Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Los ocho fallos a evitar para otra crisis financiera


Los megabancos no deberían existir.
Opinión de Joseph Stiglitz

Una controversia mundial está al rojo vivo: qué regulaciones se necesitan para restablecer la confianza en el sistema financiero y asegurar que no estalle una nueva crisis en pocos años. Mervyn King, gobernador del Banco de Inglaterra, pide restricciones a los tipos de actividades en las que pueden intervenir los megabancos.

El primer ministro británico, Gordon Brown, se permite discrepar: después de todo, el primer banco británico en caer –a un costo de unos 50.000 millones de dólares– fue Northern Rock, que intervino en el negocio “sencillo” de los préstamos hipotecarios.

La implicancia de la observación de Brown es que ese tipo de restricciones no garantizan que no se produzca otra crisis; pero King tiene razón de exigir que se controle estrictamente a los bancos que son demasiado grandes para quebrar. En Estados Unidos, el Reino Unido y otras partes, los bancos grandes han sido responsables del grueso del costo que pagaron los contribuyentes. Estados Unidos dejó quebrar 106 bancos chicos sólo este año. Los megabancos son los que presentan megacostos.

La crisis es el resultado de, por lo menos, ocho fallas diferentes pero relacionadas:

* Los bancos demasiado grandes para quebrar tienen incentivos perversos; si apuestan y ganan, se van con las ganancias; si quiebran, paga el contribuyente.

* Las entidades financieras están demasiado entrelazadas como para quebrar; la parte de AIG que les costó a los contribuyentes norteamericanos 180.000 millones de dólares era relativamente pequeña.

* Aunque los bancos por separado sean chicos, si adoptan conductas correlacionadas –utilizando los mismos métodos–, sus acciones pueden contribuir al riesgo sistémico.

* Las estructuras de incentivos dentro de los bancos están pensadas para alentar un comportamiento con poca visión de futuro y una toma de riesgos excesiva.

* Al evaluar su riesgo, los bancos no analizan las externalidades que ellos (o su quiebra) les impondrían a los demás: es  una de las razones por las que necesitamos regulación antes que nada.

* Los bancos han hecho mal la evaluación de riesgos; los modelos que utilizaban eran profundamente defectuosos.

* Los inversores, al parecer menos informados aún sobre el riesgo de apalancamiento excesivo, ejercieron una enorme presión sobre los bancos para que asumieran un riesgo excesivo.

* Los reguladores, que supuestamente tienen que entender todo esto e impedir toda acción que desate un riesgo sistémico, fallaron. Además, emplearon modelos defectuosos y tenían incentivos defectuosos; y muchos de ellos fueron “capturados” por aquellos a los que supuestamente tenían que estar regulando.

Si pudiéramos tener más confianza en nuestros reguladores y supervisores, podríamos estar más relajados frente al resto de los problemas. Pero los reguladores y supervisores son falibles, razón por la cual necesitamos atacar los problemas desde todos los ángulos.
La regulación, por cierto, tiene sus costos, pero el costo de tener una estructura regulatoria inadecuada es enorme. No hemos hecho  lo suficiente para impedir otra crisis, y los beneficios de una regulación fortalecida superan con creces cualquier aumento de los costos.

King tiene razón: los bancos que son demasiado grandes para quebrar son demasiado grandes para existir. Si siguen existiendo, deben existir en lo que algunos han llamado un modelo “empresa de servicio público”, que implica que estén fuertemente regulados.

En particular, permitir que estos bancos sigan actuando en la compra y venta de inmuebles distorsiona los mercados financieros. ¿Por qué se les debería permitir correr riesgos y que los contribuyentes financien sus pérdidas? ¿Cuáles son las “sinergias”? ¿Pueden superar los costos? Algunos bancos grandes hoy tienen en sus manos una parte tan grande del trading (sea por cuenta propia o en nombre de sus clientes) que, de  hecho, han ganado la misma ventaja injusta que tiene cualquier operador con información privilegiada.

Enorme distorsión

Esto puede generarles mayores ganancias, pero a expensas de los demás. Es un campo de juego inclinado, cada vez más inclinado en desmedro de los jugadores más pequeños. ¿Quién no preferiría una permuta de riesgo crediticio respaldada por el gobierno de Estados Unidos o el Reino Unido? no sorprende que las entidades demasiado grandes para quebrar dominen este mercado.

Lo único en lo que hoy concuerdan los economistas es que los incentivos importan. Los funcionarios bancarios fueron recompensados por obtener mayores ganancias, ya sea como resultado de un mejor desempeño (obteniendo mejores resultados que el mercado) o simplemente de una toma de riesgo mayor (más apalancamiento). O estaban estafando a los accionistas e inversores, o no entendían la naturaleza del riesgo y la recompensa. Posiblemente ambas cosas sean ciertas. Como fuera, es desalentador.

Dada la falta de entendimiento del riesgo por parte de los inversores, y las deficiencias en la gobernancia corporativa, los banqueros tenían un incentivo para no diseñar buenas estructuras de incentivos. Es vital corregir ese tipo de errores –a nivel de la organización y de la gerencia individual.

Eso implica desmembrar las entidades demasiado grandes para quebrar (o demasiado dificiles de arreglar). Y allí donde esto no sea posible, implica restringir rigurosamente lo que pueden hacer e imponer mayores impuestos y requisitos de adecuación de capital, ayudando así a nivelar el campo de juego. El diablo, por supuesto, está en los detalles, y los grandes bancos harán todo lo posible para asegurar que, no importa los cargos que se impongan, estos sean lo suficientemente bajos como para no superar las ventajas que se obtienen de ser respaldados por los contribuyentes.

Aún si arreglamos a la perfección las estructuras de incentivos bancarios –algo que no está en juego–, los bancos seguirán representando un gran riesgo. Cuanto más grande el banco, y cuanta más toma de riesgo se les permita asumir, mayor la amenaza a nuestras economías y nuestras sociedades.

Estas no son cuestiones de blanco y negro: cuanto más limitemos el tamaño, más relajados podremos estar frente a estos y otros detalles de la regulación. Es por esto que King, Paul Volcker, la Comisión de Expertos de la ONU sobre Reforma del Sistema Monetario y Financiero Internacional y demás tienen razón en cuanto a la necesidad de poner límites a los grandes bancos. Lo que se necesita es una estrategia a varias puntas, que incluya impuestos especiales, mayores requisitos de capital, una supervisión más estricta y limitaciones al tamaño y las actividades de toma de riesgo. Una estrategia de esta naturaleza no impedirá otra crisis, pero podría tornarla menos probable –y menos costosa en caso de que ocurriera.

Joseph Stiglitz
Premio Nobel de Economía 2001
Publicado en: Clarín.

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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