de las personas, y da una idea de lo que hay detrás de iniciativas como la de Reino Unido, que acaba de sumarse a Francia en el proyecto de calibrar la satisfacción y el bienestar general junto a las cifras macroeconómicas. “Ha llegado la hora de que admitamos que hay más cosas en la vida que el dinero y ha llegado la hora de que nos centremos no solo en el producto interior bruto (PIB), sino en una felicidad general”, dijo el primer ministro David Cameron cuando, desde la oposición, lanzó la promesa.

Ahora que el líder tory está en el Gobierno, ha decidido ponerse manos a la obra y pedirá en breve a la Oficina Nacional de Estadísticas que incorpore nuevas preguntas a su sondeo habitual en los hogares británicos para conocer el nivel de bienestar de sus integrantes, según publicó hace días The Guardian. La medida se comienza a evaluar en medio de una dura crisis europea, con un drástico recorte social que ha hecho levantarse a los estudiantes británicos contra el Ejecutivo, lo que abona las críticas a un eventual uso populista de la iniciativa, pero la llamada economía de la felicidad hace tiempo que se abre hueco en los ambientes académicos.

Francia también ha cuestionado “la religión del número”, en palabras de su presidente, Nicolas Sarkozy, y ha planteado un cambio en los indicadores económicos tras haber encargado a Joseph Stiglitz un informe sobre el progreso económico social. Y la Comisión Europea puso en marcha este verano tres grupos de trabajo relacionados: uno que complemente el PIB; otro que aborde los efectos medioambientales y otro que trabaje en la medición de la calidad de vida de los europeos atendiendo a ocho variables (salud, educación, seguridad, entre otros) con el objetivo, a largo plazo, de lograr un indicador objetivo agregado.

Y es que el PIB recoge, grosso modo, todos los bienes y servicios que genera un país y es el indicador más internacional, pero cada vez es mayor el número de teóricos que lo cuestiona como termómetro del progreso de un país y de su nivel de bienestar: no valora las desigualdades, no descuenta las facturas del crecimiento económico en el medio ambiente y la calidad de vida de las personas y es ciego a elementos como la cultura y salud.

“El PIB como compás que guía a una nación ha quedado obsoleto. Y cuando un país ya no es una economía emergente, cuando ya ha alcanzado cierto nivel de desarrollo económico, hay que empezar a valorar más datos: renta por habitante, desigualdades sociales, algún ratio que mida los recursos naturales gastados en generar producción para ver si somos cada vez más eficientes… es que se ha instalado la idea de que, si el PIB va bien, todo va bien, y en un país desarrollado hay que ir a crecimientos más cualitativos”, explica Aniol Esteban, el jefe de economía ambiental de la New Economics Foundation (NEF). Es una conclusión en línea con el informe que el Nobel Stiglitz elaboró para Francia, que puso de relieve que el PIB no depuraba la actividad económica que, no solo no genera felicidad, sino que es fruto de la incomodidad: como el gasto en analgésicos para el dolor cabeza o el gasto de gasolina en un atasco.

La relevancia internacional del PIB crece sobre todo en los años treinta, después de la Gran Depresión, como una comprensible obsesión por cuánto podían producir los países, cuánto empleo podían crear. Y ahora, en la actual profunda crisis económica mundial, ha vuelto la obsesión por leves oscilaciones de apenas una décima del PIB -que quedan incluidas en el margen de error-, incluso de carácter trimestral. Vuelven a copar la atención de los analistas y grandes titulares de periódico, cuando hace unos años se les otorgaba un valor relativo.

La idea de hacer indicadores alternativos, homologables e internacionales, no obstante, está plagada de peros. Porque lo que uno considera medida de la felicidad puede convertirse en barra libre: Reino Unido medirá las tasas de reciclaje, según una información publicada recientemente por The Guardian, y Bután, ese pequeño país asiático que ha cobrado fama por ser el único con una tasa anual de felicidad interior bruta (FIB), pone su atención en aspectos como el número de veces que se reza al día, entre otros aspectos, claro, como la salud, el tiempo libre o la cultura.

