Viernes 30 de Septiembre del 2016
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La creciente desigualdad en nuestra sociedad es claramente inaceptable


Hacia un capitalismo sostenible.
Opinión de Al Gore y David Blood

El capitalismo tiene varias ventajas bien entendidas que lo hacen superior a cualquier otro sistema para organizar la actividad económica. Ha demostrado ser mucho más eficiente en la distribución de recursos y en emparejar la oferta con la demanda, mucho más eficaz en la creación de riqueza, y mucho más propicio para generar altos niveles de libertad y autonomía política. Sin embargo, a su nivel más básico, el capitalismo se ha convertido en la principal ideología económica elegida en el mundo principalmente porque estimula una fracción mayor del potencial humano con omnipresentes incentivos orgánicos que premian la dedicación, la ingenuidad y la innovación.

Por ésta y otras razones, los mercados forman parte de los cimientos de cualquier economía exitosa. Sin embargo, la reciente crisis de los mercados globales (que sigue a otras inestabilidades del mercado en 1994, 1997, 1998 y en 2000-2001), ha sacudido la confianza mundial en la forma en que opera el capitalismo moderno en la actualidad.

Además, los fallos sistemáticos flagrantes y cada vez peores —como la creciente disparidad de ingresos, los altos niveles de desempleo, el endeudamiento público y privado, la falta de inversiones crónica en educación y sanidad pública, la persistente pobreza extrema en países en vías de desarrollo, y, en especial, la imprudente falta de atención a la cada vez peor crisis climática— se encuentran entre los factores que han llevado a muchos a preguntar: ¿qué tipo de capitalismo maximizará el crecimiento económico sostenible? Como mínimo, la última década ha demostrado claramente que los mercados libres, como operan en la actualidad, simplemente no han estado ofreciendo resultados óptimos a largo plazo.

Antes de la crisis y desde entonces, nosotros (y otros) hemos solicitado una forma de capitalismo más responsable y a largo plazo, lo que llamamos “capitalismo sostenible”. El capitalismo sostenible pretende maximizar la creación de valor a largo plazo. Integra explícitamente factores medioambientales, sociales y de gobernabilidad (ESG por sus siglas en inglés) en una estrategia, en la medición de las producciones, y en la evaluación tanto de riesgos como de oportunidades. El capitalismo sostenible nos desafía a generar retornos financieros de una manera responsable y a largo plazo.

Precisamente porque la energía desatada por los incentivos es la verdadera fuente de la fortaleza del capitalismo, creemos que la construcción del capitalismo sostenible debería comenzar prestando atención especial a la naturaleza y el diseño de los incentivos que usan los negocios y fomentan las políticas públicas.

En su libro “The Big Short”, Michael Lewis identificó la causa real de la debacle de las hipotecas de alto riesgo o subprime (que propiciaron la Gran Recesión) como un factor por encima de todo lo demás: “La avaricia en Wall Street era un hecho, casi una obligación. El problema era el sistema de incentivos que canalizó la avaricia”.

Entonces, ¿cómo motivamos a los líderes empresariales para que trabajen pensando en el largo plazo y cómo compensarlos por crear una riqueza sostenible? Para empezar, la compensación debería estar vinculada a los objetivos a largo plazo, y las recompensas financieras deberían estar ligadas al periodo en el que se obtienen resultados.

Por ejemplo, en la industria de la administración de activos, somos fervientes partidarios de honorarios por rendimiento multianuales para incentivar a los inversionistas para que gestionen activos con una perspectiva a largo plazo. Por el contrario, si los propietarios de los activos continúan recompensando a sus administradores en una base trimestral o anual, no deberían sorprenderse al ver cómo los gestores tratan de optimizar los resultados dentro de ese plazo, frecuentemente en detrimento del valor a largo plazo. Desgraciadamente, ésta es una práctica demasiado común entre los propietarios de activos, incluso entre los fondos de pensión, cuyos fideicomisarios están obligados a emparejar el rendimiento a largo plazo de sus activos con el vencimiento a largo plazo de sus pasivos.

