Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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La palabra clave es compartir


“El crecimiento no da más felicidad”.El movimiento del decrecimiento analiza las estrategias para reducir el consumo.El crecimiento económico no nos trae más felicidad”. Lo dicen los economistas y ecólogos partidarios del decrecimiento, que concluyen hoy en Barcelona su segunda conferencia mundial. Quieren así desmitificar algunos de los valores que rodean la economía tradicional. En los países en los que el salario medio supera los 15.000 dólares (11.500 euros) ya no es posible comprar esa felicidad…“La economía tradicional parte del supuesto de que la gente, cuanto más dinero gana, más feliz es. Pero esto no es cierto; al menos, no del todo. En Europa, vemos que los índices de felicidad crecieron hasta 1970; luego se mantuvieron constantes y, a partir de 1990, ha habido una inflexión a la baja”, dice el investigador italiano Federico Demaria.El economista Tim Jackson señala la relación entre ingresos económicos e índices de felicidad que se da en los países en desarrollo. Las rayas de ambos indicadores suben en paralelo. Sin embargo, a partir de determinado umbral, en los países industrializados, esa mejoría es sólo mínima en el mejor de los casos. De hecho, “la relación entre incrementos de ingresos y felicidad es inexistente en los países donde el salario medio supera los 15.000 dólares”, dice en el libro La situación del mundo 2008 (Icàrial Editorial).Demaria recuerda que en Estados Unidos los ingresos por persona se han triplicado desde 1950, mientras que el porcentaje de personas que declaran sentirse muy felices no ha aumentado casi nada. En Japón la satisfacción de la gente ha cambiado muy poco desde hace décadas. Y en el Reino Unido, el porcentaje de personas que declaran ser muy felices ha bajado del 52% al 37% desde 1957 hasta ahora.”La felicidad la da la familia, la amistad, la salud, la aprobación del grupo, la espiritualidad, el deporte y otros valores”, resume Demaria.La segunda conferencia sobre decrecimiento ha servido para debatir las estrategias que este movimiento económico debe poner en marcha para reducir el consumo como fuente de frustraciones personales y “causante de desequilibrios sociales y ecológicos” (agotamiento de recursos fósiles, créditos y despilfarro).Sin embargo, reducir este consumo o moderarlo –pensando en los países pobres– es una tarea complicada y “requiere cambios estructurales en la sociedad”, señala Giorgos Kallis, investigador de la UAB-ICREA. Por ejemplo, los educadores ambientales chocan con un muro al tratar de reducir el consumo de energía. Las paradojas son múltiples. Las nuevas tecnologías permiten tener electrodomésticos más eficientes, diseñados para gastar menos energía; pero, en la práctica, al generalizarse su uso una vez abaratados, se pierde el sentido que los ideó. Así, “tenemos coches más eficientes, pero cada vez hacemos más kilómetros. Y el dinero que ahorramos en electricidad poniendo bombillas de bajo consumo en casa lo llevamos a un banco que fomenta el crecimiento o lo empleamos para hacer un gran viaje en avión a la otra parte del mundo”, dice Giorgos Kallis.”Que todo el mundo quiera consumir el mismo nivel de recursos que el mundo rico no es sostenible. La palabra clave es compartir. Hay que compartir para dejar espacio para que también otros puedan cubrir sus necesidades; consumir menos para que otros puedan vivir. Y también esto comporta una apuesta por reutilizar; es decir, compartir las mismas cosas a lo largo del tiempo”, señala François Schneider, otro de los promotores del decrecimiento. “Tenemos que consumir menos. La energía no puede ser consumida una segunda vez; la tecnología no resolverá la falta de recursos energéticos. Necesitamos cambiar las instituciones y fomentar la economía local”, dice el economista italiano Mauro Bonaiuti.La conferencia ha servido para reunir a los estudiosos de la economía ecológica, convencidos de que el crecimiento tiene unos límites, los que imponen los recursos naturales y energéticos. Y ha lanzado propuestas para dar valor a actividades que ahora relega la economía tradicional (salarios para amas de casa, voluntario) o para canjear productividad por menos horas de trabajo.Publicado en: La Vanguardia

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