Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Los famosos que se dedican a causas sociales


¿Famosos con causa?.
Para unos, un circo. Para otros, la más rentable campaña de comunicación de un problema. En la alianza entre celebridades del cine, el deporte y la música con las ONG, todos parecen salir ganando. Unos refuerzan su imagen, otros consiguen más recursos.

George Clooney va a Naciones Unidas para hablar sobre Darfur y los embajadores, y las embajadoras, hacen cola para hacerse fotos con él; David Beckham se mete en una choza de barro en Sierra Leona para llamar la atención a la mortalidad infantil en África y es noticia en medio mundo; Gael García Bernal va a Hong Kong a hablar de la pobreza y la prensa local enloquece; un spot televisivo contra la malaria llega a millones de hogares gracias a -y solo gracias a la participación de Andrés Iniesta, Iker Casillas y otros jugadores de la selección española; se subasta una cena para dos con Scarlett Johansson para destinar fondos a Oxfam y se supera la cifra de 40.000 euros; o se subastan por Internet el capote de José Tomás, unos guantes de Fernando Alonso, unas zapatillas de Pau Gasol para un comité internacional de caridad; Sean Penn va a Haití a ayudar a los desamparados del terremoto y la CNN hace un documental sobre el viaje; Angelina Jolie va a Etiopía; Madonna, a Malaui; Helen Mirren, a Uganda; Oprah Winfrey, a Sudáfrica, y Bono, como el espíritu santo, a todos los lados.

Como dice un trabajador de una organización que trabaja en África, “lo podemos ver como un mal necesario, el mundo no es perfecto”
El contacto con los famosos, las fotos en los medios, sirven como cebo para atrapar a los políticos

¿Sería mejor el mundo si los famosos se quedaran en casa, sin dedicarse a los demás? La respuesta tiene que ser ‘no’
El número de famosos que no se involucran de una forma u otra en lo que los ingleses llaman celebrity diplomacy (la diplomacia de los famosos) se puede contar en los dedos de una mano. Prácticamente todos actores, músicos, modelos, futbolistas están en ello. A veces crean sus propias fundaciones, más a menudo se asocian con una ONG, que los recluta para su causa de la misma manera, y casi con el mismo punto de competitividad, que lo hacen las marcas de ropa. Pero por lo demás el modus operandi es el mismo. Al punto de que las ONG grandes, como Oxfam (en España, Intermón) o Amnistía Internacional o Unicef, tienen secciones que se dedican exclusivamente a administrar a los famosos e incluso, como las marcas de ropa deportiva, a rastrear “talento” e identificar personajes que cuadran con la imagen que desean proyectar.

En Estados Unidos, por ejemplo, Oxfam tiene a una mujer llamada Lindsay Cruz como jefa de “relaciones con figuras públicas”. Cruz trabajó en Washington para Dick Cheney, el vicepresidente de George W. Bush, antes de optar por ayudar a crear un mundo mejor. “Hay mucha competencia por las estrellas”, dijo Cruz en una entrevista reciente. “Hay muchas ONG y todas tienen celebridades; todo el mundo parece tener una causa hoy día”. Cruz aclaró, sin embargo, que tiene como regla sagrada no “robar” famosos a la competencia.

“La diferencia entre nosotros y las marcas de ropa, claro, es que nosotros no pagamos a los famosos por el trabajo que hacen”, aclaró a El País Semanal Duncan Green, jefe de investigación de Oxfam Gran Bretaña y autor de siete libros sobre cómo combatir la pobreza. “Eso sí, insistimos en que quienes se asocien con nosotros se comprometan a largo plazo y los elegimos acordes con nuestro perfil. No optamos por individuos con pasados turbios”.

Por supuesto, los famosos hacen lo mismo a la inversa. Buscan causas que cuadran con sus imágenes públicas. Al extremo de que existen pequeñas empresas en Estados Unidos que asesoran a los famosos en este tema, que les dicen qué ONG puede funcionar para ellos y cuál no. Angelina Jolie, tremendamente activa en muchos terrenos, pero especialmente en el de los refugiados, emplea a tiempo completo un asesor en política internacional.