Fernando Esteve, profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), ha estudiado con profundidad la Economía de la Felicidad y es consciente de sus inconvenientes. “No se puede medir la felicidad, se pueden hacer aproximaciones, porque los enfoques son muy criticables”, apunta. La economía de la felicidad entiende que el desarrollo económico no es un fin en sí mismo, sino que debe traducirse en bienestar, “pero esto tiene pegas, porque las preguntas que plantean son muy abstractas, como ¿cuánto es usted de feliz del 1 al 10?, por ejemplo. Y en toda encuesta al respecto [existe] el sesgo de que la gente dice que está bien, que es feliz, porque lo contrario causa una sensación de fracaso personal, de derrotismo, muy mal visto”, reflexiona Esteve. Unos métodos atienden al bienestar objetivo, otros al subjetivo, y otros los combinan. En general, se toma una cesta de valores que influye en esa felicidad (el nivel de paro, la salud, las horas que se duerme al día…), se le da un peso a cada una y se evalúa la felicidad y esas variables se han escogido previamente en encuestas que ayudan a saber qué aspectos influyen en la felicidad de la gente.

La fundación NEF elabora un Índice del Planeta Feliz (en el que cruza la esperanza de vida, los recursos empleados y la satisfacción) y unas Cuentas Nacionales de Bienestar, que se basan en las preguntas de la Encuesta Social Europa y cruza el bienestar social (donde se pregunta sobre la relación con la familia, los amigos, los vecinos o los compañeros de trabajo) con el bienestar personal (que lanza cuestiones como ¿has aprendido algo la última semana? Del 0 al 10, ¿qué nivel de satisfacción has alcanzado?).

Mariano Gómez del Moral, asesor de presidencia del Instituto Nacional de Estadística (INE), pertenece a uno de los grupos de trabajo de la Comisión Europea, en el que trabaja en la elaboración de un índice de calidad de vida, y cree que “hay que hablar de bienestar más que de felicidad”. Los primeros resultados del proyecto (no el indicador en sí) “empezarán a verse en 2011″, apunta.

La Organización de Naciones Unidas, por su parte, también publica desde hace años un Informe sobre desarrollo humano (IDH) atendiendo a factores como la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la riqueza por habitante, entre otros criterios. En el informe de 2008, Estados Unidos, por ejemplo, se sitúa como el país más rico del mundo, pero ocupa el puesto 12 de este ranking.

La cuestión de fondo que emerge de todas estas preguntas es ¿es el crecimiento económico sinónimo perfecto del bienestar para un país? O, en conversación de café, ¿da el dinero la felicidad? Pues hay una respuesta y es que sí. Pero hasta cierto punto. Sin adentrarse en el jardín filosófico que supone abordar el asunto, la literatura académica ha analizado el interrogante en varias ocasiones y ha certificado que, cuanto mayor es la renta per cápita de un país, mayor es el nivel de bienestar de los ciudadanos, pero esta correlación entre riqueza y felicidad pierde fuerza cuanto más rico es un país. Es decir, que a partir de un nivel de desarrollo el crecimiento de la riqueza ya no es proporcional al del bienestar de sus ciudadanos. ¿Por qué? Por dos motivos: el habituamiento y la relatividad. “El ser humano se acostumbra muy rápido a sus nuevos niveles de vida, con lo que el gozo por alcanzar una posición social tiene una duración limitada, hasta que uno se acostumbra a ello y lo asume como normalidad. Por otra parte, está la rivalidad, y es que nos comparamos continuamente con los demás. En resumen, que a más dinero, más bienestar, pero hasta cierto punto”, reflexiona Esteve.

