Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Un impuesto bancario para reducir los pobres del planeta


La hora del impuesto Robin Hood.
Opinión de Jeffrey D. Sachs.

El sector bancario ocupa un lugar singular en la economía. Wall Street, la City de Londres, Francfort y otros centros financieros, tan vitales como tendentes a la crisis, son el corazón palpitante de la economía, que inyecta liquidez a través de las arterias de la industria tanto a escala nacional como mundial. Cuando sufren una arritmia financiera, como en la dura crisis de septiembre de 2008, la economía de todo el mundo se arriesga a sufrir una muerte súbita.

Entonces se recurre a los sistemas de reanimación. La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra, los proveedores supremos de liquidez, no sólo salvan a los bancos, sino que también protegen sus beneficios. El señoreaje de los bancos centrales (ingresos obtenidos por el privilegio de crear dinero) se comparte a efectos prácticos con los principales bancos al prestarles fondos a tasas de interés cercanas a cero para préstamos por adelantado con diferencial.

Así fue como la Reserva Federal logró que Wall Street alcanzara beneficios récord en 2009, pese a los increíblemente malos balances de los bancos y su comportamiento, hasta entonces imprudente. La Reserva Federal inyectó más de un billón de dólares de liquidez nueva en el sistema financiero y, como era de esperar, Wall Street consiguió unos beneficios calculados en 55.000 millones o más. Con una sonrisita de complicidad, los banqueros de Wall Street lograron acceder también a su participación en el señoreaje, por la friolera de 20.000 millones de dólares en bonus de fin de año, sin contar siquiera las opciones sobre acciones no ejecutadas.

Las instituciones financieras más importantes, en particular los principales intermediarios de los bancos centrales como Barclays, Deutsche Bank y Goldman Sachs, ocupan por tanto una muy buena situación en el sistema. Se trata de servicios públicos de pleno derecho, órganos vitales para la economía que deben sus recompensas financieras y cables de salvamento a la proximidad con las imprentas de los bancos centrales. Las enormes primas se dan año sí y año también, tanto si nieva como si brilla el sol, sea época de vacas gordas o de vacas flacas.

Los banqueros con visión de futuro cayeron en la cuenta hace tiempo de que ellos también deberían compartir el señoreaje; por supuesto, no con nosotros, los ciudadanos, sino con las autoridades públicas que controlan la Reserva Federal y Hacienda. El sector financiero es el mayor lobby en EE UU y también el que más dinero dona para las campañas electorales. El dinero de la Reserva Federal sí se reparte, eso está claro. No hay duda de que lo mismo ocurre en Londres, París, Tokio y otros lugares.

Nos dicen que los bonus de los banqueros son necesarios para que estos hábiles técnicos (los que casi nos arruinan a todos) no abandonen el barco. Pero ¿adónde irían? Lo que los economistas llamarían el “coste de oportunidad” de los banqueros (el mejor salario que podrían conseguir fuera del sector bancario) sería considerablemente inferior sin el señoreaje. Y eso duele.

Los políticos empiezan por fin a dar la cara ante la desfachatez de estos contubernios. Los presidentes Obama y Sarkozy, el primer ministro Brown y la canciller Merkel han exigido hace poco un nuevo impuesto bancario para recuperar parte del señoreaje, al igual que han hecho otros gobiernos del G-20. Y justo a tiempo, ya que los ciudadanos han puesto el grito en el cielo ante la injusticia de la situación y los sangrantes megadéficits de los presupuestos nacionales. Naturalmente, la aplicación de impuestos no es más que una pequeña parte de una estrategia coherente para reformar el sector bancario que incluya impuestos, nuevas normativas sobre endeudamiento y remuneración, controles para los mercados de derivados y políticas monetarias más estables que en la era Greenspan-Bernanke.

