Sábado 01 de Octubre del 2016
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Chomsky y el imperio americano


La conciencia del imperio.
La invasión a Afganistán es “uno de los actos más inmorales de la historia moderna”, afirma el lingüista Noam Chomsky, devenido tras la guerra de Vietnam, en crítico feroz de la política exterior estadounidense. Aquí, su mirada sobre la actualidad.
Noam Chomsky es en el mundo angloparlante lo más parecido a una superestrella intelectual. Filósofo del lenguaje y activista político de gran reputación académica, dado que prácticamente inventó la lingüística moderna, se reúne con presidentes, interpela a la Asamblea General de la ONU y cuenta con un gran público internacional. Cuando habló en Londres recientemente, donde esta entrevista fue realizada, miles de jóvenes se disputaron las entradas para asistir a sus conferencias, que se transmitieron en vivo por Internet a todo el globo y en las que el lingüista estadounidense de ochenta años contestó preguntas desde lugares tan lejanos como Gaza.

Sin embargo, el grueso de los medios masivos occidentales no parece haberlo advertido. Se venden centenares de miles de sus libros, los estudiantes lo rodean como a un personaje célebre, pero rara vez se informa sobre él o se lo entrevista en los Estados Unidos, excepto en los sitios web y los diarios radicalizados. La explicación, por supuesto, no es difícil de encontrar. Chomsky es el crítico estadounidense más destacado del papel imperial de los Estados Unidos en el mundo, y utilizó su erudición y su posición para revelar y condenar ese papel desde la época de Vietnam.

Al igual que el filósofo inglés Bertrand Russell –que criticó las guerras con respaldo occidental hasta su muerte a los noventa y siete años de edad–, Chomsky aportó su prestigio académico a una infatigable campaña contra las barbaridades de su propio país en el exterior, si bien, a diferencia del aristocrático Russell, Chomsky es hijo de refugiados judíos de clase trabajadora que huyeron de la persecución zarista. No es extraño que se le haya devuelto el golpe con denuncias o, lo cual es mucho más habitual, con silencio. Mientras una figura de mucho menor peso como el filósofo atlantista francés Bernard Henri-Levy goza de un enorme respeto tanto en su país como en el exterior, se ignora a Chomsky y también su genuina popularidad.

De hecho, sus libros están prohibidos en la biblioteca de la cárcel estadounidense de Guantánamo. El mismo es el más claro ejemplo de su modelo de cómo el disenso se elimina de los medios occidentales, modelo que planteó en su libro Fabricando el consenso, de 1990. Sin embargo, como Chomsky es el primero en señalarlo, la marginación de quienes se oponen a la política estatal occidental no es nada en comparación con la brutalidad de que son objeto los que desafían a los Estados que cuentan con el apoyo de los Estados Unidos y sus aliados en Oriente Medio.

Nos encontramos en una pausa en medio de una agenda de clases y conferencias que resultaría agotadora para un hombre de la mitad de su edad. En el podio, el estilo de Chomsky es seco e inexpresivo a medida que recorre regiones y conflictos históricos casi sin respirar, siempre con el respaldo de multitud de fuentes y citas, a menudo de archivos del gobierno y funcionarios estadounidenses.

En el diálogo, sin embargo, es cálido y vehemente, características que sólo modera una leve sordera. Hace poco volvió a viajar, explica, luego de un período de tres años en los que se dedicó a cuidar a su esposa y colega lingüista Carol, que murió de cáncer hace un año. A pesar de su situación privilegiada, su exposición a las persistentes injusticias y los gastos exorbitantes del sistema de salud estadounidense le produjo una evidente indignación. Las salas de emergencia públicas son “salvajes; no hay atención alguna”, dice, y el mismo tipo de intereses empresariales que guían la política exterior de los Estados Unidos es también el que fija los límites de la reforma social interna.

Las tres variantes que se analizan en la actualidad para la reforma del sector de la salud, de Barack Obama, están “a la derecha de la opinión pública, que está en una proporción de dos a uno a favor de una opción pública. Pero el NewYork Times dice que eso no tiene apoyo político, con lo que se refiere a las empresas farmacéuticas y de medicina prepaga”. Ahora el American Petroleum Institute está decidido a “emular el éxito del sector de la medicina prepaga en lo relativo a impedir la reforma del sistema de salud”, dice Chomsky, y a hacer lo mismo con las esperanzas de una acción internacional genuina en la reciente cumbre sobre el cambio climático de Copenhague. Sólo las formas del poder cambiaron desde la fundación de la república, señala, cuando James Madison insistía en que el nuevo Estado debía “proteger a la minoría opulenta de la mayoría”.

Chomsky apoyó la campaña electoral de Obama en los Estados indecisos, pero considera que su presidencia representa poco más que un “viraje de vuelta al centro” y una asombrosa continuidad de la política exterior de la segunda gestión de George Bush. “El primer gobierno de Bush fue un caso extremo. El prestigio de los Estados Unidos cayó a un punto sin precedentes, y eso no le gustó a la gente que dirigía el país.” Pero le sorprende que en el exterior tanta gente, sobre todo en el tercer mundo, se sienta desilusionada ante lo poco que cambió Obama. “Su retórica de campaña, de esperanza y cambio, era de una completa vacuidad. No había una crítica de principio en relación con la guerra de Irak: la calificaba de error estratégico. Condoleezza Rice era negra. ¿Eso significa que tenía una actitud solidaria ante los problemas del tercer mundo?”