¿Y cuál es ese punto? El profesor Manel Baucells, de la Universidad Pompeu Fabra, es uno de los expertos que se ha dedicado a analizar la cuestión en varios informes. Uno que elaboró en 2006 cuando estaba en la escuela de negocios IESE y la Universidad de California cifraba en 15.000 dólares per cápita los ingresos mínimos de un país para ser feliz, a partir de los cuales el poder adquisitivo y la dicha ya no suben al mismo ritmo. “Más que una cifra concreta, como el ciudadano se compara, el nivel al que uno empieza a ser feliz llega cuando gana, cuando se encuentra por encima de la media de sus referentes más cercanos”, matiza Baucells.

Su informe recoge ejemplos reveladores. Tras la unificación de Alemania, los niveles de satisfacción que manifestaban los habitantes del Este bajaron considerablemente respecto a la etapa anterior porque comenzaron a compararse con los de la zona occidental. Otros dos investigadores propusieron en 1998 a los alumnos de la Escuela Pública de Salud de Harvard dos posibilidades imaginarias: en una, ganarían 50.000 dólares cuando el resto del mundo percibiría la mitad (25.000), y en la otra opción, ellos ganarían 100.000 dólares, pero el resto 250.000. Respuesta: todos escogieron el primer escenario.

Otro estudio que cita (de los investigadores Brickman, Coates y Janojj-Bullman) se atreve a señalar incluso el periodo de tiempo que dura la alegría de que te toque la lotería: un año. Los años consecutivos, el premiado ya se ha acostumbrado a su nuevo nivel de vida y sus referentes son los vecinos de su nuevo barrio, los coches que conducen…

“La habituación al dinero mata esa felicidad nueva generada por el crecimiento económico. Tú te puedes obsesionar por el PIB y si preguntas dentro de 100 años tu población puede no ser mucho más feliz”, apunta Baucells.

Esto es lo que ocurre también con los países, en global. “Cuando ya has alcanzado ciertas cosas materiales, te empiezas a preguntas por otras. Así que, si este mecanismo mental ocurre en las personas, de forma individual, ¿por qué no va a suceder en un país en global?”, se pregunta el profesor Esteve. Por eso a Cameron y a Sarkozy les ha dado por preguntar a sus ciudadanos qué tal lo llevan.

La preocupación creciente por la sostenibilidad del sistema también lo ha puesto de moda. Fernando Vallespín, ex presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), advierte: “Si todos jugamos al mismo modelo de desarrollo, el medio ambiente no resistirá, y no se le puede pedir a China y a India que renuncien al crecimiento de Occidente, va a tener que ser Occidente quien cambie su modelo, replantearse la idea tradicional de progreso, que estaba muy basada en la producción, y pasar a modelos más cualitativos”.

El objetivo último es lograr diseñar una serie de indicadores que ganen credibilidad con los años y que influyan en las políticas públicas, de forma que los Gobiernos sepan rentabilizar mejor el crecimiento económico en términos de bienestar.

Ratio, crecimiento, variables ponderadas… Cuando uno habla con economistas, la felicidad pierde su halo de misterio para convertirse en estadística. Baucells advierte: “La riqueza decepciona precisamente porque uno se acostumbra a ella más rápido de lo que cree. Lo que no sabe la gente es que del mismo modo que se acostumbra a vivir con más dinero, también se acostumbra a vivir peor y a cambiar sus referentes”.

Eso sí, aunque haya estudios que aseguren que el gozo porque le toque a uno la lotería solo dura un año, no hay economista alguno que considere hacerse rico una idea del todo disparatada. Aunque, como acertaba a pensar Ferlosio, como cuenta el profesor Esteve cuando les habla de la economía y de la felicidad a sus alumnos, y como, en efecto, algunos piensan cuando hojean las revistas de peluquería: a muchos les debe destrozar los nervios.

Amanda Mars
Publicado en: El País

1 comentario

  1. dIANA rOSALES Responder

    Muy interesante el comentario, sobre todo para aquellos que estamos aprendiendo de economía y sus implicaciones en un país y sus pobladores. Sólo me gustaría que publicaran la fecha de emisión del artículo. Saludos desde México!

    Diana Rosales

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