Lunes 26 de Septiembre del 2016
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La filosofía, un arte contra la desdicha


Filosofía contra la desdicha
Entrevista de Daniel Gamper
Martha Nussbaum es sin duda una de las más lúcidas filósofas de la actualidad, cuyo pensamiento está en todo momento comprometido con la realidad y al servicio de las necesidades de los seres humanos. Analizamos las claves de su extensa obra y la entrevistamos.
El pasado 28 de junio, en una sala atestada del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, Martha Nussbaum (NuevaYork, 1947) habló sobre la libertad de conciencia, título también de su último libro, publicado en la editorial Tusquets. Profesora de filosofía y derecho en la Universidad de Chicago, y autora de numerosos y gruesos libros, Nussbaum departió con una convincente oratoria y respondió sin vacilaciones las animosas preguntas de la audiencia. Horas antes se había sometido al siguiente cuestionario.

En su amplia obra, cabe identificar la vulnerabilidad como hilo conductor. ¿Es así?
Es, sin duda, uno de los asuntos centrales de mi obra. En la vulnerabilidad se vinculan los dos grandes temas de mi trabajo: las emociones y la filosofía política. La filosofía política, desde mi punto de vista, debe ocuparse de cómo evitar algunas formas de vulnerabilidad, promoviendo la seguridad y las formas de relación que acogen nuestra vulnerabilidad, como el amor o la amistad.

Ha introducido el concepto de decencia. ¿Cómo la define?
En el pasado la decencia estaba vinculada a determinados comportamientos sexuales. Lo indecente hoy es que una persona no pueda vivir de acuerdo con lo que considera digno.

¿Hay una clave autobiográfica en su obra?
En toda obra filosófica hay motivos autobiográficos. Paisajes del pensamiento (Paidós) se inicia con una larga descripción de la muerte de mi madre. Lo hice para que los lectores pudieran compartir conmigo una emoción potente y así prepararlos para el análisis filosófico posterior.

¿Y en su libro más reciente, “Libertad de conciencia”?
Ahí utilizo la historia de mi infancia para señalar que la gente olvida fácilmente de dónde viene. Por ejemplo, mi propia familia descendía de los colonos del Mayflower, disidentes que huían de la persecución religiosa británica buscando la libertad religiosa y que acabaron discriminando a los miembros de otras religiones. Yo misma fui objeto de su intolerancia, pues cuando me convertí al judaísmo al casarme con un judío, mi familia no aplaudió en modo alguno mi elección.

En este libro trata usted la libertad de conciencia en pie de igualdad con la libertad religiosa. ¿Son lo mismo?
Creo que es injusto privilegiar a los que buscan el sentido de la vida de manera religiosa y no dar un apoyo similar a los que lo hacen de manera secular. Sin embargo, esto conlleva problemas de arbitrariedad: ¿qué hacemos con alguien que se limita a decir que no quiere participar en el servicio militar?

¿Cómo hacerlo?
Ambos, el religioso y el secular, merecen el mismo tratamiento. Los ateos y agnósticos pueden tener reparos morales muy profundos y no deben ser discriminados frente a las personas afiliadas a una religión.

¿Constata usted un cambio en las afiliaciones religiosas de la herencia a la conversión?
En esto, la tradición americana es muy distinta de la europea. Los primeros colonos eran muy solitarios y se adherían a formas disidentes del protestantismo. Por ejemplo, Roger Williams, sobre quien escribo en mi libro, primero era anglicano, después decidió hacerse baptista, más tarde tampoco le convencía esta opción e inventó una creencia propia. Toda la tradición legal americana está basada en la idea de la elección voluntaria y en la búsqueda personal.

Usted sostiene que la libertad de conciencia es incompatible con el establecimiento de una religión. ¿Qué piensa de las iglesias oficiales en el Reino Unido y en los países escandinavos?
Creo que el sistema de religiones establecidas en los países nórdicos es muy benigno. Sin embargo, la mera afirmación constitucional “esta es nuestra religión oficial” crea una clase privilegiada. Lo mejor es un acuerdo que no otorgue privilegios a ninguna religión, ni a la religión en general en contraposición con las organizaciones no religiosas.

