Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Hay menos tensión racial en Sudáfrica que en Estados Unidos


Sudáfrica, el país que se enamoró de sí mismo.
Opinión de John Carlin

La buena organización ha roto los temores iniciales y la alegría de la afición ha demostrado que aquello de la tensión racial es una vieja noticia.
Existe una importante proporción de la humanidad que, por cuestión más de temperamento, quizás, que de maldad, busca siempre pretextos para quejarse, para indignarse, para ver el vaso siempre medio vacío, para asustarse y para asustar a los demás.

El Mundial de Sudáfrica les dio amplia oportunidad para descargar su congénito mal rollo. Al menos durante los meses antes de que se celebrara. Ya no. Ahora que el Mundial ha terminado se han quedado en el ridículo, delatados como los mezquinos que siempre fueron.

Ninguna de las catástrofes anunciadas se materializó en el Mundial de Sudáfrica, y ni siquiera un par en las que no se fijaron los agoreros del mal. Una de las no anunciadas fue la posibilidad de que Nelson Mandela muriese durante el torneo, lo cual hubiese hundido, de manera irrecuperable, la fiesta más grande del mundo; la otra, también motivo de secreto terror en la FIFA, fue que al famoso volcán islandés le diera por cubrir los cielos europeos de ceniza durante el torneo, reduciendo de manera drástica el número de visitantes extranjeros a Sudáfrica.

Las catástrofes anunciadas a diario por la rama mezquina de los medios mundiales incluían: cortes de luz que impedirían la transmisión de los partidos en televisión, miles de aficionados durmiendo en la calle debido a la falta de habitaciones de hotel, atentados terroristas de Al Qaeda, masacres diarias de aficionados por parte de los notorios criminales sudafricanos, tensión entre blancos y negros que acabaría en una guerra racial. Lo que escondían todos estos pronósticos negros, de manera no muy disimulada, era no solo el pesimismo innato sino el racismo de quienes los emitían. O la ignorancia. O la cobardía. O una mezcla de las tres cosas.

En cualquier caso, se equivocaron. La pena es que mucha más gente hubiera venido a Sudáfrica de todo el mundo a participar en el Mundial si no hubiera sido por el miedo que los periodistas mediocres les metieron en el cuerpo.

El juego de España ha retratado al Mundial de Sudáfrica. Se ha celebrado con eficiencia, arte y alegría. Salvo un triste detalle. La cruel y trágica ironía de este Mundial ha sido que la única víctima mortal relacionada de alguna manera con el torneo ha sido la bisnieta de 13 años de Mandela, que murió en un accidente de coche tras acudir a un concierto que se celebró en Johanesburgo la noche anterior al partido inaugural. De los muchos nietos y bisnietos que tiene el ex presidente sudafricano la niña fallecida era, según gente cercana a la familia, la más lista, la más simpática, la más generosa, la que tenía la personalidad más parecida al propio Mandela.

Por lo demás, se dieron algunos problemas de transporte de vez en cuando, algunos robos sin heridos y la primera semana del torneo hizo mucho frío. Los periodistas que siempre se quejan, se quejaron. Los aficionados extranjeros se unieron al buen rollo de los locales, salvo algunos ingleses que fueron, como siempre, los más desagradables -los que iban por las calles con el pecho descubierto, borrachos, diciendo sandeces- pero hooliganismo no hubo.

Los anfitriones, de todas las razas y todos los colores, acogieron a los visitantes con simpatía, incluso cuando no necesariamente se lo merecían, y se lo pasaron en grande. Se demostró, de manera contundente y final, que aquello de la tensión racial en Sudáfrica es una vieja noticia. El Mundial sirvió para consolidar y dejar patente lo que ya desde dentro se intuía: que Sudáfrica es un país en el que todos, independientemente de su raza o su cultura o su religión, se sienten profundamente sudafricanos. Hay menos tensión racial en Sudáfrica que en Estados Unidos; hay más unidad nacional que en España.

Nunca los habitantes de un país anfitrión cuya selección cayó tan pronto se lo siguieron pasando tan bien -tan unidos, tan orgullosos, tan eufóricos- hasta el final. El Arzobispo Desmond Tutu dijo el día de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, en 1994, que fue como si todo el país se estuviera enamorando. Volvió a ocurrir en junio y julio 2010. Los sudafricanos se enamoraron de sí mismos, e incluso un poco del resto del mundo. El que vino a Sudáfrica y no lo vio es porque no quiso.

Las cifras del Mundial
– Más de 200.000 extranjeros han visitado Sudáfrica desde el 11 de junio.
– Según la FIFA, es la tercera vez en la historia de los Mundiales que se superan los tres millones de espectadores en los estadios. Las dos veces anteriores fueron en los torneos de Estados Unidos 1994 y Alemania 2006. En Sudáfrica se han ocupado hasta más del 93% de su capacidad.
– La construcción de estadios y carreteras y la remodelación de aeropuertos ha supuesto la creación de 700.000 empleos temporales desde que comenzó a prepararsela cita, en 2004. De ellos, 280.000 se han mantenido a lo largo de 2010. El Estado ha invertido 4.000 millones de euros en todo tipo de infraestructuras.

John Carlin
Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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