El veterano activista describe la invasión estadounidense a Afganistán como “uno de los actos más inmorales de la historia moderna”, que unió al movimiento jihadista en torno a al-Qaeda, aumentó mucho el nivel de terrorismo y fue “del todo irracional, a menos que la seguridad de la población no sea la prioridad principal”. Por supuesto, Chomsky considera que no lo es. “Los Estados no son agentes morales”, dice. Piensa que ahora que Obama intensifica la guerra queda aun claro que la ocupación tiene que ver con la credibilidad de la OTAN y del poder global de los Estados Unidos.

Se trata de un tema recurrente en el pensamiento de Chomsky sobre el imperio estadounidense. Sostiene que desde que los funcionarios gubernamentales formularon por primera vez el plan de una estrategia de “grand area” para la dominación global de los Estados Unidos a principios de la década de 1940, los sucesivos gobiernos se guiaron por un “principio de padrino que abreva directamente en la mafia: el desafío no puede tolerarse. Es una característica central de la política estatal”. Es necesario castigar el “desafío exitoso” incluso si se perjudican intereses comerciales, como en el caso del bloqueo económico a Cuba, para evitar que “haya contagios”.

La brecha entre los intereses de los que controlan la política exterior estadounidense y el público también se hace evidente, según Chomsky, en el persistente apoyo de los Estados Unidos a Israel y del rechazo a la solución de dos Estados que se propone desde hace treinta años. Ello no se debe al poder del lobby israelí en los Estados Unidos, sino a que Israel es un valor estratégico y comercial que no socava sino que refuerza la hegemonía estadounidense en Oriente Medio. “Hasta en los años 50 el presidente Eisenhower se mostraba preocupado respecto de lo que llamaba una campaña de odio a los Estados Unidos en el mundo árabe debido a la percepción de la opinión pública árabe de que Washington apoyaba a regímenes opresivos para aprovechar su petróleo.”

Medio siglo después, a empresas como Lockheed Martin y Exxon Mobil les va bien, dice: la posición unilateral de los Estados Unidos en Oriente Medio no perjudica sus intereses por más riesgos que pueda implicar para todos los demás.

En ocasiones, la izquierda critica a Chomsky por alentar el pesimismo o la inacción al hacer hincapié en el peso abrumador de los Estados Unidos o por no relacionar su propio activismo con los movimientos laborales o sociales existentes. Sin duda considera que se basta a sí mismo, sostiene algunas posiciones peculiares (me sorprendió, por ejemplo, escucharle decir que Vietnam fue una victoria estratégica para los Estados Unidos en el sudeste asiático a pesar de su humillante retirada en 1975) y fue blanco de críticas por defender la libertad de expresión de quienes niegan el Holocausto. Se define como un anarquista o un socialista libertario, pero con frecuencia suena más como un liberal radicalizado, lo cual tal vez sea el motivo de que indigne a los liberales estadounidenses más convencionales, a los que no les gusta que sus puntos de vista se lleven a una conclusión lógica.

De todos modos, tratándose de un octogenario que se muestra activo en la izquierda desde la década de 1930, Chomsky parece de un optimismo sorprendente. Es un vehemente partidario de la ola de cambio progresista que recorre América del Sur en los diez últimos años (“una de las críticas que los liberales le hacen a Bush es que no le prestó suficiente atención a América Latina. Fue lo mejor que pudo pasarle a América Latina”).

También considera que en la actualidad el poder imperial tiene limitaciones que no existían en el pasado: “No pudieron salirse con la suya con el tipo de guerra química y bombardeos con B52 que utilizó Kennedy” en los años 60. Abriga incluso ciertas esperanzas en relación con Internet como forma de sortear el monopolio de los medios que dominan las empresas.

¿Pero qué pasa con la frecuente acusación de que es una figura “antiestadounidense” que sólo ve los crímenes de su propio gobierno al tiempo que ignora los crímenes que cometen otros en el mundo? “La hostilidad hacia los Estados Unidos es un concepto completamente totalitario”, replica. “La misma idea es idiota. Por supuesto que uno no niega otros crímenes, pero nuestra principal responsabilidad moral es por nuestros propios actos, respecto de los cuales podemos hacer algo. Es la misma acusación que hizo en la Biblia el rey Ajab, el epítome del mal, cuando le dijo al profeta Elías: ¿Por qué odias a Israel? Se identificaba a sí mismo con la sociedad y a la crítica del Estado con la crítica de la sociedad.”

Es una analogía elocuente. Chomsky es un hombre de estudiada modestia que rechazaría cualquier comparación de ese tipo. Sin embargo, en la tradición bíblica del conflicto entre profetas y reyes, no cabe la más mínima duda de a qué bando representa.

Seumas Milne
Publicado en: The Guardian – Clarin

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