Jueves 29 de Septiembre del 2016
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La espera y la paciencia


La tentación del atajo
Opinión de Antoni Puigverd
Excelente artículo con motivo del lamentable accidente ferroviario en Barcelona.

La paciencia es un regalo: cuanto de mayor paciencia uno se recubre, mejor resiste los tormentos del ánimo.
Comentando el tremendo infortunio de los que murieron aplastados por un tren en la noche de Sant Joan, un lector de la edición digital de La Vanguardia apuntó que la causa principal del accidente era “la tentación del atajo”. La expresión me parece luminosa. Una manera lúcida y sugestiva de describir el suceso.

Sugestiva, porque permite evocar con verosimilitud los instantes previos a la dantesca escena del fatal aplastamiento. Un tren de cercanías se detiene en el apeadero cargado de centenares de jóvenes. La verbena está empezando. Retumban en la cercana playa los petardos. Coloristas cohetes escriben sus mensajes festivos en la pizarra de la noche. La fragancia marina se confunde con los perfumes de las mujeres y los hombres acicalados para la fiesta, y se mezcla con el sudor vital de la masa anhelante. Pero la masa queda frenada en el apeadero. El pasillo subterráneo no permite avanzar a la velocidad del deseo, obliga a contener el impulso de la felicidad sensual que la noche con su pólvora y fragancias promete. Incapaz de dominar el impulso, una parte de la masa es tentada por el atajo: por la posibilidad de avanzar a la velocidad del deseo hacia el objetivo anhelado. El fuego de la verbena se transforma en pira trágica; la fiesta, en absurdo sacrificio.

Corriente depresiva
Pero el enunciado “la tentación del atajo” no solamente permite imaginar la trágica escena. Es también un marco que sitúa el infortunio en un contexto que lo explica. Un marco cultural e ideológico. La velocidad es una de las corrientes dominantes de nuestro tiempo. Cincuenta años atrás, todavía en mi pueblo ampurdanés, los carros tirados por caballos competían con lentos ómnibus, voluntariosos seiscientos y camiones ensimismados. Las carreteras eran sinuosas, flanqueadas por vetustos plátanos. El paso de los aviones en el cielo tenía para los niños la sugestión de lo mágico (por la estela blanca) y de lo imposible: sólo volaban los muy ricos. En los pueblos para hablar por teléfono había que esperar la respuesta de la operadora, que podía tardar lo suyo, especialmente en las horas del mediodía, pues desatendía el teléfono para cocinar y comer con la familia. Los sellos de Correos, que coleccionábamos, eran símbolos de una manera lenta y vicaria de viajar. La velocidad residía en la imaginación: sueños, novelas, cine, televisión en blanco y negro. La espera y la paciencia formaban parte de aquel mundo en el que cada actividad todavía tenía un tiempo y un lugar.

La modernidad y el progreso están indisolublemente ligados a la velocidad. Autopistas, y trenes de alta velocidad, cibernética, correo electrónico, vuelos low cost para y por todo el mundo, miles de canales de radio, televisión e internet para informar al instante del resultado del Mundial. En muy pocos años, se ha producido una verdadera revolución. Y en esta revolución ha desaparecido el sentido de la espera (madre léxica de la esperanza): la paciencia ha sido expulsada del diccionario.

Lógicamente, la impaciencia se ha convertido en el principal motor de nuestra idea del progreso. La impaciencia fomenta las obras públicas en los lugares en los que se producen colapsos de tráfico. Fomenta la fragmentación afectiva de nuestras relaciones: nadie tiene paciencia para aceptar defectos en amigos y parejas.

Fomenta los choques culturales y mediáticos: nadie soporta la lenta negociación, los pausados intercambios. Fomenta el tacticismo de los partidos y gobiernos, pues el electorado no soporta esperar unos años hasta comprobar el resultado de una determinada estrategia.

La impaciencia es el motor de nuestras vidas: dominadas por la prisa, el zapping y la cultura de usar y tirar. Sostiene Bauman que ahora nuestra vida es una sucesión intermitente de momentos fugaces que no guardan relación alguna entre sí. Ya no es posible, pues, trabajar como hacía Miguel Ángel:que consideraba la paciencia condición inexcusable de la belleza. Ni como su camarada Leonardo Da Vinci, que comparaba la paciencia con un abrigo. Cuanto más uno se abriga – decía-,más se protege del frío. Cuanto de mayor paciencia uno se recubre, mejor resiste los tormentos del ánimo.

No es extraño que en tiempos de la velocidad y la impaciencia la crisis pueda con nuestro ánimo. Decía (más o menos) Atenea a Telémaco en la Odisea que la paciencia es como un regalo: nace de la consciencia de que la muerte es inevitable. ¿Qué hacemos ahora sin este regalo, sin este consuelo? Machacar nuestras cabezas contra la pared.

Antoni Puigverd
Publicado em: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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