¿Qué hay del argumento de la identidad nacional?
No estoy de acuerdo con el argumento histórico, porque todos los países han tenido siempre minorías que no han sido reconocidas. En Italia se dice que la presencia de nuevas religiones distintas en su país es una cosa nueva. Pero la verdad es que los judíos estuvieron en Italia durante muchos siglos, y lo mismo se puede decir de toda Europa. Y nunca fueron reconocidos.

¿Basta con la no intervención estatal?
No, se precisa también la acomodación, pues existen formas sutiles de discriminación. En las democracias, siempre hay una mayoría que logra que sus ideas y tradiciones culturales y religiosas se encarnen en el sistema. Por ejemplo, en los países cristianos, el día de descanso es el domingo y las personas cuyas religiones los conminan a descansar el sábado, como los judíos o los adventistas del séptimo día, son discriminadas, pues corren el riesgo de perder su trabajo. No reconocerles este derecho sería como multarlos por no compartir las festividades de la mayoría.

¿Hay otros casos?
Sí, pongamos las drogas consideradas legales. En los países cristianos el alcohol es legal, pues esa es la droga utilizada en los rituales de la religión mayoritaria, pero el peyote, utilizado por los americanos nativos por motivos religiosos, suele ser ilegal. Para evitar discriminaciones es necesario que las leyes se acomoden a estos casos.

¿Cómo aplicaría esta teoría al caso del velo integral?
Las nuevas legislaciones europeas al respecto me parecen muy injustas. Se dice que dado que nos tenemos que relacionar recíprocamente como ciudadanos, tenemos que poder vernos los rostros. Yo vengo de una ciudad muy fría en la que durante gran parte del año nos tapamos la cara con gorros y bufandas y sólo se nos ven los ojos, y sin embargo, podemos relacionarnos unos con otros como ciudadanos. Lo mismo se puede decir de algunos profesionales en los que depositamos nuestra confianza, como los cirujanos que se cubren toda la cara excepto los ojos. No creo que el argumento de la ciudadanía y la transparencia sea clave. El argumento subyacente es el del miedo al otro.

Como feminista, ¿no debería usted denunciar el velo integral como una forma de dominación masculina?
Hay muchas otras formas de dominación con las que transigimos. Por ejemplo, los implantes de silicona, tan extendidos en la actualidad. ¿No son acaso también prácticas que expresan formas de dominación masculina? Incluso diría que son más graves aún, pues la ropa una se la puede quitar, mientras que un implante requiere cirugía.

¿Qué hacer entonces?
En una democracia pluralista lo que hay que hacer es respetar el derecho de las personas a elegir estilos de vida con los que no estamos de acuerdo. Yo no entiendo cómo una mujer puede querer hacerse monja, pero esto no me lleva a concluir que se debería ilegalizar a las monjas. La gente busca maneras distintas de darle un sentido a la vida. Y dado que eso es muy difícil, dejémosles que lo hagan a su manera. Lo importante es que en las escuelas las chicas aprendan cuáles son sus derechos, que se les ofrezca una gran variedad de elecciones mediante un buen sistema educativo y buenas oportunidades de empleo. Esta es la manera de contrarrestar la discriminación.

¿Qué opina de la presencia del crucifijo en las escuelas?
La cruz es un símbolo de una religión, no de todas las religiones. Y es también un símbolo religioso por oposición a la no religión. El criterio debe ser que lo que las instituciones decidan exponer sea inclusivo.

¿Es posible defender la libertad religiosa y mantener en vida el proyecto ilustrado?
Creo que justamente el proyecto ilustrado consiste en respetar por igual a las personas y concederles el máximo espacio para que conduzcan su vida de la manera que mejor les parezca. La manera de respetar mejor las elecciones personales es concederle importancia a la libertad de conciencia.

Daniel Gamper
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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