¿Por qué la necesidad de patrocinadores de causas humanitarias, sean estas ONG u organismos de la ONU, de aliarse con famosos? La primera parte de la respuesta se resume en la siguiente experiencia. El Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona, dirigido por Pedro Alonso, el médico español que está en la vanguardia de la lucha mundial contra la malaria, produjo un spot televisivo para llamar la atención del público español sobre una enfermedad que mata a un millón de niños africanos al año. El spot, de menos de un minuto y medio, fue filmado en un pueblo de Mozambique. Niños con sonrisas preciosas jugando al fútbol con la camiseta de España, una trama breve pero simpática, música atmosférica de fondo: quedó bonito e impactante. Pero si no hubiera sido por el hecho de que al final salieron Andrés Iniesta, Xabi Alonso, Xavi Hernández, Iker Casillas, David Villa y Vicente del Bosque proclamando “¡Todos contra la malaria!”, la pequeña obra de arte habría languidecido en Youtube. “Lo que despertó el interés e hizo que saliéramos en varios telediarios nacionales fue la participación de los jugadores”, dijo Daniel Tanzer, publicista responsable de la campaña. “Sin el apoyo de los famosos de la selección, el impacto del spot habría sido mínimo, o incluso no habría habido campaña”.

El caso se repite a todos los niveles en todo el mundo. El País Semanal habló con representantes de media docena de ONG, desde grandes como Oxfam y Amnistía hasta menos conocidas que hacen pequeños trabajos de campo para combatir el sida en África. El consenso fue unánime. Se ficha a famosos porque generan atención en los medios para causas que si no pasarían relativamente -por no decir completamente inadvertidas.

Pero hay un segundo motivo para contar con celebridades como aliados en causas humanitarias: da acceso, que si no sería mucho más complicado, a políticos influyentes. El contacto con los famosos, las fotos en los medios, sirven como cebo para atrapar a los políticos, que después se ven obligados a pensar, e incluso quizá actuar, sobre temas que no necesariamente serían de interés prioritario o secundario.

Después, por ejemplo, de una gala en Londres para recopilar fondos para la lucha contra la pobreza hace cinco años, el único de los miles de invitados al que Tony Blair invitó a tomar una copa en Downing Street fue Bono, un hombre comprometido con tantas causas que ya no está claro si su prioridad es el activismo o ser el cantante y líder del grupo musical U2. Hablarían de música, pero también, seguro, del hambre en África. Y, por supuesto, no desaprovecharon la oportunidad de hacerse la foto.

Duncan Green, de Oxfam, cuenta otra anécdota, una de muchas muy similares. “La actriz Helen Mirren viaja a Uganda, vuelve y se entrevista con el ministro de Relaciones Exteriores para hablar de la pobreza en África. Yo, eso”, dice Green, sin quejarse, reconociendo que las cosas son así, “no lo puedo conseguir”. Es decir, Green sabrá mucho más sobre el tema que Mirren, ya que a eso se ha dedicado toda la vida. Con lo cual, una reunión sobre la pobreza entre él y un ministro de gobierno tendría más contenido, más información y más análisis. Pero el valor político para el ministro de entrevistarse, y que el público lo vea entrevistado, con la actriz que ganó un Oscar por interpretar el papel de la reina de Inglaterra es infinitamente mayor.

Para gente que trabaja en las ONG, por definición gente idealista, a veces duele un poco ensuciarse las manos de esta manera, sucumbir al realpolitik. Se dan casos de trabajadores de campo -en Pakistán, en Etiopía que directamente se indignan ante la atención que reciben los famosos que aterrizan, pasan una mañana con los olvidados de la tierra y vuelven rápidamente a sus casas de Beverly Hills cuando ellos han estado en el frente de guerra, compartiendo los peligros y la pobreza día y noche, durante años. Y encima se ven obligados a dedicar muchas horas de trabajo en la organización, o producción, de la invasión circense que los famosos generan. Sin embargo, los jefes en las sedes de las ONG lo ven, o sienten que lo tienen que ver, de otra manera. Como confesó uno que trabaja para una importante organización de derechos humanos, “hay que reconocer que si vamos a avanzar en nuestro trabajo tenemos a veces que tratar con el mundo como es, y no como quisiéramos que fuera”. O, como dijo otro cuya organización opera en los países más abandonados de África, “lo podemos ver como un mal necesario: el mundo no es perfecto”.

