Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Los países en desarrollo tienen mucho que decir


Modernizar el multilateralismo.
Opinión de Robert Zoellick

Es el momento de decir adiós a conceptos obsoletos como el de “Tercer Mundo” y dar la bienvenida al multilateralismo moderno. Los países en desarrollo tienen mucho que decir y más responsabilidades que afrontar en el nuevo escenario global.
Si en 1989 desapareció a su fin el Segundo Mundo con la caída del comunismo, en 2009 le llegó la hora a lo que se conocía como Tercer Mundo. Nos encontramos en este momento ante una nueva economía mundial multipolar que evoluciona rápidamente, en la que el Norte, el Sur, el Este y el Oeste son ahora puntos cardinales, no destinos económicos.

La pobreza persiste y hay que combatirla. La existencia de los Estados fallidos continúa y tiene que abordarse. Los problemas mundiales están intensificándose y debemos afrontarlos. Pero la manera de tratar estos asuntos está cambiando. Las antiguas categorizaciones de Primer y Tercer Mundo, de donantes y suplicantes, de líderes y seguidores, ya no tienen cabida.

En la actualidad, ya se ven las tensiones que sufre el multilateralismo. La ronda de Doha de la Organización Mundial del Comercio y las deliberaciones sobre el cambio climático celebradas en la Cumbre de Copenhague pusieron de manifiesto lo difícil que será compartir las responsabilidades y los beneficios entre los países ricos y en desarrollo. Y lo mismo ocurrirá con muchos otros desafíos que se vislumbran: el agua, las enfermedades, la migración, los asuntos sobre población, así como los Estados frágiles y los que salen de un conflicto.

Ya no es posible resolver las grandes cuestiones internacionales sin la participación de los países en desarrollo. Pero al descubrir un nuevo foro en el Grupo de los Veinte (G-20), no se puede imponer una jerarquía inflexible. Tampoco es posible afrontar esta transformación del mundo a través del prisma del G-7. Los intereses de los países desarrollados, por muy bien intencionados que sean, no pueden representar la perspectiva de las economías emergentes.

Con todo, modernizar el multilateralismo no consiste sólo en que los Estados ricos aprendan a adaptarse a las necesidades de las nuevas potencias. El poder trae aparejada la responsabilidad. Los países en desarrollo deben darse cuenta de que ahora son parte de la arquitectura global y que el contar con sistemas internacionales robustos atañe a sus propios intereses.

No podemos permitirnos volver a la geopolítica habitual. Una “nueva geopolítica para una economía multipolar” tiene que compartir responsabilidades y, al mismo tiempo, reconocer las diferentes perspectivas y circunstancias con el fin de lograr objetivos mutuos.

Con respecto a la reforma financiera, es evidente que necesitamos una mejor regulación. Pero hay que tener cuidado con las consecuencias imprevistas, como el proteccionismo financiero. Las regulaciones acordadas en Bruselas, Londres, París o Washington pueden surtir efecto para los grandes bancos, pero también podrían coartar las oportunidades económicas y el crecimiento de los países en desarrollo. Wall Street ha expuesto los peligros de la imprudencia financiera, y nosotros tenemos que prestar atención y actuar con determinación. Sin embargo, empleada y supervisada prudentemente, la innovación financiera ha mejorado la eficiencia y ha ofrecido protección contra los riesgos, incluso en el ámbito del desarrollo. Si se emplea el prisma populista del G-7, se pueden limitar las oportunidades para miles de millones de personas.

En cuanto al cambio climático, las políticas ambientales pueden vincularse con el desarrollo y obtener el respaldo de las economías emergentes para lograr un crecimiento con bajas emisiones de carbono, pero ello no ocurrirá si se las impone a la fuerza. Estos Estados necesitan apoyo y financiamiento para realizar inversiones que conduzcan a un crecimiento menos contaminante. En el mundo hay 1.600 millones de personas que carecen de electricidad. Si bien debemos cuidar el medio ambiente, no podemos pretender que los niños africanos hagan sus deberes a la luz de una vela o negar a los trabajadores de África empleos en el sector de manufacturas. El desafío consiste en apoyar la transición al uso de energía más limpia sin sacrificar el acceso, la productividad y el crecimiento que permitan salir de la pobreza a centenares de millones de personas.

En cuanto a la respuesta frente a la crisis, en un mundo en transición, el peligro es que los países ricos se centren en la realización de cumbres relativas a los sistemas financieros, o concentren su atención en la mala administración de Estados desarrollados como Grecia. Escuchar la perspectiva de las naciones en desarrollo ya no es tan solo una cuestión de caridad o solidaridad, es un asunto de interés propio. Estos países ahora son fuentes de crecimiento e importadores de bienes de capital y servicios de los Estados desarrollados. Ya no quieren discutir únicamente el elevado nivel de endeudamiento de los países ricos; quieren centrarse en las inversiones productivas en infraestructura y en desarrollo en la primera infancia. Desean liberalizar los mercados para crear empleo, aumentar la productividad y generar crecimiento.

Este nuevo mundo requiere instituciones que sean rápidas, flexibles y que rindan cuentas, que puedan dar representación a los que no la poseen y que tengan recursos de disponibilidad inmediata. El Banco Mundial debe reformarse para contribuir al cumplimiento de esta función. Y debe hacerlo constantemente a un ritmo cada vez más rápido. Por eso hemos emprendido las reformas más integrales de la historia de la institución, que incluyen el incremento de los derechos de voto y la representación de los países en desarrollo. Con todo, se necesitan recursos para solucionar los problemas. El BM precisa de más medios para respaldar la reanudación del crecimiento y para hacer que un multilateralismo modernizado funcione en esta nueva economía global multipolar. Si la recuperación no es firme, nos veríamos forzados a mantenernos al margen. Por esto el Banco Mundial procura lograr su primer aumento de capital en más de 20 años.

En la nueva economía mundial multipolar, la mayor parte de la autoridad gubernamental seguirá radicando en los Estados-nación. Sin embargo, muchas decisiones y fuentes de influencia fluyen alrededor, a través y más allá de los gobiernos. El multilateralismo moderno debe incorporar nuevos agentes, forjar la cooperación entre éstos y los ya existentes, y aprovechar a las instituciones internacionales y regionales para ayudar a abordar las amenazas y sacar provecho de las oportunidades que sobrepasan la capacidad de los distintos Estados.

El multilateralismo moderno no será un sistema jerárquico, sino que se parecerá más al crecimiento de Internet e interconectará cada vez más países, empresas, personas y ONG a través de una red flexible. Las instituciones multilaterales legítimas y eficaces, como el BM, pueden constituir el tejido conductor que atraviese la arquitectura que conforma el esqueleto de este sistema multipolar dinámico. Debemos respaldar el surgimiento de varios polos de crecimiento que pueden ser de beneficio para todos.

Robert Zoellick
Presidente del Banco Mundial.
Publicado en: FP

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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