Lunes 26 de Septiembre del 2016
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Refugio para víctimas de la prostitución


Iana Matei, la esperanza para dejar la calle.La publicación Reader’s Digest ha nombrado a Iana Matei “Europea del año 2010″ por haber salvado a 420 mujeres de la prostitución forzada. Además, gestiona un centro donde las víctimas del tráfico de seres humanos encuentran refugio y se rehabilitan.Cuando Iana Matei creó el refugio para las víctimas de las redes internacionales de prostitución hace 12 años, era el primero en Rumanía. Desde entonces, 420 mujeres han salido del infierno de la prostitución forzada gracias a ella y han podido rehacer su vida.En la gran sala común, las persianas están cerradas. El silencio tan sólo se interrumpe por los diálogos de la película americana que se ve en la tele. Varias jóvenes sentadas miran al televisor en silencio, absortas en sus pensamientos. La puerta se abre y entra una mujer rubia cuyo rostro ilumina una gran sonrisa. Ilana Matei no aparenta tener 50 años. Gestiona junto a dos trabajadores sociales este refugio para ex prostitutas desde 1998, año en el que volvió a Rumanía. Salió del país en 1989, porque era investigada por la policía. Huyó primero a Yugoslavia, donde trabajó como intérprete para la Organización de Ayuda a los Refugiados de las Naciones Unidas y posteriormente emigró a Australia, donde se ganó la vida como contable en una empresa de autobuses. Poco después de su llegada a Bucarest, esta psicóloga de formación nacida en Transilvania comenzó a implicarse en varios proyectos para ayudar a los niños de la calle.Un día, recibió una llamada de un policía: “No sabemos qué hacer con tres fulanas que hemos recogido en la calle”. “Eran tres niñas de entre 13 y 14 años, heladas, mal vestidas y hambrientas. Me contaron que las había vendido un zíngaro y que luego las volvió a comprar y las sacó a la calle para ‘producir'”, recuerda Iana. “No sabía qué hacer ni dónde llevarlas. En mi casa no tenía espacio. Pasaron la noche en el hospital. Y mientras pensé en una solución”.Esa noche nació Reaching Out, la primera asociación que ofrecía refugio a las víctimas de la trata de seres humanos en Rumanía. Al día siguiente, Iana alquiló un apartamento en Pitesti y se instaló en él con las chicas. Comenzó a preparar proyectos, porque hacía falta dinero. Luego, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) la llamó para comunicarle que había otras chicas que necesitaban un techo durante un tiempo, para poder recuperarse: procedían de Bosnia, de Macedonia o de Albania, donde habían sido maltratadas y explotadas sexualmente. Entonces, Iana alquiló otro apartamento.Convencer a las chicas para que denuncienPor lo general, las chicas que acoge regresan de Italia y de España, los principales países de destino de las jóvenes rumanas víctimas de las redes de prostitución, según un informe de 2009 del Departamento de Estado estadounidense sobre el tráfico de seres humanos. También llegan de Grecia, República Checa y Alemania, donde a la explotación sexual se añade la mendicidad forzada y el trabajo agrícola forzado.La mayoría de las veces, las jóvenes necesitan tratamientos médicos, ya que presentan cortes de navaja, quemaduras de cigarros, están embarazadas o en estado de estrés post-traumático. A ello se suman las sesiones de apoyo psicológico. Luego, los días se desarrollan casi de forma rutinaria, con las tareas diarias que se les asignan.Para ellas, Iana representa más que una familia, porque las suyas las rechazan en la mayoría de los casos: “Los padres les reprochan que se hayan prostituido, que se hayan dejado engañar, que les hagan pasar vergüenza ante sus vecinos. Somos una sociedad enferma, en la que un niño aún se educa con el lema: ‘yo te he creado y yo te mato’. Los padres, esclavos de los prejuicios sociales, sufren en silencio estos compromisos, sobre todos si las chicas llegan embarazadas. Y para asegurarse de que las chicas no les van a denunciar, algunos traficantes no dudan en casarse con ellas”. Y las que deciden llevar ante la justicia a los traficantes “se enfrentan a los abogados que generosamente pagan los traficantes y sufren presiones y amenazas para que retiren las denuncias”.Y a veces ceden. En este aspecto Iana también las apoya. Les aconseja que luchen, para que los culpables paguen. Tras conversar y almorzar con las chicas, Iana sale del centro. De camino al coche, recibe una llamada. Se esfuma la sonrisa, su rostro se tensa: “Sí. Claro que puedes venir a vivir al centro. ¿Dónde estás? Venga, ánimo. ¡Te esperamos!”.Publicado en: adevarul-Presseurop

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