Perfecto o no, es un mundo en el que el fenómeno de los famosos está en expansión. El listón, en una época en la que más gente se entera de más cosas fuera de la órbita inmediata que nunca, pero en el que al mismo tiempo la prensa se ve obligada a frivolizar las noticias para que la gente las lea, se pone cada día más bajo. Hace treinta años se seguía con mucho afán las vidas de los actores y los músicos de pop, no tanto las de los futbolistas o las modelos. Hoy las vidas, tanto públicas como privadas, de David Beckham o Gisele Bündchen y Kate Moss generan el mismo interés que las de Angelina Jolie, Brad Pitt o Madonna. Incluso los que salen en aquellos shows de televisión cuyo objetivo es descubrir nuevos talentos se pueden convertir, de la noche a la mañana, en figuras cuyas intimidades la gente conoce mejor que las de sus vecinos.

El fenómeno abarca a todo el planeta cuando se trata de gente como los Jolie y los Pitt, pero se da a nivel nacional también. En India, los grandes actores de Bollywood participan con alta visibilidad mediática en causas nacionales contra la pobreza o el sida. En Lituania han ido más lejos. Se creó hace poco un partido político cuyos fundadores fueron todos figuras conocidas del mundo de la televisión, y el líder, un señor que hacía las preguntas en un concurso.

¿Cuándo comenzó todo esto? Las primeras semillas se plantaron en los años sesenta con los actores Audrey Hepburn y Danny Kaye, en cuyo honor la Unicef inventó el título de embajadores de buena voluntad. Hepburn, tan famosa en su día como Jolie hoy, dedicó el resto de su vida, hasta su muerte en 1993, a ayudar a los niños pobres del mundo. El fenómeno pegó un salto cualitativo con el concierto de Live Aid de 1985 en el que artistas de todo el mundo, organizados por el músico irlandés Bob Geldof, se juntaron para despertar la conciencia del mundo ante la pobreza en África. Ahí se incorporó a la causa Bono y los dos irlandeses, él y Geldof, han estado desde entonces en la vanguardia de esta creciente movilización global de famosos. A tal punto que ambos hoy operan solos, creando sus propias iniciativas, sin afiliación específica a otras ONG.

Bono y Geldof han marcado el camino, y otros, como Angelina Jolie y George Clooney, los han seguido. Hay quien se mofa de Jolie, “la mujer más guapa del mundo”, convertida en ángel de la caridad, pero su entrega es incuestionable. Ha hecho visitas, muchas veces acompañada de su igualmente célebre marido, a campamentos de refugiados en Camboya, Sierra Leona, Tanzania, Tailandia, Kosovo, Sri Lanka, Chad, Líbano e incluso Irak, entre otros. Jolie, que trabaja con Unicef, y su marido, Pitt, han donado no solo su tiempo, sino millones de dólares. Por ejemplo, un millón, en un caso poco conocido, a Human Rights Watch, la organización de derechos humanos estadounidense, específicamente para apoyar su labor en Birmania.

¿Qué tiene de malo todo esto? Ante todo, que la humanidad no haya logrado un grado de desarrollo tal que la solidaridad planetaria esté escrita en el ADN de la especie. Interesarse, sin el estímulo de una celebridad de por medio, por el destino de un niño desnutrido en Sierra Leona, un refugiado en Bangladesh o el azote del sida en Zimbabue sigue siendo, y será, un deporte muy minoritario.

Por otro lado, a los que reclutan a celebridades para dar publicidad a sus causas les puede salir el tiro por la culata si no se aseguran antes, como advierte Duncan Green, de Oxfam, de que sus personalidades se ajustan al tema en cuestión. Paris Hilton, famosa por ser famosa, hizo el ridículo hace tres años cuando anunció que iba a ir a resolver los problemas de Ruanda. “Siento que si voy allá podré salvar la vida de algunas personas”, pero cambió de plan y se fue en misión humanitaria a Sudáfrica, un país donde hay bastantes más hoteles de cinco estrellas. Una vez allá declaró: “Me encanta África: Sudáfrica y África Occidental son ambos grandes países”.

