Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Unirse en lugar de intentar competir


Fútbol, música…¿y paz?
Opinión de Federico Mayor Zaragoza

Al inicio de los partidos finales del Campeonato del Mundo he visto con agrado -aunque la prensa y los medios audiovisuales lo hayan resaltado poco- a los dos equipos alrededor de una pancarta con la inscripción “Di no al racismo” o leer a un capitán, en nombre de ambos contendientes, el famoso verso de John Lennon: “Da una oportunidad a la paz”.

Desde hace años -desde la década de los 70 para mayor precisión- he estado soñando y procurando en toda la medida de lo posible, un sistema genuinamente democrático a escala local, comunitaria, estatal, regional y mundial, convencido de que sería la única manera de terminar el terrible problema de conciencia que representa observar impasibles, como si se tratara de “efectos colaterales” ineluctables, la injusticia, la pobreza, la confrontación, el desamparo, el sufrimiento, la muerte. La vergüenza colectiva -que no debería dejarnos conciliar el sueño- de miles de personas muriendo todos los días de hambre y olvido. De miles de millones sin acceso al agua y servicios higiénicos y sanitarios, sometidos, explotados, humillados.

No es posible vivir “felices” si somos conscientes de que estamos mirando cobardemente a otro lado. Cuando sabemos que estamos explotando riquezas minerales para nuestro “progreso tecnológico” o esquilmando caladeros mientras los nativos sobreviven a duras penas en circunstancias de miseria extrema. Cuando deslocalizamos la producción hacia el Este -y en particular hacia China- sin reparar, porque la codicia no repara en estas cosas, en las condiciones laborales y en la igual dignidad humana en estos países.

Las Naciones Unidas de la cooperación internacional y el desarrollo sostenible, podrían, debidamente reforzadas y dotadas de los recursos personales, financieros y técnicos, asegurar el respeto al Derecho Internacional; la regulación de los tráficos de toda índole, comenzando por la supresión inmediata de los paraísos fiscales; la asistencia rápida y coordinada en casos de catástrofes naturales; la interposición de cascos azules cuando, escudados en la intocable soberanía nacional, algunos países violan masivamente los derechos humanos (Cambodia, Ruanda…) o carecen, como en el caso de Somalia, de “interlocutores” a escala de gobierno…

Pero las Naciones Unidas han sido progresivamente marginadas por los “globalizadores” y sustituidas por los grupos plutocráticos del G.7, G.8 o G.20.

Tienen lugar gran número de declaraciones, manifiestos, resoluciones, conferencias, marchas, concentraciones… en favor de la paz, de la no exclusión, de la justicia social, sin el menor reflejo en los medios de comunicación. Textos con las firmas de las personas más prestigiosas de la Tierra… nada. Páginas y páginas sobre fútbol, sobre el estado y evolución del músculo del famoso delantero… En la radio, horas y horas. En la televisión, el poder mediático alcanza su cenit, con amplios espacios dedicados a enardecidos admiradores (de fútbol y carreras de automóvil especialmente) que aplauden incondicionalmente a los endiosados protagonistas del fervor popular.

Desacreditadas las ideologías y las religiones, porque la política cedió ante el mercado y los valores ante las iglesias, la gente se deja llevar por los nuevos agentes de movilización social, todopoderosos, que, además, les ofrecen interesantes competiciones y alardes deportivos.

Nada se les discute. Ni las fabulosas retribuciones a sus mejores jugadores, ni las inversiones decididas por las autoridades de los equipos. Nadie lleva la cuenta de los “retornos” televisivos. Acostumbrado a valorar cada euro dedicado a la paz y a los derechos humanos, dada la “pertinaz sequía” de fondos disponibles; acostumbrado también a agradecer las escasas líneas y referencias audiovisuales que se dedican a la promoción de iniciativas de prevención y resolución de conflictos -en casa, en el aula, en el lugar de trabajo, en la ciudad… en el mundo- a través de la palabra y no de la fuerza, las pancartas y lecturas citadas al principio de este artículo me han llenado de esperanza.

“Ahí está la solución”, he pensado. Lo que hay que hacer es unirse en lugar de intentar competir. La historia de David frente a Goliat se repite muy de tarde en tarde. En lugar de crear y fortalecer el poder ciudadano y conseguir la atención y adhesión de miles de personas, es mejor y mucho más eficaz asociarse con los que ya disponen de la capacidad de superar, como los más famosos deportistas y cantantes, los muros mediáticos impuestos por el “gran dominio”.

No cabe duda de que no sólo ellos, los más famosos deportistas y cantantes, sino también la inmensa mayoría de quienes les siguen, están a favor de un nuevo orden internacional más justo, donde la fuerza, la violencia y la imposición se sustituyan por la discusión serena, el acuerdo concertado. Donde sean “los pueblos”, como establece la Carta de las Naciones Unidas, y no un grupo de naciones ricas, las que dirijan el destino de la humanidad en su conjunto.

Sí: estoy seguro de que todos piensan -aunque lo olviden con tanta frecuencia- que es intolerable que sólo el 18% de la humanidad viva en condiciones materiales propias del “bienestar”, al mismo tiempo que miles de millones se hacinan en caldos de cultivo que pueden conducir a flujos emigratorios de desesperados o a sucumbir a la tentación del uso de la violencia.

Sí: estoy seguro de que la inmensa mayoría de la gente rechaza que tantos seres humanos -todos ellos “iguales en dignidad”- vivan en condiciones inadmisibles, hasta el punto de morir de hambre. Que no puedan destinarse -cuando centenares de miles de millones de dólares se han utilizado para el “rescate” de las instituciones financieras responsables, en buena medida, de las graves crisis que atravesamos- unas decenas de miles de millones para luchar contra el SIDA y otras enfermedades que afectan y diezman a los países más pobres de la Tierra.

Propongo, pues, caminos de paz conjuntamente recorridos a quienes ocupan hoy posiciones clave para hacer posible el gran cambio desde una secular cultura de guerra a una cultura de convivencia pacífica y de fraternidad, como establece el artículo 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sus referencias a la paz, a la democracia, a los derechos humanos, a la no exclusión… tendrán un eco extraordinario… y serán muchos los ciudadanos “incondicionales” de un club que se adherirán a estas grandes causas y pasarán, con el mismo entusiasmo, a ser ciudadanos del mundo; serán también numerosas las instituciones financieras que se acordarán de destinar algunos fondos a estos “desafíos esenciales”… que encararán progresivamente muchísimos ciudadanos.
A todos ellos, especialmente a los que inicien desde su posición extremadamente visible este gran proceso de transformación, pronunciándose en favor de la paz y la justicia, las organizaciones humanitarias y, sobre todo, tantos “invisibles” les quedarán reconocidos para siempre.

Fuente: http://federicomayor.blogspot.com/

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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