Por consiguiente, si los ciudadanos se mantienen atentos, se comenzará a aplicar un impuesto bancario en las principales economías del G-20. Pero, ¿qué deberíamos exigir de semejante impuesto? Para los que llevamos años defendiendo que el sector financiero pague más impuestos las respuestas son bien conocidas. Deberíamos exigir armonía fiscal internacional para que los bancos no se limiten a trasladar sus libros de cuentas a los paraísos fiscales con los impuestos más bajos. Deberíamos exigir una base imponible transparente y recaudable que se centre en las principales instituciones financieras, con un impuesto que se aplique al pasivo del banco o a alguna combinación del pasivo y determinadas transacciones financieras. La Administración de Obama ha propuesto hace poco gravar el pasivo. En cualquier caso, un objetivo esencial debería ser recuperar parte de los beneficios de los que sólo disfrutan los grandes bancos. Y deberíamos exigir justicia en el uso de los fondos, en particular tras las promesas fiscales rotas y las esperanzas incumplidas de justicia económica.

Europa tiene una función primordial que desempeñar en esta cuestión. Varios gobiernos importantes, entre ellos Francia, Reino Unido y Alemania, se muestran ahora partidarios de gravar las transacciones, al igual que el Parlamento Europeo. La idea cuenta con un amplio apoyo popular. Los líderes europeos deberían tomar la iniciativa, e intentar por todos los medios que EE UU se adhiera, pero seguir adelante de todos modos, incluso si EE UU no lo hace. Una parte considerable de la tasa bancaria debería utilizarse para reducir el déficit, como reflejo de la perentoria necesidad de solvencia fiscal en todos nuestros países. Pero parte del mismo debería utilizarse para los más pobres entre los pobres del mundo. Como siempre, han sido ellos quienes se han llevado la peor parte de los desmanes financieros y visto la impudicia de las primas bancarias, además de muchas más promesas rotas de ayuda mundial.

El reservar parte del impuesto para ayuda al desarrollo contribuiría a garantizar que la ayuda fluyera y también a armonizar la carga de la ayuda. Resulta curioso que las propuestas de Obama hayan pasado por alto este elemento crucial, pero este descuido es tristemente coherente con la tendencia de EE UU a no aportar su parte correspondiente para la ayuda al desarrollo. Destinar a este fin parte de una tasa bancaria armonizada a escala mundial ayudaría a asegurar a los donantes de todo el mundo que EE UU y otros donantes rezagados cumplirán los criterios internacionales para el reparto de la carga. Dado que Wall Street causó esta crisis, los argumentos a favor de este reparto justo son todavía más válidos.

En 2005, en Gleneagles (Escocia), el G-8 prometió solemnemente duplicar la ayuda anual a África para 2010, aproximadamente 30.000 millones de dólares adicionales cada año. Como era de suponer, este año se han quedado cortos en unos 20.000 millones de dólares. Lo que los banqueros de Wall Street se llevan en bonus al final de año en un mal año no puede conseguirlo el poderoso G-8 para 800 millones de las personas más pobres y hambrientas del mundo, ni siquiera para cumplir una promesa explícita y repetida a menudo. No hay mejor uso para el nuevo impuesto bancario que respetar esas promesas, y de ese modo construir una base predecible y fiable para la ayuda al desarrollo con vistas al futuro.

La catástrofe financiera podría así suponer el principio de una verdadera reforma financiera en lugar de otra burbuja más. Un impuesto bancario dedicado a la reducción del déficit y a los pobres del planeta mataría tres pájaros de un tiro. Las operaciones bancarias realizadas por las principales instituciones financieras y otras empresas importantes volverían a ser consideradas como lo que deberían ser en realidad, un servicio público, y nos rescatarían al menos en parte de la orgía de avaricia desatada por la liberalización imprudente. Los criterios bancarios se armonizarían mejor en todo el G-20, y avanzaríamos hacia una situación de equilibrio regulatorio en lugar de la reciente carrera hacia el mínimo entre Nueva York, Londres y otros centros monetarios. Y se haría algo de justicia al demostrar que estamos dispuestos a cumplir nuestra palabra, cuando no cumplirla significa hambre, enfermedad, y la muerte de millones de las personas más pobres del mundo. –

Jeffrey D. Sachs.
Es director del Instituto de la Tierra y catedrático de la Universidad de Columbia. También es asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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