Otro posible problema, al menos uno muy ameno para aquellos deseosos de ridiculizar a los famosos que se prestan para estas causas, es la tendencia de algunos de ir más allá de publicitar las injusticias del mundo y convertirse en predicadores o, directamente, en políticos globales. Jolie y Clooney hablan en Naciones Unidas, en Davos. Bono lo hace en todas partes, muchas veces tras reunirse con grandes líderes mundiales. Y encima, a veces, les da su bendición. Como hizo tras entrevistarse con el papa Juan Pablo II (“es un luchador de calle y un astuto defensor de los pobres del mundo”, declaró de él en 2005) y con George W. Bush, cuya política hacia el sida en África Bono aplaudió públicamente.

Esas intervenciones fueron quizá discutibles. Donde sí parece haber metido la pata de manera prácticamente incuestionable, generando acusaciones en la prensa de haberse convertido en un prepotente cuyo principal interés es proyectarse como una especie de Henry Kissinger en versión santo universal, fue en Rusia a finales de agosto. Luciendo sus habituales gafas de sol, conversó cordialmente sobre política internacional durante un té con el presidente Dimitri Medvedev, cuyo régimen no es de los que más se caracterizan en el mundo por su compromiso con la democracia o los derechos humanos. Esa misma noche, durante un recital de U2 en Moscú, la policía detuvo a varios integrantes de la rama moscovita de Amnistía Internacional. “Me entristece lo que ha ocurrido”, dijo el portavoz ruso de Amnistía. “Me pregunto si Bono sabrá lo que nos han hecho”.

Nunca se supo, ya que Bono, quizá haciendo cálculos más dignos de un político que de un activista, no se pronunció. Al no decir nada estaba haciéndole un favor a su nuevo amigo Medvedev y asegurándose de que las puertas del Kremlin seguirían estando abiertas para él.

Es fácil caer en la tentación de satirizar a los Bono y a los Jolie. Bono se tiende a prestar a ello, especialmente en la mordaz prensa británica cuyo nivel de tolerancia con la solemnidad y la autoimportancia es baja. Es incluso más fácil sucumbir a la risa en casos como el del rapero Wyclef Jean, que hace poco declaró su intención de hacer campaña para la presidencia de Haití. Tampoco es del todo original observar que, más allá de si las intenciones son buenas o no, la participación de los famosos en causas humanitarias tiene su cuota de interés personal. Las marcas Beckham, Jolie, Clooney, ganan valor al verse asociadas con campañas para crear un mundo mejor, o al menos un mundo menos malo. Sus posibilidades, a su vez, de ganar más dinero patrocinando ropa o colonia o café se incrementan. Como también las posibilidades de los actores de conseguir más papeles cinematográficos, ya que sus nombres se vuelven aún más conocidos. Habrá, indudablemente, algunos famosos que hacen lo que hacen tanto o más por su propio bien que por el bien ajeno. Pero decir que la mayoría son así, como decir que Bill Gates da su dinero a la investigación científica contra la malaria y otras enfermedades del Tercer Mundo para proyectar la imagen de Microsoft o para alimentar su propia vanidad, es pecar de un excesivo cinismo.

Lo que es verdad es que en esta alianza entre los famosos, las causas humanitarias, las ONG y los líderes políticos, todos salen ganando. Es lo que en inglés llaman un win win (ganar ganar): los famosos se sienten mejores personas y elevan su perfil; los políticos sienten que mejoran sus posibilidades de ganar las próximas elecciones si el público los ve sonriendo con famosos, pero a su vez se informan de temas fuera de su órbita habitual, sobre los que posiblemente se sientan presionados a actuar; las ONG reciben más dinero y las causas por las que luchan llegan a los ojos y los oídos de aquella mayoría de ciudadanos de países ricos cuyo interés es mucho más grande en la vida matrimonial, o extramatrimonial, de Angelina Jolie o de David Beckham que en los problemas de aquella mayoría de los habitantes de África, o del sur de Asia, o de América Latina que batallan cada día para poder meramente sobrevivir.

Y al final está la pregunta: ¿El mundo sería mejor si, en vez de dedicar su tiempo y su dinero a combatir la pobreza y los abusos de los derechos humanos, todos los famosos se quedaran en sus mansiones pintándose las uñas o meditando si comprarse jets privados más grandes? La respuesta, difícil de refutar para los cínicos, tiene que ser no.

John Carlin
Publicado en: El País

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