Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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David utilizando a Goliat


El nuevo ecosistema de la información.
Opinión de Diego Beas

La filtración a la Red por WikiLeaks de documentos secretos del Pentágono sobre Afganistán es un ejemplo de distribución de información sin el control de los Estados ni los medios de comunicación tradicionales.
Hace apenas unas semanas le preguntaron a Daniel Ellsberg -responsable de filtrar a la prensa los Papeles del Pentágono en 1971- qué habría hecho hoy, en la era de las redes e Internet, si tuviera en sus manos documentos de la misma importancia de aquellos que fueron el principio del fin no solo de la guerra de Vietnam, sino también de la presidencia de Richard Nixon.

Sin dudarlo, Ellsberg, un hombre que casi alcanza los 80 años y que ha hecho del acceso a la información y la transparencia en el Gobierno una misión, respondió: compraría un escáner y los subiría a Internet.

El entrevistador, insatisfecho con la respuesta, le presionó: “Pero, ¿no considera que la prensa aporta algo; es decir, más allá de los datos y la información que contenían los Papeles del Pentágono, no fueron el New York Times y el Washington Post los que proporcionaron el contexto para interpretar lo que sucedía y cambiar el curso de la historia?”.

Un Ellsberg escéptico respondió que no estaba tan seguro. Lo importante, enfatizó, es hacer pública la información; ponerla en manos de la opinión pública y dejar que la presión surja de allí; si pasa o no por los filtros de los medios de comunicación ha dejado de ser la clave.

¿De verdad? La semana pasada acabamos de atestiguar la que quizá sea la filtración más importante de la historia -al menos por el volumen de información-. En el centro, una combinación de viejos y nuevos medios que reivindica y refuta Ellsberg de manera simultánea. Una revelación que, sobre todo, ha puesto de relieve el complejo ecosistema informativo que emerge de Internet, las redes sociales y las posibilidades virtualmente ilimitadas de difundir información; una clara muestra de la pérdida de centralidad de los mass media y de la llegada de nuevas organizaciones con la capacidad de retar y poner en riesgo la seguridad del Estado.

La información filtrada la semana pasada consta de más de 75.000 documentos secretos del Pentágono redactados por operarios militares sobre el terreno. Proporcionan un detallado close up a más de un lustro de conflicto bélico; no se trata tanto de nueva información como de pequeñas piezas de un gran puzzle incompleto que ahora se comienza a revelar. Los documentos ofrecen detalles sobre el papel de los servicios de inteligencia paquistaníes, las muertes de civiles a lo largo del conflicto, aspectos de la estrategia de contrainsurgencia del Ejército estadounidense, entre varios más.

¿El responsable de la publicación? WikiLeaks, la elusiva y novel organización a medio camino entre una agencia de inteligencia privada, un ejército de hackers y expertos informáticos y un nuevo tipo de canal de difusión de información. La misma web que en abril publicó un vídeo de una matanza del Ejército estadounidense en el centro de Bagdad; la misma que en septiembre de 2008, en plena campaña presidencial en Estados Unidos, publicó los contenidos de una cuenta de correo extraoficial que Sarah Palin utilizaba para evadir las leyes de acceso a la información de Alaska; y la misma que reveló detalles sobre las negociaciones secretas del Gobierno de Islandia durante la crisis financiera del año 2008.

El sitio se define a sí mismo como un servicio público internacional diseñado para proteger a delatores, periodistas y activistas.

Aunque no se considera parte de los medios: “No somos prensa”, afirma su fundador, Julian Assange. Son, dice, un grupo dedicado a defender fuentes de información. Lo que WikiLeaks proporciona es la plataforma para realizar las filtraciones: anónimas, sin intermediarios y sin otro objetivo que el de hacerlas públicas; se trate de correos electrónicos personales o de documentos clasificados que pongan en riesgo la seguridad nacional de países.

El objetivo es utilizar la Red para desafiar los secretos de Estado y obligar a la clase política a que rinda cuentas y opere de manera más transparente. Un terreno tradicionalmente reservado a los medios de comunicación que hoy, con la apertura de las redes y la multiplicación de los canales de difusión, organizaciones como WikiLeaks han comenzando a disputar.

Estamos ante el surgimiento, en palabras de Jay Rosen de la Universidad de Nueva York, de la organización informativa “sin Estado” -stateless-. Es decir, el nacimiento de un nuevo agente capaz de impactar informativamente en prácticamente cualquier país del mundo al tiempo que no se sujeta a ningún tipo de acuerdo tácito o explícito con Gobierno nacional alguno (una forma de control a la que siempre han estado sometidos los medios tradicionales). Por ello, al margen de los detalles específicos revelados en los Papeles de Afganistán, el quid de la filtración gira en torno a cómo se dio a conocer y qué consecuencias se vislumbran tanto para el Estado como para las propias organizaciones que durante al menos los dos últimos siglos han controlado la forma y los tiempos en los que se distribuye la información.

A diferencia de 1971, cuando se publicaron los Papeles del Pentágono, hoy existen múltiples canales y plataformas para llegar a la opinión pública. WikiLeaks lo sabe, y lo explota. Su decisión de proporcionar el material por adelantado a Der Spiegel, The Guardian y The New York Times fue una astuta medida que sobre todo consideró la ayuda que brindarían para interpretar y hacer digeribles los miles de folios escritos en jerga militar -una posibilidad que no utilizó cuando publicó el vídeo de la matanza en el centro de Bagdad-. En pocas palabras, es David utilizando a Goliat.

Además, en una era en la que el coste marginal de distribuir información ha descendido prácticamente a cero, surge también una nueva manera de valorar las noticias que explica en parte por qué WikiLeaks adelantó la información a tres medios cuidadosamente seleccionados. “Pensarías que cuanto más importante es un documento, más interés generaría en la prensa”, afirma Assange. “Pero no es así. La clave ahora está en la oferta y demanda. Oferta cero aumenta la demanda, le otorga valor. Tan pronto como un material se publica en la Red y su oferta se hace infinita, el valor percibido se reduce a cero”. Una nueva y por ahora confusa lógica que domina ya la era de la sobreabundancia de información.

Hablamos de un trasvase de poder sin precedentes: de los medios tradicionales a nuevos actores cuya fuerza principal reside en saber utilizar la ubicuidad de la Red para cambiar el sentido de los flujos de información; invertir el orden y tomar por asalto aquellos espacios que ya sea por negligencia, incompetencia o complicidad, los medios de comunicación y el Estado han dejado desocupados. Repentinamente y debido al poder de las redes, surge un nuevo tipo de organización capaz de reclamarlos e imponer sus exigencias.

Pero, así como las demandas hoy provienen de una organización que exige transparencia y apertura en los Gobiernos, mañana podrían venir de grupos terroristas o el crimen organizado, de especuladores financieros o grupos de interés. El mayor atractivo de las redes -anonimato, viralidad, interconexión-, afirma Evgeny Morozov, estudioso del tema, es también su mayor debilidad. Siempre se han utilizado y se podrán utilizar en cualquier sentido y para cualquier propósito.

Diego Beas
Periodista y analista de Estados Unidos. Ha publicado más de un centenar de artículos sobre la vida política, económica y social de Estados Unidos.
Es autor del libro de próxima aparición La reinvención de la política: Obama, Internet y la nueva esfera pública (Ediciones Península).

Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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