Martes 27 de Septiembre del 2016
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Británicos más cerca de Europa


Esos británicos enamorados de Europa.
Aunque en el continente todavía abundan los británicos ‘eurófobos’ a los que las costumbres extranjeras nunca dejan de asombrar, una nueva generación, más acorde con las posturas sociales europeas, comienza a cobrar protagonismo, afirma Mary Dejevsky.

“Nueva Europa”, ésta fue la cuidada expresión que acuñó Donald Rumsfeld en apoyo de la campaña bélica de la administración Bush. Los “arcaicos europeos” la aborrecían y la ridiculizaban por dar a entender que la brecha causada en Europa por la invasión de Irak era más profunda de lo que en realidad era. Nunca pudieron negar que escondía un ápice de verdad.

Los ‘fósiles pro-europeos’ defienden la espera
Pero eso era antes. Ahora que Polonia y Rusia están haciendo las paces, Europa Central y del Este ha perdido su sed de guerra contra Estados Unidos y la administración Obama está evitando a toda costa la idea de las relaciones especiales, puede que ya vaya siendo hora de enterrar esta molesta idea. Seis años después de que la Unión Europea concluyese su mayor ampliación única, las divisiones no están ni tan marcadas ni albergan tanto rencor como antaño. No obstante, incluso a medida que la “nueva” Europa se va fundiendo con la vieja, ¿podría suceder que una nueva raza de “nuevos” europeos un tanto distinta estuviera colonizando el lugar más remoto, esto es, Reino Unido? Existen motivos para la duda, pero, de pronto, también para la esperanza —para nosotros, fósiles pro-europeos—.

No hace tanto, me lamentaba sobre lo que parecía una estratificación por periodos de los intereses británicos en política exterior. Estaban aquellos que recordaban la segunda guerra mundial y consideraban el fascismo, en sus diversas manifestaciones, como la mayor amenaza. Estaban aquellos que crecieron junto a la sombra alargada de aquella guerra, convertidos en valientes combatientes de la guerra fría, que miraban hacia el otro lado del Atlántico y se aferraban al abrigo de la OTAN. Tras ellos, llegó la generación a la que podría calificarse de primeros europeos: nosotros, que teníamos la libertad de movernos por, al menos, medio continente, que recorríamos sus cada vez menos fronteras con un espíritu de aventura nunca visto.

Ninguna despedida de soltero en Tallín sin idealismo europeo
En mi opinión, el estrepitoso fracaso de mi generación —la europea—, fue la incapacidad para contagiar nuestro entusiasmo a los que venían detrás. La caída del Muro de Berlín y la emoción de la reunificación de las dos mitades de Europa no dejaban lugar a dudas. Y estaban los viajes baratos que imponían las vacaciones de borrachera en Ibiza y Creta como rito de paso y las hordas furtivas de veinteañeros que iban a Tallín de despedida de “soltero” de fin de semana.

Pero esos placeres parecían convivir con la indiferencia, la sospecha, incluso la xenofobia, frente a Europa y la UE. Esa generación parecía ajena al hecho de que, si podían disfrutar de esas experiencias con tanta facilidad, era únicamente gracias al idealismo de quienes quisieron borrar la guerra del continente europeo y fundaron las instituciones para hacerlo realidad.

Una Gran Bretaña desconectada y europea
Hasta este mismo mes, se ha dado por sentado de forma generalizada que el sello de David Cameron, su euroescepticismo, iba a granjearle los votos de un electorado británico de su misma opinión. La tradicional postura sin complejos pro-europea de los liberaldemócratas se percibía como un obstáculo no sólo para el partido, sino también para Nick Clegg. Incluso se llegó a bromear —no sin dejar entrever cierta seriedad— que el dominio que Clegg demuestra de varios idiomas, su estancia en Bruselas, su estilo algo continental, su madre neerlandesa, su padre de ascendencia rusa, su mujer española y los nombres españoles de sus hijos, podían jugar en su contra cuando se trata del votante británico de provincias.Todavía está por ver cómo se defiende mañana por la tarde, pero creo que el estilo desenfadado y ajeno a las clases de Clegg está en la línea de una Gran Bretaña —por lo menos de una Gran Bretaña urbanita— que se ha ido tornando más informal e internacional, incluso claramente europea, en los últimos veinte años.

Primero fue la oposición a la guerra de Irak por ser reflejo de las prioridades estadounidenses y no de los intereses nacionales de los países europeos a cuyos líderes habían pedido su apoyo. Francia y Alemania dijeron No. Un buen número de británicos también dijo No, pero sufrió la marginación de un gobierno y una oposición que sí entraron al juego. Luego vino el “estado social”, con su predilección por la protección del empleo, la reducción de la jornada y el incremento de la igualdad que los últimos gobiernos británicos han considerado que nos convenía. Y, por último, en medio de todo el debate que ha suscitado el endurecimiento de la regulación del sector bancario, la opinión pública británica adopta una actitud más punitiva que gobierno u oposición, en otras palabras, más continental, que arguye que el crecimiento del PIB no es la única garantía de éxito.

Los veinte años de affaire con Estados Unidos ha hecho tanta mella en el Reino Unido que puede que estemos dando un empujón a nuestras posturas sociales y económicas hacia una dirección más europeísta. Y puede que la política también esté cambiando. Es digno de mención que el reciente Libro Verde en materia de defensa elaborado por el legislativo propusiera un acercamiento de las relaciones con Francia cuando menos se esperaba. Si resulta que el euroescepticismo ha perdido su atractivo infalible, quizá mi generación pueda atribuirse parte del mérito. Después de todo, habremos convertido en europeos a nuestros paisanos isleños.

Mary Dejevsky
Publicado en: The Independent-Presseurop

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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