Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Zygmunt Bauman: "creo que el mundo puede aún ser mejor"


Bauman: «Hoy todo es global, menos la política»
Zygmunt Bauman, el teórico de «La vida líquida» y Premio Príncipe de Asturias, habla a ABC sobre la sociedad asustada.
Eran las tres de la tarde en su casita de jubilado de Leeds y el profesor de sociología más de moda de la última década aguardaba, pipa en mano, en la puerta del jardín: «Temía que se perdiera». El hombre postmoderno teme siempre perderse, como esa imagen de Bauman, del patinador que no puede parar porque presiente ya el crujir del hielo bajo sus pies: «Nuestros padres estaban seguros, nosotros caminamos sobre hielo fino».

La tormenta anímica que asola al mundo occidental es un motivo granado para mil cuestiones, pero estos apenas pueden ser los enunciados:
Una globalización mejor es posible porque «hay dos tipos: la negativa actual, que es la globalización de todas las fuerzas que no obedecen a la ley: terroristas, traficantes, corredores de bolsa. Realmente ningún estado en el mundo puede decir que tiene controlados los asuntos del mundo. Luego está la positiva, que apenas todavía no ha empezado».

Europa como comunidad inacabada «ha sido distinta que América: aquí unos están en casa y otros vienen, son invitados o tolerados, allí todos llegaron iguales. Como en la Europa abierta del siglo XVII y XVIII, a la que volvemos ahora con la fluidez de fronteras de Schengen».
¿La identidad? «Es algo que Vd y a todos nos la dicen de pequeños, nos informan de qué somos y qué no podemos ser».

El problema de las mayorías y minorías nacionales «no tiene una solución política sino de respeto. En democracia es muy difícil casar dos tipos de principios, el actual de las mayorías y el cultural de las minorías. En Francia, la educación o la cárcel te informaba de lo que eras, en España no había escuela para eso. Pero sólo separando a la persona del territorio, como antes, se puede ser un polaco en Inglaterra».

Se han roto las compuertas globales «y estamos como a principios del XIX, cuando la industrialización rompió las estructuras y empobreció a los hogares. A los ricos les permite viajar sobre la ola global, pero alcanza a todos: a los pobres la globalización va a visitarlos a su pueblo igual, porque nadie es autosuficiente: un día llega a verte y te informa de que ya no hay trabajo, ni mercado para lo que haces».

Vivimos en las ciudades del miedo «rodeados de inmigrantes a los que mueven las mismas fuerzas, que ellos tampoco controlan. Incluso si lográsemos echar a los inmigrantes, no serviría de nada pues las fábricas se irían donde fueran ellos. Ya somos todos dependientes el uno del otro, pero sin ningún control sistemático: El futuro económico de Europa depende de cosas que pasan lejos de ella».

Estamos en un período transitorio «en el camino hacia un nuevo tipo de integración social, como el conseguido en el siglo XX, y que espero que será conseguido algun día».

El amor también transita «pues para crear una relación necesitas el consentimiento de dos, pero para romperlo solo hace falta uno. Y, con la emancipación de la mujer, parte del proceso general de individualización de intereses, ahora hay dos a romper: la consecuencia es una debilitación de relaciones».

Nadamos como podemos «en una sociedad líquida. Si en la familia tradiconal te casabas para siempre y se acababa el miedo, ahora tenemos más libertad, pero mucha inseguridad y las familias soportan una grave crisis: los ninos tienen muchos abuelos y ninguno».

La pareja da miedo pues «es un buen ejemplo de esta ambivalencia. En este estado líquido, necesitas alguien con quien contar, pero una pareja te impide moverte y te asusta perder oportunidades: la gente ansía pero no quiere una familia».

Queremos controlarlo todo para ser libres lo cual «es antiliberal y antidemocrático: si yo controlo tú no controlas. Pero nos da seguridad poder prever. Algunos eligen el fundamentalismo e hipotecan su libertad, para ser liberados de responsabilidad. Hobbes elige la libertad total, que es sucia y brutal y por tanto cuesta un precio. Surfear entre ambos extremos es creativo, pero también acongojante».

Urgen leyes supranacionales pues «de la ruptura del esquema hogar/manutención de la revolución industrial, logramos sobrevivir prohibiendo el trabajo infantil, estableciendo salarios mínimos y un sistema social. Pero en el nivel nacional. Aún no hemos empezado ni a pensar en hacerlo en el plano internacional. Piense que hoy todo es global, menos la política».

El desafío político más complejo «que ya no veré, será volver a casar el poder con la política, que se han divorciado. El poder se ha hecho abstracto y trasnacional, pero la politica sigue jugándose en el campo del estado».

Aunque los estados a la vez se diluyan «siempre harán falta semáforos y comisarías de policía. Lo difícil es cómo introducir representación política a un nivel superior que el propio estado. Hay acuerdos supranacionales, como en medio ambiente, pero quien no lo firma, aunque sea el más contaminante como EEUU y China, está exento de cumplir. Apenas sólo el poder de la prensa está por encima».

Aristóteles en nuestro parlamento «no llamaría a esto democracia, la suya estaba pensada para instituciones antiguas. Y la actual no está pensada para un mundo globalizado, así que, si no se inventa una global para instituciones globales, no será democracia».

¿Cómo es una democracia global? «yo entreveo un nuevo tipo de instituciones supranacionales, pero no sé cómo hacerlo. Me recuerda a la Revolución Francesa, que sabían lo que querían pero no el cómo llegar. Hicieron falta guerras y experimentos y retrocesos para llegar a la ‘liberté et fraternité’».

¿Y la ONU y los acuerdos de gobierno global? «No hay tal: quien no firma un tratado puede violarlo. Mire la cuestión ecológica: Los dos paises mas contaminantes, EEUU y China, no firman y ¿los demás qué pueden hacer con sus programas? No hay ninguna institución, ninguna autoridad efectiva, quitando a lo mejor a los periodistas, que pueda hacer presión».
No hay valores pero sí grandes declaraciones que «es hipocresía barata: un 79% de los británicos dicen que salvar el planeta es lo mas importante, pero ninguno dice estar dispuesto a hacer algo. Utilizamos el clásico discurso de los valores, pero vacío, porque antes se sabía que requerían compromiso pero hoy nadie quiere un sacrificio».

Europa puede no ser ya referencia «sino más bien el asilo del mundo. Tenemos colonias, una colección de territorios separados, en los que hemos intentado introducir principios democráticos. Pero no creo que una mera colección de países demócratas hacen un planeta demócrata: Hay un paso importante entre lo nacional y lo global: Ése va a ser el desafío más grande, tal vez mortal, de esta generación».

Estados Unidos, en cambio, «es hoy en día el país más poderoso y, como tal, tiende ha convertir cualquier problema en un problema militar».
Sobre el pesimismo: «Los optimistas son quienes se contentan pensando que esto es todo lo que hay. A mí me llaman pesimista, pero no, estos creen que realmente los optimistas tienen razón. Yo, en cambio, creo que el mundo puede aún ser mejor».

Ramiro Villapadierna
Publicado en: ABC

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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