En su ensayo “Sentido Común”, Thomas Paine escribió: “La prolongada costumbre de no pensar que una cosa es un error, le da una apariencia superficial de ser correcta”. Esto sin dudas es cierto en el caso de las estrategias de compensación tanto en los negocios como en las finanzas. Nuestro enfoque excesivo en el corto plazo representa un obstáculo fundamental para el desarrollo del capitalismo sostenible.

Las estructuras de incentivos también deberían reflejar medidas más completas de rendimiento. Por ejemplo, cada vez más, las compañías más responsables están incluyendo explícitamente la sostenibilidad ambiental, la satisfacción del cliente, la moral del empleado y la seguridad laboral en sus programas de incentivos. Estas compañías entienden que estas consideraciones ayudan al rendimiento financiero a largo plazo. También creemos firmemente que si los propietarios de los activos quieren que sus administradores de activos consideren los factores ESG en sus decisiones de inversión, entonces deberían incluir estos factores al evaluar, medir y recompensar el rendimiento.

Ralph Waldo Emerson dijo: “La recompensa de una cosa bien hecha es haberla hecho”. Innumerables doctores, enfermeras, profesores, bomberos y policías trabajan incansablemente no sólo por el dinero, sino también por la satisfacción del trabajo bien hecho. Por el contrario, la excesiva dependencia en los incentivos monetarios, a menudo llamada “la cultura de las bonificaciones”, de los líderes corporativos y financieros se produce a costa de estrategias competitivas sostenibles como el trabajo en equipo, la ética, la cultura de la firma y las relaciones a largo plazo con los clientes.

No hay duda de que los incentivos monetarios son importantes —críticos de hecho— pero también es importante considerar otras formas positivas de motivar y hacer partícipe a la fuerza laboral. En un libro reciente de George Akerlof y Rachel Kranton, “Economía de la Identidad”, los autores documentan cómo la gente que trabaja en organizaciones excepcionales trabajan bien porque se identifican con los valores y la cultura, no simplemente las recompensas financieras. Es más, una encuesta reciente de la consultora McKinsey & Co. mostró que los aspectos motivadores no financieros son más eficaces para lograr un mayor compromiso a largo plazo de los empleados. Sin embargo, de alguna forma durante la última década hemos permitido que la “cultura de las bonificaciones” dominara nuestro discurso y pensamientos sobre incentivos. Podemos ver que los resultados no son buenos.

Además, la creciente desigualdad en nuestra sociedad es claramente inaceptable. Hace surgir preguntas fundamentales sobre lo que es justo y sobre si estos niveles de disparidad de ingresos son sostenibles dentro del contexto de la salud y urbanidad a largo plazo de nuestras comunidades.

Los líderes empresariales, así como los comités de las juntas directivas que deciden la compensación, deben ejercer un mejor liderazgo y los accionistas deben involucrarse más en mejorar las estructuras de incentivos. Apoyamos firmemente el “Say on Pay”, por el que los accionistas votan sobre la remuneración de los ejecutivos, y otras disposiciones respaldadas por muchos inversionistas institucionales. Somos contrarios a los límites sobre la compensación decretados por el gobierno y a otras políticas de compensación recomendadas. Sin embargo, si las comunidades empresariales y de inversión no actúan, los gobiernos podrían hacerlo.

Todos los que estamos involucrados en las finanzas y los negocios necesitamos replantearnos urgentemente cómo diseñar e implementar estrategias de remuneración. Necesitamos crear un buen plan de incentivos que sean acordes a los objetivos a largo plazo, que reflejen medidas de rendimiento más completas, que incluyan importantes factores motivacionales no financieros, y que sean equitativos. Esto, junto con un renovado compromiso con estrategias empresariales responsables a largo plazo que incluyan inquietudes ambientales, sociales y gubernamentales, serán pasos significativos hacia la consolidación del capitalismo sostenible.

Al Gore y David Blood
Al Gore, ex vicepresidente de Estados Unidos, y David Blood son cofundadores de Generation Investment Management.
Publicado en: WSJ Américas

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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